viernes 27 de marzo de 2009

Consolidar su democracia

Pablo Castellano

Pablo Castellano Cardalliaguet


Diario 16, 23-IX-1981



«Rara es la ocasión en que cualquiera de las muy variadas estrellas del actual firmamento político no justifica sus actitudes con la afirmación de la finalidad consolidadora de la democracia que guía sus conductas y decisiones.»

Pero, ¿qué democracia? Si la democracia no debe ir acompañada de ninguna clase de adjetivos, menos aún debe ir precedida del correspondiente posesivo: «Su democracia.» Algunos mantienen que la democracia se consolida reduciendo a cenizas el sistema fiscal, incentivando la creatividad empresarial con sustanciosas ayudas a fondo perdido, créditos públicos y privados privilegiados, congelación de salarios, desaparición de las cuotas de la Seguridad Social, privatización de las empresas públicas rentables, y obligando a cargar al Estado con las consecuencias y gravámenes de aventuras empresariales que constituyen auténticas quiebras y estafas, remanente de una impericia y delictuosidad lamentablemente no contemplada todavía en el Código Penal. A todo esto lo llaman economía libre de mercado.

Si el Estado no impide la huelga de futbolistas, la democracia peligra. Si abandona a su suerte a banqueros especuladores y no recoge en su regazo la responsabilidad de estos fraudes, se desestabiliza el sistema. ¿Es ésta la llamada libre competencia?

Papel del Estado

Cuando el Estado nacionaliza ya no hay democracia, y cuando interviene para corregir abusos y fraudes desaparece la libertad. Y esto nos lo dicen múltiples empresarios que a lo largo de cuarenta años han ignorado la competencia, el mercado, la libertad y la democracia, y se han beneficiado de la dictadura, el monopolio, el proteccionismo arancelario, el crédito político y la represión sobre la clase obrera.

Es verdad que la política es algo demasiado importante para dejarla en manos de los políticos y, por eso, algunos luchamos por ponerla cada vez más en manos de los ciudadanos con los menos intermediarios posibles.

Pero también es verdad que la economía es demasiado vital para dejarla en manos de especuladores, agiotistas, aventureros de la industria y del comercio, sólo preocupados de ingentes beneficios a corto plazo y que llaman a esta jungla «su democracia», cuando se parece más a la vulgar ley de la selva.

¡Ah!, si el Estado, en virtud del simple razonamiento de que los dineros públicos y el ahorro colectivo deben ser, fundamentalmente, destinados al fomento de una actividad lo más pública y generalizada, protege el cooperativismo, hace saltar situaciones de monopolios, rompe diques en tanto mercado cerrado y pone en marcha una política de auténtica promoción social, es, inmediatamente, tildado de comunista, socializante y totalitario.

Libre competencia

Un poco de seriedad y veamos de verdad que entienden algunos por un sistema de libre competencia y que quieren decir cuando hablan de consolidar la democracia.

Cuando un malhadado día, ciertos militantes se constituyen en plataforma, tendencia, corriente o grupo, y dicen que no les gusta la oligarquización del poder, del partido que sea, en manos de una camarilla, la falta de democracia interna, el reparto de prebendas a los fieles y la marginación de los no acomodaticios. ¡Alto ahí!, están desestabilizando la democracia. Así, como suena, con mayúsculas.

Y las respectivas direcciones, en lugar de aceptar la crítica y reconocer que lo que quieren es estabilizar un partido bastante desestabilizado por carreristas profesionales, reaccionan en «empresa», porque han hecho del partido su industria, su escalafón, y su negocio.

Siempre hay alguien que amenaza con el peligro de los tanques para garantizarse su poder económico, institucional o partidista, y el ejemplo de esta actitud va cundiendo hasta los últimos niveles, por lo que pedir la dimisión de un concejal es un delito de lesa democracia. Ese delito no existe si es el aparato del partido el que expulsa senadores, diputados, destituye alcaldes, se «cepilla» presidentes de la Diputación, y los sustituye por sus amigos, porque lo hace para consolidar «su democracia».

Pero, resulta que muchos desestabilizadores lo que pretenden es ampliar la democracia posesiva de unos pocos a todos los ciudadanos, a todos los militantes, en lo económico, en lo político, lo social y lo cultural. Es evidente que ampliar la democracia es desestabilizar la situación de quienes la han privatizado.

Si consolidar la democracia es proteger la inamovilidad de los aparatos de los partidos, justificar una dinámica parlamentaria de compadreo, pasilleo y confusión, silenciar la corrupción generalizada de izquierda a derecha, aceptar la nueva fórmula de recomendación política que se ha impuesto para cubrir puestos de trabajo a dedo, dulcificar el trato de los golpistas y del terrorismo de derechas, dejar intocados los privilegios y las sabrosas compatibilizaciones, apretar el cinturón de los trabajadores, reenviarlos al paro para garantizar los beneficios empresariales, y no exigir jamás responsabilidades políticas a quienes la están falsificando, desvirtuando y despreciando, para que casi llegue a ser una pura caricatura de lo que este pueblo tanto ha deseado y por lo que tanto ha luchado, tendremos que hacer una seria campaña de movilización desestabilizadora de los estabulados, para apartarlos de los «pesebres», en los que muchos de ellos han convertido el cargo político, los partidos, los sindicatos y demás instituciones públicas.

Por descontado, que estas pobres líneas quieren ser, en ese sentido, desestabilizantes.

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Kansas - Carry On Wayward Son (1976)

domingo 15 de marzo de 2009

Pablo Castellano: predicar en el desierto

Un radical arranca votos para el PSOE de casa en casa, de pueblo en pueblo

Pablo Castellano en los años 70



Diario 16, 14-X-1982


Pablo Castellano. Los guijarros de Cáceres reconocerían su voz. Un poco solo y con tono de predicador en el «desierto» extremeño, piensa elevar la palabra socialista hasta la última alquería cacereña en una campaña de «calcetín» a la búsqueda del voto para su partido. En las plazas, siempre en las plazas del pueblo, al aire, para evitar que su mensaje quede encarcelado entre paredes de café y salón. Cáceres es su bastión y no le importa apellidarla como «miserable» para sacarla de su destino. Algunos pocos acudieron a la cita. Quizá el miedo. Y él les dijo: «No queremos votos regalados. Votar lo que os salga...»


«A lo mejor ahora tiene que ser así —afirma—, pero el programa del PSOE, bueno o malo, no es el programa socialista.» Le gustaría decir con Largo Caballero, cuando presentaba las leyes en el Parlamento, «esto no es una ley socialista, sino la ley que los socialistas, hoy, ponen a disposición de todo un Parlamento, con una visión muy por encima de su propio partido». No está en contradicción —añade—, evidentemente, ni con las resoluciones de los congresos ni con el programa básico. Él suele hablar en los mítines de un programa de sentido común, que trata de unificar el común sentido de las gentes sobre los problemas más importantes para racionalizar el funcionamiento del Estado y salir de una difícil situación.

«Pero quien quiera ver peligro de marxistificación, o peligro de colectivización, o peligro de socialización de la vida española en lo político, en lo económico, en lo cultural, está absolutamente equivocado. Es un programa de carácter reformista que suscriben, estoy convencido, algunas otras fuerzas políticas. Lo que pasa es que quizá el Partido Socialista, como no tiene las ataduras que otros han demostrado tener, lo va a poder cumplir. No está tan vinculado a los privilegios adquiridos, a los grandes intereses de la Administración, de la gran Banca, de las multinacionales». Opina que el PSOE está en una situación que te permite decir que este programa tiene garantías de ser cumplido y que, cuando otros lo disfrazaron de una manera más o menos similar, estaban ocultando que no lo iban a poder cumplir por sus propias hipotecas. «Yo veo que no es un programa socialista y no me importa. Porque si me lo presentaran como el desiderátum del socialismo, lógicamente, no podría apoyarlo. Ahora, si me presentan un programa de gobierno, de un Gobierno socialista y para una situación como la que hay hoy, no tengo el menor pudor ni me ofrece ninguna reserva, porque veo su racionalidad en luchar porque se cumpla.»


Lectura radical


Sin embargo, «por la propia ambigüedad del programa», apuesta por una interpretación más agudizada en muchos temas, tanto sea en política nacional como en política internacional, educativa, sanitaria... «Algunos de los que en el partido estamos en otras tesis, minoritarias o no, pero en otras tesis, estamos en la pelea de conseguir, previo debate y con el necesario tensionamíento si fuere preciso, que se haga la lectura más radical de ese programa. Entendiendo por radical ni extremosa ni maximalista, sino la más, podríamos decir, afectante a las raíces de los problemas.» Incluso, piensa y dice que casi cabría la posibilidad de que en el partido, con los mismos presupuestos del programa, hubiera proyectos de ley bastante distintos según surgieran de un sector de la derecha o de un sector de la izquierda, respetando ambos la linea y directrices del programa en su propia ambigüedad".

Le preocupa y le duele la crítica de Santiago Carrillo hacia el PSOE, por considerarla fuera de lugar en este momento. «Si hay algún partido que puede presentar una alternativa frente a la derecha y que puede representar una ilusión y un cambio, el estarse preocupando más en atacar a ese partido que a la propia derecha, supone que alguna desviación hay en este tema.» Por otra parte, le preocupa y ¡e duele que con esas actitudes el líder del Partido Comunista pueda entorpecer una colaboración de base que se da entre UGT y CC OO, entre el PSOE y el PCE.

Hay muchos que por seguir miméticamente las actitudes del jefe, pues se dedican a tratar de emularlo con más profundidad y pueden crear dificultades innecesarias. Me parece que hay muy poco sentido común cuando viendo a un partido, del que se dice hermano, que tiene oportunidades de hacer algo, se le ponen chinitas en el camino y se crea sobre él una imagen de desconfianza en cuanto a sus posibles triunfos y éxitos, con lo cual se está sirviendo, objetivamente, a los intereses de la derecha.»


El temor


Pablo Castellano mantiene, y con él, la corriente del partido Izquierda Socialista, que su aliado natural tiene que ser siempre la izquierda. Y que se puede conseguir una acción unitaria en defensa de la democracia y del progreso de la sociedad española. «Hay una corriente del partido que piensa que una coalición con el PCE, como la que se ha hecho en los Ayuntamientos y en las Diputaciones, sería impresentable y que devolvería una imagen de Frente Popular.» Él no va a discutir este tema. Cree que no sería así, pero admite que pudiera serlo. De todas maneras no van por ahí los vientos. «La posibilidad de una conjunción socialista-comunista, que no tendría ni por qué reflejarse en el Gobierno, ni en acuerdos parlamentarios, pero sí en una unidad de programa y en una colaboración importante, soporta el temor de que esa política de coaliciones, si el PSOE no logra la mayoría absoluta, se orientará hacia uno de los diferentes grupos de centro y que eso hipoteque en exceso el propio programa del partido.» Considera que los socialistas tienen que sacar una cierta lección de lo ocurrido en Alemania, de cómo el partido liberal más que facilitar el Gobierno socialdemócrata, ha estado durante años de la coalición, frenando el cumplimiento de los mínimos objetivos socialdemócratas, para al final, dejarle en la estacada y hacerle caer. «Sería penoso que se llegara a alguna coalición con algún partido de la derecha, que más que dedicarse a cumplir en aquello que estuviera de acuerdo con nosotros en el programa, se dedicara a obstaculizar todo lo que no le gustara del mismo, para luego, en su día, cambiarse la chaqueta y retirarse hacia la mayoría natural, en el primer voto de censura. En este punto yo creo que el partido tendrá que tener un enorme cuidado.»


El embudo


Y no, no le aflige una posible bipolarizacíón del país. Él, que nunca ha creído en la existencia del centro, considera que está bipolarizado de siempre. «A mí lo que me preocupa es que la bipolarizacíón supusiera antagonismo y confrontación cruenta, pero mientras signifique lo que toda la vida, una sociedad de clases, los parásitos y los trabajadores, los caciques y los que rinden, ¡bueno!, ese es nuestro ideario. Aquí hay derechas y hay izquierdas. Lo que hay que procurar es que, por mucha derecha e izquierda que haya, se puedan solucionar los problemas en vía democrática y por el peso de las urnas, sin llegar a practicar la política de la eliminación del contrario, a la que son dados algunos franquistas, disfrazados hoy de demócratas.» Si aquélla le deja igual, el golpismo le vuelve preocupado. «El golpismo en España apareció el 23-F, con una realidad tan incuestionable como la del terrorismo y no hay derecho a utilizar una ley del embudo. Y hacia el terrorismo llevan adelante una política informativa, represiva, excepcional —porque la ley Antiterrorista, que no se engañe nadie, es una ley de excepción a las garantías jurídicas normales— y, en cuanto al golpismo, llevan una política de auténticos avestruces, metiendo la cabeza debajo del ala. Eso me parece suicida y acaba pagándose carísimo.» No conoce ninguna oferta del PSOE frente al golpismo. Espera que la lógica sea la aplicación exacta de la ley, sin que le tiemble a uno la mano en la aplicación del Código Penal y del Código de Justicia Militar. Piensa que puede estar equivocado, pero hay que hacer otras muchas cosas. «El Ejército no puede seguir teniendo los cuarteles más que para defender la seguridad de nuestras fronteras, para vigilar la vida de los ciudadanos en las grandes capitales.» Opina que hace falta un buen Ministerio del Ejército, unos buenos Estados Mayores, buenos coroneles al mando de las guarniciones y un cambio en la estructura militar, «para que sea una estructura de defensa de la seguridad exterior y que no sea una estructura de paralelo poder militar.» Entiende como difícil la herencia del PSOE y calcula que —de conseguir el poder— al día siguiente «todos los fascistas de este país que no han hecho nada, no ya en cuarenta años, sino en doscientos, le van a pedir que lo haga todo. Como estamos advertidos no nos va a pillar de sorpresa». Él mismo estará al frente de una reivindicación sentida: referéndum sobre la OTAN. ¿Y si pierde? «Si el PSOE gana significa que tiene la confianza del pueblo. En uso y obligación de esa confianza y cuanto antes se debe de acabar con ese tema. Para bien o para mal. Que vote el pueblo. Pero no puede ser un debate sine die, esperando hacerlo mal y tarde. Se gana y en el momento mismo en que se gana, todo su programa es exigible.» Y Pablo Castellano aún dice más: dejando en libertad a todos. Porque el Gobierno puede ser imparcial al convocarlo, pero algunos militantes socialistas pueden ser beligerantes. «Y se nos tiene que dejar en la suficiente libertad para que podamos salir a las calles, igual que hoy estamos pidiendo el voto para el PSOE, pidamos pueblo a pueblo el voto en contra de la OTAN.» Dos cosas resumen su interés en la campaña electoral. Que no dé como resultado una mejor implantación del partido —que no se haya vencido, en suma, el miedo y la ignorancia— y el después, que se confunde con el ahora, porque si gana el PSOE serán muchos los problemas. Pero, ¿y si pierde?


«Huésped»


«Si se pierde, para algunos socialistas no tiene la menor importancia; no es grave, porque es la pérdida de una ocasión de poner en práctica tu propio ideario, las cosas que has ido acariciando día a día como necesarias y convenientes para hacer. Pero si se pierde puede producirse que, como hay bastante arribismo en todos los sitios y el PSOE no está exento de su correspondiente dosis, los arribistas pasan de la noche a la mañana del triunfalismo al catastrofismo. Y el que ellos se desmoralicen no tiene importancia, lo que pasa es que eso puede arrastrar a una gran cantidad de gente de buena fe. Y eso sí es preocupante. Paladín de Izquierda Socialista, corriente crítica del partido, Pablo Castellano afirma que pese a las ausencias y los silencios no ha desaparecido, sino que, en cierto modo, ha relegado su lucha, pospuesta a terminar el periodo electoral. «La Izquierda Socialista, como izquierda del partido, no puede correr el riesgo de, por continuar su legítimo y obligatorio debate, perjudicar a la imagen de coherencia o de unidad del partido a lo largo de este proceso.» Confiesa que, una vez que pasen las elecciones, el voto de investidura, la formación de Gobierno, aquello que está en los próximos meses y que debe de ser objeto de realización, la IS recuperará el papel que le corresponde en el partido. «El ser un buen laboratorio de exploración ideológica, de excitación del debate y de discusión del saber y el hacer. Y que no debe entrar, porque sería un error espantoso que ya hemos cometido, en la lucha por el poder. La lucha por el poder, hoy, a la Izquierda Socialista no le debe importar. Lo que le tiene que importar es la lucha por un quehacer de los militantes y por el rearme de un partido, que, para bien o para mal, está muy carente de coherencia ideológica y de argumentación teórica.» Ironiza con su condición de «huésped», quizá incómodo en la propia casa, porque la está defendiendo. «Sería de locos que, si en un momento determinado esta familia a la que uno pertenece se desvía, cometa uno el error de irse de la casa, cerrando la puerta, porque entonces se la ha dejado entregado de hoz y coz. Son otros los que tendrían que preguntarse qué pintan en un partido que ellos ya sabían cuando ingresaron que no tenía nada que ver con su pensamiento, y aún así no han tenido el menor pudor ni la menor vergüenza en reformarlo.» Y sí cree que exista la tentación en un sector del partido de consentir la presencia de los «rojos» o los «radicales», porque, al fin y al cabo, también son votos al futuro Gobierno. «Si algunos piensan que estamos en el partido como tolerados y que no nos importa dar votos porque nos permite ser diputados, se están equivocando. Estamos en el partido porque es nuestra casa y porque, además, aspiramos a convencer al resto de nuestras posiciones políticas, luchando democráticamente. Y, desde luego, los votos que obtenga el PSOE los sentiremos como propios, sean cual fueren las motivaciones que en el electorado haya producido el discurso de uno u otro compañero, porque, al fin y al cabo, somos una parte integrante del Partido Socialista Obrero Español.»


«Votad lo que os dé la gana, pero luego no os quejéis»


Le reconocen los guijarros de la última alquería de Cáceres. Pasea la palabra socialista desde años y por todos sus rincones. La provincia crecía en socialismo a su paso.


La prensa integrista extremeña no se lo perdona. Mentado como «ayatollah» y «cunero», el emigrante Pablo Castellano —nació en Madrid— siempre tuvo, contra el sentir de muchos de sus paisanos, la necesidad de pisar y respirar la tierra de sus mayores. Se le irrita el gesto para maldecir lo suyo, Cáceres. «Esta provincia es una provincia miserable. Y es miserable siendo rica, que es la paradoja. Es una provincia en la que hay miseria, teniendo una enorme capacidad de levantar la cabeza y de proporcionar una vida digna.» Sin embargo, para él, la miserabilidad de Cáceres no está tanto en el aspecto económico sino mucho más en el aspecto moral, en el intelectual. «El gran mal de Extremadura es la incultura, el gran mal es la alienación, el gran mal es el fatalismo. El extremeño tiende mucho —quizá por una cierta reminiscencia arábiga— a decir todo está escrito; es la fuerza del destino, todo es inmutable, no hay más salida que la huida.» Pudo ser la emigración —asegura— a América o pudo ser la emigración a Euskadi o Cataluña, pero muchas veces el esfuerzo que desarrollan otras comunidades aquí no se ha intentado. «Piensan que pesa una especie de maldición bíblica sobre estas tierras. Eso sí, la convierte en una provincia miserable, en una provincia en la que lamentablemente ha tendido a la pérdida de la esperanza, y yo no creo que haya mayor miseria que el perder la esperanza y el perder la ilusión.» Pablo Castellano anda de mítines. Se había «despachado» el día anterior contra el nacionalismo en Beasaín. Muchos extremeños aplaudieron sus palabras. Una noche de tren y trescientos kilómetros por carretera le devolvieron a sus paisajes. Los vecinos de Gayo de Galisteo —villorrio de doscientas y pico almas, en el umbral de Las Hurdes— buscaban «descansar» su espalda en la pared de la plaza. Iban a dar un mitin en ella. Parecía vacía incluso de ilusión. Pablo, enfurecido, cogió la voz e hizo aplausos del silencio. «Decís que no os interesa la política y estáis todo el día hablando de ella en la tasca. Porque política es hablar del precio de la aceituna, de la beca de estudios de un hijo o del barro que rodea todas vuestras calles. Somos todos una panda de canallas y de vagos, y del egoísmo se aprovecha el cabrón del cacique, que vive en Madrid y tiene aquí su coto de caza.» Un viejo, tocado de castoreño, con varias horas de trabajo sobre sus espaldas, se interesaba por el parlamento cuando Pablo Castellano arreció: «Y decís que ahora venimos los políticos, que ahora nos acordamos de vosotros para pediros el voto. Pues no, no queremos votos regalados. Votad lo que os salga de los huevos. Votad a Alianza Popular si sois de derechas, pero luego no os quejéis del escaso precio de vuestras aceitunas, de la falta de asfalto de vuestras calles ni de la incultura de vuestros hijos.»


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Metallica - All Nightmare Long (2008)

Glosas críticas marginales al artículo "El rey de Prusia y la reforma social. Por un prusiano" (y II)

Karl Marx

Karl Marx


Vorwärts!, nº 64, 10-VIII-1844



Volvamos ahora a las sentencias del "Prusiano" a propósito de los obreros alemanes.

"Los alemanes pobres" dice en tono burlón, "no son más astutos que los pobres alemanes; o sea, no ven otra cosa más allá de su hogar, de su fábrica, de su distrito. Hasta el momento toda la cuestión ha sido dejada de lado por el espíritu político que todo lo penetra".

Para poder establecer una comparación entre la situación de los obreros alemanes y la de los obreros franceses e ingleses, el "Prusiano" tendría que haber comparado la primera forma, los albores del movimiento obrero en Francia e Inglaterra, con el movimiento que se inicia actualmente en Alemania. Al olvidar esto, su razonamiento conduce a una trivialidad como es decir que la industria alemana está todavía menos desarrollada que la industria inglesa, o bien que un movimiento en sus comienzos no se parece a un movimiento en desarrollo. Pretendía hablar de la particularidad del movimiento obrero alemán, y no nos dice ni palabra. Que el "Prusiano" se sitúe en el punto de vista exacto, y verá que ni uno solo de los levantamientos obreros en Francia o en Inglaterra ha presentado unas características tan teóricas, tan conscientes, como la rebelión de los tejedores silesios.

Recordemos ante todo la canción de los tejedores, esa atrevida consigna de guerra en la que no se hace mención alguna del hogar, ni de la fábrica, ni del distrito, y en la que en cambio el proletariado clama inmediatamente, de forma brutal, contundente, violenta y tajante su oposición a la sociedad de la propiedad privada. El levantamiento silesio comienza precisamente donde terminan las insurrecciones obreras inglesas y francesas, con la conciencia de lo que es la esencia del proletariado. La misma acción presenta este carácter de superioridad, pues no se destruyen tan sólo las máquinas, rivales del obrero, sino también los libros de comercio, los títulos de propiedad; y mientras todos los demás movimientos en principio tan sólo se dirigen en contra del patrono industrial, enemigo visible, este otro se vuelve igualmente contra el banquero, enemigo oculto. Ni siquiera uno de los levantamientos obreros ingleses se ha llevado con tanta valentía, superioridad y resistencia.

En lo que concierne a la cultura de los obreros alemanes en general, o a su aptitud para instruirse, recordaré los geniales escritos de Weitling que, desde el punto de vista teórico, superan incluso frecuentemente las obras de Proudhon, a pesar de resultar inferiores en cuanto a su ejecución. ¿Qué obra comparable a la de Weitling, Garantías de la armonía y de la libertad, puede presentarnos -respecto a la emancipación burguesa, la emancipación política- la burguesía, comprendidos sus filósofos y sus sabios? Que se compare ese gigantesco zapato de niño del proletariado con el zapato político y enaniforme de la burguesía alemana, se podrá predecir una forma atlética para la cenicienta alemana. Debemos admitir que el proletariado inglés es el economista y que el proletariado francés es el político, así como que Alemania posee tanto una vocación clásica para la revolución social como una incapacidad para la revolución política. Del mismo modo que la impotencia de la burguesía alemana es la impotencia política de Alemania, las aptitudes sociales de Alemania; la desproporción existente entre el desarrollo político y el desarrollo filosófico de Alemania no tiene nada de anormal, sino que es una desproporción necesaria. Tan sólo en el socialismo puede un pueblo filosófico encontrar su práctica adecuada, y únicamente en el proletariado puede hallar el elemento activo de su liberación.

Pero en este momento no tengo ni tiempo ni ganas de explicarle al "Prusiano" la relación de la "sociedad alemana" con la conmoción social, extrayendo de esa relación, por un lado, la débil reacción de la burguesía alemana contra el socialismo y, por otro, las excelentes condiciones del proletariado alemán para el socialismo. Los primeros elementos para la comprensión de ese fenómeno los encontrará en mi Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel (Anales franco-alemanes).

Así pues, la inteligencia de los alemanes pobres está en razón inversa a la inteligencia de los pobres alemanes. Pero aquellos a quienes toda cuestión debe servir para realizar ejercicios de estilo públicos, llegan mediante esta actividad formal a un contenido contrario que, a su vez, impone de nuevo a la forma el sello de la trivialidad. De ese modo el intento del "Prusiano" de proceder -en un asunto como los acontecimientos de Silesia- mediante la formulación de antítesis le ha llevado a la mayor antítesis respecto a la verdad. La única tarea de un hombre, que ama la verdad y cree en ella, consiste -frente a la primera explosión del levantamiento obrero de Silesia-, en lugar de actuar como un maestro de escuela, en estudiar su aspecto específico. Para ello es necesario ante todo una cierta perspicacia científica y cierto amor a los hombres, mientras que para la otra operación basta una fraseología bien dispuesta, inmersa en un vacío egoísmo.

¿Por qué el "Prusiano" juzga con tanto desprecio a los obreros alemanes? Porque para él "toda cuestión" -la de la miseria de los obreros alemanes- ha sido "hasta el momento" dejada de lado "por el espíritu político que lo penetra todo". Seguidamente expone su amor platónico por el espíritu político:

"Todas las sublevaciones que estallen en el funesto aislamiento de los hombres de su ser colectivo y en el aislamiento de sus ideas respecto a los principios sociales, serán sofocados con sangre y con incomprensión. Pero desde el momento en que la miseria engendre la inteligencia y la inteligencia política de los alemanes descubra las raíces de la miseria social, entonces también en Alemania se dejarán sentir estos acontecimientos como los síntomas de una gran conmoción."

Ante todo, nuestro "Prusiano" debe permitirnos una observación sobre su estilo. Su antítesis es incompleta. En la primera mitad dice "la miseria engendra la inteligencia" y en la segunda "la inteligencia política descubre las raíces de la miseria social". La simple inteligencia de la primera mitad deviene, en la segunda, la inteligencia política, así como la simple miseria de la primera mitad de la antítesis deviene, en la segunda, la miseria social ¿Por qué nuestro orfebre estilista ha ordenado tan desigualmente las dos mitades de la antítesis? No creo que haya reparado en ello. Intentaré interpretar su verdadero instinto. Si el "Prusiano" hubiera escrito: "La miseria social engendra la inteligencia política, y la inteligencia política descubre la raíz de la miseria social", la sinrazón de esta antítesis no habría escapado a ningún lector imparcial. Todos se hubieran preguntado, en principio, por qué el anónimo escritor no asocia la inteligencia social a la miseria social y la inteligencia política a la miseria política, tal como reclama la más elemental lógica. Pasemos pues a ello.

Tan falso es que la miseria social engendra la inteligencia política, que es, precisamente al contrario, el bienestar social el que produce la inteligencia política. La inteligencia política es espritualista, se da en quien ya posee, en quien está cómodamente instalado. Nuestro "Prusiano" debe escuchar a este respecto a un economista francés M. Michel Chevalier:

"En 1789, cuando la burguesía se sublevó, tan sólo le faltaba para ser libre, participar en el gobierno del país. Para ella la liberación consistía en retirar de las manos de los privilegiados, que poseían el monopolio de esas funciones, la dirección de los asuntos públicos, los altos cargos civiles, militares y religiosos. Rica e ilustrada, capaz de bastarse a sí misma y de gobernarse sola, quería apartarse del régimen de voluntad arbitraria."

Hemos demostrado ya al "Prusiano" hasta qué punto la inteligencia política es incapaz de descubrir el origen de la miseria social. Pero aún hemos de añadir algo más respecto a su manera de ver las cosas. El proletariado, al menos en los comienzos de su movimiento, derrocha tanto más sus fuerzas en motines ininteligentes, inútiles y bañados en sangre cuanto más desarrollada y más generalizada es la mentalidad política del pueblo. Ya que cree en la forma de la política, y ve la razón de todos los abusos en la voluntad, y todos los medios de remediarlos en la violencia y el derrocamiento de una determinada forma de Estado. Como ejemplo tenemos las primeras explosiones del proletariado francés. Los obreros de Lyon creían que no perseguían más que fines políticos, que solamente eran soldados de la república, cuando en realidad eran soldados del socialismo. De este modo su inteligencia política les ocultaba la raíz de la miseria social, falseando así la comprensión de su verdadero objetivo. Así su inteligencia política engañó su instinto social.

Pero si el "Prusiano" cuenta con que la miseria engendra la inteligencia, ¿por qué asocia "represiones sangrientas" con represiones por incomprensión"? Si la miseria en general es un medio, la miseria ensangrentada es un medio más drástico para engendrar la inteligencia. Por lo tanto el "Prusiano" debería decir: la represión sangrienta eliminará la ininteligencia y proporcionará a la inteligencia un impulso necesario.

El "Prusiano" profetiza la represión de las rebeliones que estallan en el "aislamiento funesto de los hombres del ser colectivo y en la separación de sus ideas respecto a los principios sociales".

Hemos señalado anteriormente que en la explosión de la rebelión silesia no existía ninguna separación de las ideas y de los principios sociales, por lo que no hemos de ocuparnos más que del "aislamiento funesto de los hombres del ser colectivo". Por ser colectivo debemos entender aquí el ser político, el ser del Estado. Es la vieja cantinela de la Alemania no política.

Pero, ¿no sucede acaso que todas las rebeliones, sin excepción, estallan en el aislamiento funesto de los hombres del ser colectivo? Toda sublevación, ¿no presupone necesariamente este aislamiento? ¿Hubiera podido tener lugar la Revolución de 1789 sin este funesto aislamiento de los burgueses franceses del ser colectivo? Estaba precisamente destinada a suprimir este aislamiento. Pero el ser colectivo del que se halla separado el trabajador es un ser colectivo de realidad distinta, de distinto alcance que el ser político. El ser colectivo del que le separa su propio trabajo es la vida misma, la vida física e intelectual, las costumbres humanas, la actividad humana, el goce humana, el ser humano. El ser humano es el verdadero ser colectivo de los hombres. Del mismo modo que el funesto aislamiento de este ser es incomparablemente más universal, más insoportable, más terrible, más lleno de contradicciones que el hecho de estar aislado del ser colectivo político; asimismo, la supresión de este aislamiento -e incluso una reacción parcial, un levantamiento contra ese aislamiento- tiene un alcance mucho mayor, al igual que el hombre es mucho más que el ciudadano, y la vida humana mucho más que la vida política. Por muy parcial que sea, la sublevación industrial encierra en ella misma un lama universal. En cambio, la insurrección política por más universal que sea, disimula bajo su forma colosal un espíritu limitado.

El "Prusiano" finaliza dignamente su artículo con esta frase: "Una revolución social sin espíritu político (es decir, sin comprensión organizadora que actúe desde el punto de vista de la totalidad) es imposible".

Ya lo hemos visto: aún cuando no se produzca más que en un único distrito industrial, una revolución social se sitúa en el punto de vista de la totalidad porque es una protesta del hombre contra la vida deshumanizada, porque parte del punto de vista de cada individuo real, porque el ser colectivo del que el individuo se esfuerza en no permanecer separado es el verdadero ser colectivo del hombre, el ser humano. Por el contrario el espíritu político de una revolución consiste en la tendencia de las clases sin poder político a suprimir su aislamiento respecto del ser del Estado y del poder. Su punto de vista es el del Estado, una totalidad abstracta que tan sólo existe por la separación de la vida real, que sería impensable sin la contradicción organizada entre la idea general y la existencia individual del hombre. De acuerdo con su naturaleza limitada y ambigua, una revolución con espíritu político crea pues una esfera dominante en la sociedad a expensas de la propia sociedad.

Vamos a explicarle ahora al "Prusiano" lo que es una "revolución social" con espíritu político, y le revelaremos el secreto de su incapacidad para situarse a pesar de sus bellos discursos, por encima del limitado punto de vista político.

Una revolución "social" con espíritu político es o bien un complejo absurdo, si el "Prusiano" entiende por revolución social una revolución "social" opuesta a una revolución política y dotada nada menos que de un espíritu político en lugar de un espíritu social, o bien una simple paráfrasis de lo que de ordinario se conoce como "revolución política", o una "revolución a secas". Toda revolución disuelve la antigua sociedad, y en este sentido es social. Toda revolución acaba con el antiguo poder, y en ese sentido es política.

¡Qué escoja nuestro "Prusiano" entre la paráfrasis y el absurdo! Pero así como una revolución social con espíritu político es parafrástica o absurda, una revolución política con espíritu social es algo completamente racional. La revolución en general -el derrocamiento del poder existente y la supresión de las antiguas relaciones- es una acto político. El socialismo sin renovación no puede realizarse; tiene necesidad de destrucción y de disolución. Pero allí donde empieza su actividad organizadora y donde surgen el objetivo y el espíritu que le son propios, el socialismo rechaza su apariencia política.

Ha sido preciso desarrollar esta larga explicación para desmenuzar la sarta de errores disimulados en una sola columna de periódico, ya que no todos los lectores puede que tengan la cultura y el tiempo precioso para percatarse de semejante charlatanería literaria. El "Prusiano" anónimo en reconocimiento a sus lectores, ¿no tendría acaso la obligación de renunciar a toda elucubración literaria en el ámbito político y social, y a las disertaciones sobre la situación alemana, aplicándose en su lugar al estudio concienzudo de su propia situación?"

martes 24 de febrero de 2009

Glosas críticas marginales al artículo "El rey de Prusia y la reforma social. Por un prusiano" (I)

Karl Marx

Karl Marx


Vorwärts!, nº 63, 7-VIII-1844



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El número 60 del Vorwärts! contiene un artículo titulado "El Rey de Prusia y la reforma social", firmado por "un Prusiano" [2].

El pretendido prusiano se refiere en primer lugar al contenido de la orden del Gabinete del rey de Prusia concerniente a la insurrección obrera de Silesia y a la opinión, al respecto, del periódico francés La Réforme. La Réforme considera, según él, que el "terror y el sentimiento religioso" del rey han dado origen a la orden del Gabinete. Asimismo descubriría en ese documento el presentimiento de grandes reformas que se avecinan a la sociedad burguesa. El "Prusiano" alecciona de este modo a La Réforme:

"El rey y la sociedad alemana todavía no han llegado al presentimiento de su reforma [3]: ni siquiera las sublevaciones de Silesia y Bohemia han hecho nacer en ellos tal sentimiento. Es imposible hacer comprender a un país no político como Alemania que la miseria parcial de las regiones manufactureras es una cuestión de orden general, e incluso un perjuicio ocasionado a todo el mundo civilizado. Para los alemanes, ese acontecimiento es de la misma índole que una inundación o una penuria locales. Por ello el rey la trata como un defecto de administración o de beneficencia. Por esa razón, y puesto que se han requerido pocas tropas para acabar con los indefensos tejedores, la destrucción de fábricas y de máquinas no inspira el más leve "terror" al rey y a las autoridades. Más aún, no es el sentimiento religioso el que ha dictado la orden del Gabinete: esta orden es una muy sobria expresión tanto de la ciencia política cristiana como de una doctrina que no deja subsistir nada que se oponga a su único remedio, la "buena disposición de los corazones cristianos". La pobreza y el crimen son dos grandes males, pero ¿quién puede curarlos? ¿El Estado y las autoridades? No, tan sólo puede hacerlo la unión de todos los corazones cristianos."

Una de las razones por las que el "Prusiano" niega el "terror" del rey, es que no se hayan necesitado más que unas pocas tropas para acabar con los indefensos tejedores.

Así pues, en un país donde los banquetes con brindis liberales y champaña liberal recuérdese la fiesta de Düsseldorf provocaron una orden del Gabinete real: en un país donde no se necesitó soldado alguno para apagar el deseo de libertad de prensa y de constitución en toda la burguesía liberal: en un país así ¿el empleo violento de la fuerza armada contra débiles tejedores no sería un acontecimiento, y, sobre todo, un acontecimiento aterrador? Además los indefensos tejedores salieron vencedores del primer choque, siendo reprimidos posteriormente gracias a un aumento del número de tropas. ¿Es menos peligrosa la sublevación de una masa de obreros por el hecho de que no sea necesario emplear el ejército para reducirla? que nuestro astuto Prusiano compare la revuelta de los tejedores de Silesia con las insurrecciones de los obreros ingleses, y entonces los tejedores de Silesia le parecerán tejedores fuertes.

Mediante la relación general de la política respecto a los males sociales explicaremos porqué el alzamiento de los tejedores no podía inspirar ningún "terror" particular al rey. De momento nos bastará decir que dicho alzamiento no estaba dirigido directamente contra el rey de Prusia, sino contra la burguesía.

Como aristócrata y monarca absoluto, el rey de Prusia puede no estimar a la burguesía; y menos aún puede alarmarse cuando ve que la tensión y la dificultad de las relaciones entre proletariado y burguesía aumentan el servilismo y la impotencia de esta última. Además, el católico ortodoxo es más hostil al protestante ortodoxo que al ateo, del mismo modo que el legitimista lo es más respecto al liberal que al comunista. No es que el ateo y el comunista sean más próximos al católico y al legitimista, sino que por estar fuera de su esfera, les son más extraños que el protestante y el liberal. El rey de Prusia, como político, tiene a su contrario inmediato en el liberalismo. Para el rey, la contradicción del proletariado existe de modo tan exiguo como el rey existe para el proletariado. Sería preciso que el proletariado hubiera alcanzado ya una fuerza decisiva para ahogar las antipatías, las oposiciones políticas, para de este modo atraerse toda la hostilidad de la política. Por último, es evidente que el rey, cuyo carácter ávido de cosas interesantes e importantes es conocido universalmente, debía estar sorprendido y encantado a un tiempo al encontrar en su propio terreno ese pauperismo "interesante" y "de enorme porvenir", y al hallar de ese modo una nueva ocasión para situarse en primer plano. ¡Cuál no debió ser su dicha al saber que poseería, en lo sucesivo, su "propio" pauperismo real prusiano!

Nuestro "Prusiano" es aún más desafortunado cuando niega que el "sentimiento religioso" sea el origen de la orden del Gabinete real.

¿Por qué no es el sentimiento religioso el origen de esa orden del Gabinete? Porque esa orden "es una expresión muy sobria del arte político cristiano" una expresión "muy sobria" de la doctrina "que no deja subsistir nada que se oponga a su único remedio, la buena disposición de los corazones cristianos".

¿No es acaso el sentimiento religioso el fundamento del arte político cristiano? Una doctrina que posee su remedio universal en las buenas disposiciones de los corazones cristianos, ¿no está fundada en el sentimiento religioso? Es más, yo pretendo que es un sentimiento religioso muy engreído, muy embriagado consigo mismo, que busca la "curación de los grandes males" -curación cuya posibilidad niega "al Estado y a las autoridades- en "la unión de los corazones cristianos". Se trata de un sentimiento religioso tan ebrio de sí que, como declara el "Prusiano", ve todo el mal en la falta de sentido cristiano y remite a las autoridades al único medio que existe para fortalecer ese sentido religioso: "la exhortación". La finalidad de la orden del Gabinete es pues, según el "Prusiano", el sentimiento cristiano. Es evidente que el sentimiento religioso se considera a sí mismo el único bien cuando está ebrio, no cuando está sobrio. Allí donde ve el mal lo atribuye a su propia ausencia: en efecto, puesto que es el único bien, sólo puede producir el bien. La orden del Gabinete inspirada por el sentimiento religioso dicta pues, en consecuencia, el sentimiento religioso. Un político de sentimiento religioso sobrio, hallándose "perplejo", no buscaría "auxilio" en "la exhortación del piadoso predicador al sentimiento cristiano".

¿Cómo demuestra pues el "Prusiano" de la "Reforma" que la orden del Gabinete no es una emanación del sentimiento religioso? ¡Presentándonosla por doquier como una emanación del sentimiento religioso! ¿Puede esperarse que una mente tan ilógica comprenda los movimientos sociales? Oigamos su palabrería sobre la relación de la sociedad alemana con el movimiento obrero y con la reforma social en general.

Distingamos, cosa que el "Prusiano" olvida, las diferentes categorías que se han agrupado bajo la expresión "sociedad alemana": gobierno, burguesía, prensa, y finalmente los propios obreros. Reparemos en los diferentes grupos de que se trata, y de los que el "Prusiano" hace un todo homogéneo condenándolos en masa desde su elevado punto de vista. Así, según él, la sociedad alemana no ha llegado todavía al presentimiento de su "reforma".

¿Por qué carece de ese instinto?

"Es imposible hacer comprender a un país no político como Alemania" responde el Prusiano, "que la miseria parcial de las regiones manufactureras es una cuestión de orden general, e incluso, un perjuicio ocasionado a todo el mundo civilizado. Para los alemanes, ese acontecimiento es de la misma índole que una inundación o una penuria locales. Por ello el rey la trata como un defecto de administración de beneficencia".

Nuestro "Prusiano" explica pues esta concepción trastrocada de la miseria obrera mediante la particularidad de que Alemania es un país no político.

Se nos concederá que Inglaterra es un país político, y se nos reconocerá también que es el país del pauperismo: incluso el término es de origen inglés. El examen de Inglaterra será pues el medio más adecuado para conocer la relación de un país político con el pauperismo. En Inglaterra, la miseria obrera no es en modo alguno parcial, sino universal; no se limita a las regiones industriales, sino que se extiende a las regiones agrícolas. Los movimientos no están en sus comienzos, resurgen periódicamente desde hace casi un siglo. ¿Cómo conciben el pauperismo la burguesía inglesa, y el gobierno y la prensa ligados a ella?

En la medida en que la burguesía inglesa admite que el pauperismo es un defecto de la política, el Whig considera al Tory y el Tory al Whig como la causa del pauperismo. Según el Whig, la causa principal del pauperismo es la gran propiedad rural y la legislación proteccionista que prohibe la importación de cereales. Según el Tory, todo el mal reside en el liberalismo, la libre competencia y el sistema manufacturero llevado al exceso. Ningún partido encuentra la razón en la política en general sino, más bien, únicamente en la política del partido contrario. Y ninguno de los dos partidos piensa en una reforma de la sociedad.

La expresión más precisa de la comprensión inglesa del pauperismo -nos referimos en todo momento a la comprensión de la burguesía inglesa y del gobierno- es la economía política inglesa, es decir, el reflejo científico de la situación económica inglesa.

Uno de los mejores y más famosos economistas ingleses, que conoce la situación actual y debe poseer una visión global del movimiento de la sociedad burguesa, MacCulloch, alumno del cínico Ricardo, ha osado recientemente en un curso público y en medio de aplausos, aplicar a la economía política lo que Bacon dice de la filosofía:

"El hombre que, con un verdadero e infatigable afán de conocer, interrumpe su razonamiento, avanza gradualmente, superando uno tras otro los obstáculos que, como montañas, detienen la marcha de su estudio, terminará alcanzando con el tiempo, la cúspide de la ciencia, donde se disfruta del sosiego y del aire puro, donde la naturaleza se ofrece a la vista en toda su belleza, y desde donde, por un camino cómodo y fácil puede descenderse hasta los más mínimos detalles de la práctica."

¡Qué mejor aire puro que la atmósfera infestada de las viviendas inglesas situadas en sótanos! ¡Qué mejor maravilla de la naturaleza que los extraños andrajos de los ingleses pobres y las arrugadas y ajadas carnes de las mujeres gastadas por el trabajo y la miseria; los niños acostados en las basuras; los engendros que produce el exceso de trabajo en el mecanismo uniforme de las fábricas! ¡Detalles últimos, adorables, de la praxis: la prostitución, el asesinato, el patíbulo!

Incluso aquellos burgueses ingleses que se dan cuenta del peligro del pauperismo lo conciben, así como a los medios para remediarlo, de una forma no tan sólo particular sino, digámoslo sin rodeos, pueril y estúpida.

Así, por ejemplo, en su folleto Recent measures for the promotion of education in England, el doctor Kay lo reduce todo al descuido de la educación. ¡Se adivina por qué! Por falta de educación, sobre todo, el obrero no comprende "las leyes naturales del comercio" que lo reducen necesariamente al pauperismo. Ello sería la razón de su rebelión, que "podría entorpecer la prosperidad de las manufacturas inglesas y del comercio inglés, quebrantar la mutua confianza de los hombres de negocios, reducir la estabilidad de las instituciones políticas y sociales".

Esta es la gran irreflexión de la burguesía inglesa y de su prensa respecto al pauperismo, epidemia nacional de Inglaterra.

Supongamos pues que los reproches dirigidos por nuestro "Prusiano" a la sociedad alemana son fundados, y veamos si se halla la razón, como él argumenta, en el estado no político de Alemania. Mas si la burguesía de la Alemania no política no alcanza a comprender la significación general de una miseria parcial, la burguesía de la Inglaterra política sabe, por el contrario, ignorar la significación general de una miseria universal que ha manifestado su importancia universal por su reaparición periódica en el tiempo, su extensión en el espacio y por el fracaso de todas las tentativas destinadas a suprimirla.

El "Prusiano" imputa también al estado no político de Alemania el hecho de que el rey de Prusia encuentre la causa del pauperismo en un defecto de administración y de beneficencia y busque pues en las medidas de administración y de beneficencia los remedios al pauperismo.

La legislación sobre asistencia pública, tal como rige en la Inglaterra actual, data de la ley del acta 43 del reinado de Isabel [4]. ¿En qué consisten las disposiciones de esta legislación? Pues en la obligación impuesta a las parroquias de socorrer a sus obreros indigentes, en el impuesto para los pobres, en la beneficencia legal. Tal legislación -la beneficencia por vía administrativa- ha durado dos siglos: y tras largas y dolorosas experiencias, ¿cuál es el punto de vista que defiende el Parlamento en su ley de enmienda de 1834? El Parlamento empieza por declarar que el enorme crecimiento del pauperismo se debe a "un defecto de administración".

Por lo tanto, se reforma la administración del impuesto para los pobres que correspondía hasta entonces a los funcionarios de las parroquias respectivas, y se constituyen uniones de unas veinte parroquias sometidas a una única administración. Una Junta de funcionarios -Board of Guardians- designados por los contribuyentes, se reúne un día determinado en la sede de la unión y decide la adjudicación de las ayudas. Las juntas están dirigidas y controladas por delegados del gobierno, que constituyen la comisión central de Sommerset-House, el ministerio del pauperismo, como lo denomina un francés [5]. El capital que esa administración controla es casi tan considerable como el presupuesto de guerra de Francia, y el número de administraciones locales asciende a 500, contando cada una de ellas con un mínimo de doce empleados.

El Parlamento inglés no se ha limitado a una reforma meramente formal de la administración.

Es precisamente en la ley de pobres donde ha descubierto la causa principal del estado crítico del pauperismo inglés. El remedio legal contra ese mal social, o sea la beneficencia, favorecería el propio mal; y en cuanto al pauperismo en general, sería, según la teoría de Malthus, una ley eterna de la naturaleza:

"Dado que la población tiende a sobrepasar incesantemente el límite de los medios de subsistencia, la beneficencia es una vana locura, un estímulo oficial a la miseria. Por lo tanto, todo lo que el Estado puede hacer es abandonar la miseria a su suerte y facilitar al máximo la muerte de los desvalidos."

El Parlamento inglés completó esta filantrópica teoría con la idea de que el pauperismo es la miseria cuya culpa hay que achacar a los propios obreros, por lo que no hay que prevenirla como una desgracia, sino que por el contrario, hay que castigarla como un crimen.

Ese fue el origen de las Workhouses, casas de trabajo, cuya organización horroriza a los desvalidos impidiéndoles encontrar en ellas refugio para no morir de hambre. En esas casas de trabajo la beneficencia se combina ingeniosamente con la venganza que la burguesía desea infligir a los desválidos que apelan a su caridad.

Primeramente, pues, Inglaterra intentó eliminar el pauperismo mediante la beneficencia y las medias administrativas. Seguidamente se dio cuenta de que el crecimiento incesante del pauperismo no era la consecuencia necesaria de la industria moderna, sino del impuesto para los pobres. Así concibe la miseria universal únicamente como una particularidad de la legislación inglesa. Lo que atribuía antes a una falta de beneficencia, se achacó entonces a un exceso de beneficencia. Finalmente se consideró la miseria como un delito de los desválidos y se castigó como tal.

La importancia general que la Inglaterra política extrajo del pauperismo se limita a que éste en el curso de su desarrollo, a pesar de las medidas administrativas, se erigió en institución nacional; convirtiéndose, de ese modo, en el objeto de una administración intrincada y cada vez más amplia, cuya tarea ya no consistió en yugularlo, sino en disciplinarlo, en eternizarlo. Esta administración renunció a agotar la fuente del pauperismo mediante medios positivos, contentándose con prepararle, cada vez que afloró a la superficie del país oficial, con suavidad policial, un nuevo lecho de muerte. El Estado inglés en lugar de ir más allá de las medidas administrativas y de beneficencia ni siquiera llegó a ellas, se limitó a administrar el pauperismo dominado por la desesperación de dejarse apresar y de hacerse encarcelar.

Hasta el momento el "Prusiano" no nos ha revelado nada de particular sobre la conducta del rey de Prusia. Pero por qué, exclama el gran hombre con una rara ingenuidad, "¿por qué el rey de Prusia no ordena inmediatamente la educación de todos los niños abandonados?" ¿Por qué se dirige primero a las autoridades y atiende sus planes y sus propuestas?

El muy astuto "Prusiano" dejará de inquietarse cuando sepa que en ésta, como en todas sus demás acciones, el rey de Prusia no ha mostrado originalidad alguna, y que tan sólo se ha limitado a seguir la única vía que puede tomar un jefe de Estado.

Napoleón quiso erradicar de una sola vez la mendicidad, para lo cual encargó a las autoridades que preparasen unos planes para eliminar la mendicidad en toda Francia. El proyecto se hacía esperar, Napoleón perdía la paciencia y escribió a su ministro del Interior, Cretet, comunicándole la orden de suprimir la mendicidad en el plazo de un mes:

"No hay que pasar por esta tierra sin dejar huellas que justifiquen nuestro recuerdo para la posteridad. No me vuelva a pedir tres o cuatro meses para recabar información. Dispone de jóvenes auditores, de sagaces prefectos, de ingenieros de caminos, canales y puertos bien preparados; póngales en movimiento a todos, y no se distraiga con el trabajo burocrático habitual."

Todo se realizó en pocos meses, y el 5 de julio de 1808 apareció la ley que prohibía la mendicidad. ¿De qué modo? Pues mediante la creación de los hospicios, que se transformaron rápidamente en establecimientos penitenciarios a los que no se accedía sino después de haber pasado ante el tribunal correccional. Sin embargo, M. Noailles du Gard, miembro del cuerpo legislativo, se permitió decir:

"Debemos eterno agradecimiento al héroe que asegura un refugio a la indigencia y alimentos a la pobreza. La infancia no se hallará ya nunca jamás abandonada, las familias pobres ya no estarán privadas de recursos, ni los obreros de estímulo y ocupación. Nuestros pasos no serán interrumpidos por la desagradable imagen de las enfermedades y de la vergonzante miseria."

Este último pasaje cínico es la única verdad de este panegírico.

Ya que Napoleón ha recurrido al discernimiento de sus auditores, de sus prefectos, de sus ingenieros, ¿por qué no iba a hacer otro tanto el rey de Prusia, recurriendo a sus autoridades?

¿Por qué Napoleón no ordenó inmediatamente la supresión de la mendicidad? La pregunta que se hace el "Prusiano" es del mismo estilo: "¿Por qué el rey de Prusia no ordenó inmediatamente la educación de todos los niños abandonados?". ¿Sabe el "Prusiano" lo que, en tal caso, el rey debería ordenar? Nada menos que la aniquilacíon del proletariado. Para educar a los niños hay que alimentarlos y dispensarlos de trabajar para ganarse la vida. Alimentar y educar a los niños abandonados, es decir alimentar y educar a todo el proletariado creciente, significaría eliminar el proletariado y el pauperismo.

La Convención tuvo, por un momento, el valor de ordenar la supresión del pauperismo, pero no inmediatamente, como el "Prusiano" exige a su rey, sino tan sólo después de haber encargado al comité de salud pública la elaboración de planes y las propuestas necesarias y una vez que éste hubo utilizado los detallados informes de la Asamblea Constituyente sobre la situación de la miseria en Francia y propuesto, por mediación de Barrère, la fundación del Libro de la beneficencia nacional, etc. ¿Cuál fue la consecuencia de la orden de la Convención? Que hubiera una ordenanza más en el mundo y que al cabo de un año las mujeres hambrientas asediaran la Convención.

Ahora bien, la Convención significó lo máximo en cuanto a la energía política, la capacidad política y la inteligencia política.

Ningún gobierno en el mundo ha tomado, inmediatamente y sin acuerdo con las autoridades, medidas contra el pauperismo. El parlamento inglés llegó incluso a enviar comisarios a todos los países de Europa, con el fin de conocer los diferentes remedios administrativos contra el pauperismo. Sin embargo por más que los Estados se han ocupado del pauperismo no han pasado de las medidas de administración y de beneficencia.

¿Puede el Estado comportarse de otro modo?

El Estado jamás descubrirá en "el Estado y la organización de la sociedad", como pide el "Prusiano" a su rey, la razón de los males sociales. En todas partes donde hay partidos políticos, cada uno de ellos halla la razón de cada mal en el hecho de que su adversario ocupa su lugar en la dirección del Estado. Incluso los políticos radicales y revolucionarios encuentran la razón no en la esencia del Estado, sino en una forma determinada de Estado que pretenden reemplazar por otra.

Desde el punto de vista político, el Estado y la organización de la sociedad no son dos cosas diferentes. El Estado es la organización de la sociedad. En la medida en que el Estado reconoce la existencia de anomalías sociales, busca la razón de las mismas ya sea en las leyes naturales que ninguna fuerza humana puede doblegar, o en la vida privada que es independiente del Estado, o bien en una inadaptación de la administración que depende del Estado. Es así como Inglaterra justifica que la miseria tiene su razón de ser en la ley natural según la cual la población debe sobrepasar en todo momento los medios de subsistencia. Por otro lado, explica el pauperismo por la mala voluntad de los pobres del mismo modo que el rey de Prusia lo explica por el sentimiento no cristiano de los ricos y la Convención por la mentalidad contrarrevolucionaria de los propietarios. Por ello Inglaterra castiga a los pobres, el rey de Prusia exhorta a los ricos, y la Convención guillotina a los propietarios.

En definitiva, todos los Estados atribuyen a deficiencias accidentales o intencionales de la administración la causa, y consiguientemente, a medidas administrativas, el remedio a todos sus males. ¿Por qué? Precisamente porque la administración es la actividad organizadora del Estado.

El Estado no puede suprimir la contradicción existente entre la finalidad y la buena voluntad de la Administración por una parte, y sus medios y posibilidades por otra, sin eliminarse él mismo, puesto que se funda en esa contradicción. Se fundamenta en la contradicción entre el interés general y los intereses particulares. Por lo tanto, la administración debe limitarse a una actividad formal y negativa, pues allí donde empiezan la vida civil y su trabajo cesa el poder de la administración. Más aún, en lo que concierne a las consecuencias que se derivan de la naturaleza no social de esa vida civil, de esa propiedad civil, de ese comercio, de esa industria, de ese pillaje recíproco de las diferentes esferas civiles, frente a tales consecuencias la ley natural de la administración no es otra que la ineficacia. Pues esa división llevada al extremo, esa bajeza, esa esclavitud de la sociedad civil constituyen el fundamento sobre el cual reposa el Estado moderno, al igual que la sociedad civil de la esclavitud constituía el pilar natural sobre el cual reposaba el Estado antiguo. La existencia del Estado y la existencia de la esclavitud son inseparables. El Estado antiguo y la esclavitud antigua -verdaderas oposiciones clásicas- no estaban tan íntimamente vinculados el uno a la otra como lo están el Estado moderno y el mundo moderno del trapicheo sórdido -hipócritas oposiciones cristianas-.

Si el Estado moderno quisiera eliminar la ineficacia de su administración, sería preciso que suprimiera la vida privada actual; y si quisiera suprimir ésta, debería suprimirse a sí mismo puesto que no existe más que en oposición a ella. Ningún ser viviente cree que los defectos de su existencia inmediata estén basados en el principio de su vida, en la esencia de su vida, sino más bien en circunstancia ajenas a su vida. Del mismo modo que el suicidio está considerado como un acto contra natura, el Estado no puede creer en la ineficacia intrínseca de su administración, es decir, en su propia incapacidad. No puede descubrir más que imperfecciones formales y accidentales y esforzarse en remediarlas. Si las modificaciones realizadas resultan infructuosas es que el mal social es una imperfección natural, independiente del hombre, una ley de Dios, o bien, que la voluntad de los particulares está excesivamente corrompida para corresponder a las buena intenciones de la administración. ¡Y qué pervertidos particulares: arremeten contra el gobierno cuando éste limita la libertad del mismo modo que le piden que impida las consecuencias necesarias de esa libertad!

Cuando más fuerte es su Estado más político es un país, y menos dispuesto está para buscar la razón de los males sociales y para comprender su principio general, en el principio del Estado, o sea, en la organización actual de la sociedad de la que él mismo es expresión activa, consciente y oficial. La inteligencia política es precisamente inteligencia política porque piensa en el interior de los límites de la política: y cuanto más aguda se manifiesta, más viva se encuentra y más incapaz es de comprender los males sociales. El período clásico de la inteligencia política es la revolución francesa, cuyos héroes, lejos de percatarse del origen de las imperfecciones sociales en el seno del Estado, lo descubren por el contrario en las taras sociales como fuente de los fracasos políticos. Así es como Robespierre no veía en la gran pobreza y la gran riqueza más que un obstáculo para la llegada de la democracia pura. Por ello deseaba establecer una sobriedad general a la espartana. El principio de la política es la voluntad. Cuanto más unilateral, o sea, cuanto más perfecta es la inteligencia política, en mayor medida cree en la omnipotencia de la voluntad, mostrándose más ciega en la consideración de los límites naturales y espirituales de la voluntad, y por lo tanto más incapacitada está para descubrir el origen de los males sociales. No es preciso que avancemos más para destruir la ridícula esperanza del "Prusiano" de que "la inteligencia política" está llamada "a descubrir, para Alemania, la raíz de la miseria social".

Es insensato pedir al rey de Prusia que posea un poder comparable al de la Convención y Napoleón juntos; esperar de él un punto de vista que sobrepase los límites de toda política, un modo de ver que tanto el astuto "Prusiano" como su rey están lejos de poseer. Toda esta declaración del "Prusiano" resulta aún más estúpida cuando él mismo nos confiesa:

"las buenas palabras y los buenos sentimientos son baratos, pero el discernimiento y las acciones eficaces son caros; y en nuestro caso, son más que caros, están todavía por llegar."

Entonces, si aún están por llegar, que se reconozcan los esfuerzos de todo individuo que intenta realizar lo que le es posible en función de su situación. Por lo demás, a este respecto deja al cuidado del lector la decisión sobre si el lenguaje mercantil agitando -"barato", "caro", "más que caro", "están aún por llegar"- puede situarse en la categoría de las "buenas palabras" y de los "buenos sentimientos".

Supongamos pues que las observaciones del "Prusiano" sobre el gobierno alemán y la burguesía alemana -comprendida esta última evidentemente en la "sociedad alemana"- están absolutamente fundadas. ¿Está más desamparada esta parte de la sociedad en Alemania que en Inglaterra o en Francia? ¿Puede haber mayor desamparo que el que existe, por ejemplo, en Inglaterra, donde la perplejidad se ha erigido en sistema? Cuando en la actualidad estallan sublevaciones obreras en toda Inglaterra, la burguesía inglesa y el gobierno inglés no son mucho más sagaces de lo que fueron durante el último tercio del siglo XVIII. Su único recurso está en la fuerza material, y como ésta disminuye en la misma medida en que aumentan la extensión del pauperismo y la inteligencia del proletariado, la perplejidad inglesa aumenta necesariamente en una proporción geométrica.

Por último, decir que la burguesía alemana ignora totalmente la significación general de la insurrección silesia es inexacto, pues expresa no haber tenido en cuenta los hechos. En muchas ciudades los patrones intentan asociarse con los obreros. Todos los periódicos liberales alemanes, órganos de la burguesía liberal, no cesan de hablar de la organización del trabajo, de la reforma de la sociedad, de la crítica del monopolio y de la libre competencia, etc,: y todo ello como consecuencia de los movimientos obreros. Los periódicos de Tréveris, Aquisgrán, Colonia, Wesel, Manheim, Breslan, e incluso de Berlín, publican frecuentemente artículos sociales bastantes razonables en los que el "Prusiano" puede aprender siempre alguna cosa. Y aún más, en las cartas que llegan de Alemania, se expresa constantemente la sorpresa de que la burguesía ya no opone resistencia a las tendencias y a las ideas sociales.

Si el "Prusiano" estuviera más al corriente del movimiento social se hubiera hecho la pregunta a la inversa. ¿Por qué la burguesía alemana concede a la miseria parcial una importancia relativamente universal? ¿De dónde vienen, por una parte, la animosidad y el cinismo de la burguesía política y, por otra, la falta de resistencia y las simpatías de la burguesía impolítica respecto al proletariado?





NOTAS

[1] Debo aclarar, por razones especiales, que el presente artículo es el primero que he mandado al Vorwärts. (Nota de Marx)

[2] "Un Prusiano": Arnold Ruge, que escribía bajo este seudónimo en el Vorwärts!.

[3] Hay que hacer hincapié en el absurdo estilístico y gramatical: "El rey de Prusia y la sociedad alemana todavía no ha llegado al presentimiento de su reforma..." (Nota de Marx)

[4] No es preciso remontarnos para nuestro propósito hasta el estatuto de los obreros en tiempos de Eduardo III. (Nota de Marx)

[5] Eugène Buret.

viernes 20 de febrero de 2009

Confunde, que algo queda

diputados de UCD en 1977

Pablo Castellano Cardalliaguet


El Imparcial, 20-XII-1977



Es evidente que si hoy viviera el llamado Fernando VII soportaríamos de nuevo su vieja frase: «Marchemos todos juntos, y yo el primero, por la senda de la confusión». Y es que este es el problema del país, al que unos y otros contribuimos en la medida de nuestro esfuerzo. ¿Pero aquí quién gobierna? Es evidente que el Gobierno no, ya que admite, y te endosa sus responsabilidades a los invitados de la Moncloa, los cuales a su vez no se oponen, y en suma ya no son oposición.

Y el Gobierno ¿es de derecha, de centro o de izquierda? Vaya usted a saber, si presta atención a ciertos datos o incongruencias, tales como la reacción contra Álvarez de Miranda y sus huestes por Taranconizarse hasta el extremo de querer volver a Trento, o si por el contrario recoge usted las críticas de Fernández Ordóñez por sus intentonas reformatorio-tributarias. Y eso sin perder de vista a los chicos del Movimiento Nacional, convertidos hoy en defensores de la democracia inorgánica y pluralista, pero menos, dejémonos de coñas.

Si a ello se añade la cordial entente Suárez-Carrillo, el que los comunistas sean hoy el primer bastión de defensa del suarismo y el que los socialistas, (¡algunos, ojo!) ya no insistan en la laicidad del Estado, en la supresión de las subvenciones a la enseñanza privada, y dejen lo de la República convertido en una etérea vocación, anhelo o inspiración, la confusión reinante alcanza ya grados de manicomio.

Hay que preguntarse por qué nadie quiere ocupar su sitio, y que se le conozca coherentemente por lo que es, lo que representa, lo que defiende y lo que busca. ¿Por qué nadie quiere clarificar esto, y la mentira política, el fraude, la simulación son la moneda en curso? Esto sólo puede tener dos contestaciones:
a) Desconfianza en que la difusión del propio y serio ideario, aparte del poder, y en suma sacrificio de la verdad a la realidad de la ambición del ordeno y mando.
b) Convencimiento de que los intereses que se defienden sean inargumentables, y búsqueda de una verborrea diferente para seguir jugando al mantenimiento de los mismos.

Es obvio que la primera posición es la de la llamada izquierda, y la segunda la de nuestro fundido y confundido Gobierno.

Pero como la confusión era poca, y la Constitución en secreto se va a encargar de hacerla mayor, para que ningún ciudadano pueda saber lo que con respecto a cada artículo mantienen los partidos políticos, enterándose sólo de lo que al final han pasteleado ahora, el señor Suárez, para que las cosas sean claras, ha decidido constituir el partido único. (No le hacia falta, si ya había acabado con la oposición en los Pactos de la Moncloa).

Un partido de falangistas, opusdeístas, liberales, cristiano demócratas, social demócratas, independientes, es imposible si cada uno de ellos es lo que dice ser, y sólo es lógico si todos son iguales, o sea nada. El autor de estas líneas es tan bruto que ignora la existencia de partidos de la derecha, con tendencias internas. Ah, ¡coño! eso ya estaba inventado y se llamaba el 20 de noviembre de 1975 el Movimiento Nacional en el que estaban todos. Sí, todos. Hemos vuelto al origen.

Un parlamento en el que no están representados los electores, sino la familia, Sindicato y Municipio eran las Cortes franquistas. Aleluya, hoy en el Parlamento, tan aplaudidor como el de antes, la Democracia Orgánica de los tres pilares, se ha visto sustituida por los portavoces de los grupos parlamentarios, los sumos sacerdotes del oficio de tinieblas en pasillos y confidencialidades. Nuevo regreso. Pues para descubrir ahora todo esto, perdón, para encubrir ahora lo de siempre, no hacía falta tanta farsa.

Franco puede estar contento, todo sigue atándose y bien atándose, sólo que con una ventaja, su hijo bien amado Adolfo Suárez ha hecho del Movimiento hasta a los de la oposición. (Ojo, no a toda).

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Dire Straits - Sultans of Swing (1985)

jueves 12 de febrero de 2009

Buscando a Bin Laden desesperadamente

Where´s Bin Laden?

Luis Alsó Pérez

Rebelión, 2001


Este podría ser el título de un culebrón -mitad tragedia, mitad farsa- que, a partir de los atentados del 11 de Septiembre, se nos viene sirviendo por los medios de comunicación del Imperio, encabezados por la CNN.

Puesta en escena

Proyectados a través de dicha cadena televisiva con estremecedor realismo, es más, sin embargo, lo que esconde que lo que deja ver. La espectacular nube de polvo provocada por el derrumbamiento de las torres gemelas, una vez desvanecida, ha dado paso a una nube de interrogantes, tras la cual empieza a perfilarse un gigantesco montaje, erigido sobre un puñado de vidas inocentes. Veamos:


-Las medidas de seguridad en los aeropuertos estadounidenses son más rigurosas de lo que se nos dice. De hecho, hace muchos años que no se producía ningún secuestro de aviones. ¿Cómo es posible que en un solo día y en pocas horas se produzcan nada menos que cuatro, a cargo de diecinueve individuos con sospechoso aspecto árabe?. La fragilidad del montaje empieza a ponerse de manifiesto cuando se comprueba que varios de los supuestos secuestradores muertos en el atentado gozan de buena salud, y que otros tantos detenidos no tienen ninguna conexión con el mismo. Entonces, si no tenían la trama, ¿cómo sabían desde el primer día que Bin Laden estaba al fondo de ella?

-Según los expertos, se necesita una infraestructura y una profesionalidad que no está al alcance de ningún grupo terrorista. Además todos los grupos "terroristas" islámicos –que, lógicamente, suelen reivindicar cualquier acción espectacular para rentabilizarla- se han desvinculado de él, incluso el propio Bin Laden. No tenemos por qué concederle a él menos credibilidad que al gobierno norteamericano, porque ambos fueron socios durante muchos años (Bin Laden y los talibán fueron, como es sabido, una creación de la CIA).

-La cinematografía yanqui viene asociando, desde hace muchos años, árabe con terrorista. En esa misma línea la CNN pasa y repasa por las pantallas de los televisores de todo el mundo imágenes de palestinos, niños fundamentalmente, haciendo la V de la victoria, insinuando veladamente que son pequeños monstruos que llevan en la sangre el germen del terrorismo, e induciendo así una idea indirecta de culpabilidad árabe. Al descubrirse que las imágenes corresponden al año 1.991, la credibilidad de la CNN empieza a desmoronarse (como las torrres gemelas).

-El FBI, que durante los dos o tres años que –según los expertos- se necesitarían para montar la trama no fueron capaces de detectar una red constituida por no menos de 50 terroristas, recobra súbitamente la eficacia tras el atentado, y en dos o tres días afirman tenerlos identificados. Hasta los carnets de los pilotos suicidas –supuestos profesionales- aparecen irresponsablemente abandonados (por supuesto, pertenecen a varias nacionalidades árabes, para que las culpas se repartan por todo el Islam).

La aparente seguridad sobre la identidad de los que perpetraron el atentado hace que, a los pocos días, se ponga en marcha un impresionante dispositivo bélico rumbo a Afganistán. Sin embargo, hasta tres semanas mas tarde, a requerimiento de algunos países europeos de la OTAN que pedían pruebas de que se trataba de una agresión exterior, fueron incapaces de aportarlas (los talibán siguen exigiéndolas infructuosamente).

-En los primeros días, los medios de comunicación elevan la cifra de posibles víctimas a treinta mil. Una semana después la reducen a unos 6000, en base a unas confusas listas manejadas por el alcalde Giuliani. Tres semanas después, a pesar de que las intensas tareas de desescombro (a las que, sospechosamente, se impide acceder a la prensa) ya habían removido buena parte de las ruinas, solo habían aparecido unos doscientos cadáveres.

Ante el estupor de la gente, se empieza alegar que, posiblemente, muchos cuerpos se volatilizaron por las altas temperaturas (éstas, sin embargo, sólo afectaron a los pisos altos). Algunos testigos afirman que las torres fueron evacuadas en su mayoría después del primer atentado. En el Pentágono la cifra inicial de 800 víctimas es reducida a poco más de un centenar, incluyendo los tripulantes del avión (por supuesto, no hay ningun general entre ellas). Es evidente que las cifras fueron infladas intencionadamente por quienes más tarde iban a rentabilizar el fuerte impacto emocional de los atentados.

-Como cualquier instalación de alta seguridad, el Pentágono es una de las más protegidas del mundo. Cualquier avión sospechoso, por sofisticado y veloz que fuese, que se acercase a varios kilómetros a la redonda sería rápidamente detectado y derribado. Casi una hora después de la agresión a las torres gemelas el Pentágono sabía que otro avión secuestrado se dirigía a la zona; ¿por qué no fue derribado?; ¿como es que no existe ningún vídeo claro y fiable del supuesto impacto -como en las torres gemelas- cuando se supone que su exterior –como su interior- debe estar vigilado por decenas de cámaras de vídeo? ¿Por qué los bomberos sólo pueden entrar cuatro días más tarde? Sospechosamente la caja negra del supuesto avión –a pesar de estar diseñada para sobervivir a los impactos- está inservible. Pero, curiosamente, un plan de remodelación y ampliación de las instalaciones del Pentágono, bloqueado anteriormente por el Congreso, recibe ahora, pródigamente, los fondos denegados.

-Se ha detectado un gigantesco movimiento especulativo bursátil en los días previos al atentado, que ha puesto en ocultas manos criminales incalculables beneficios. Son operaciones de auténticos expertos, conocedores de lo que iba a pasar, y que difícilmente podría haber dirigido Bin Laden desde su carpa del desierto de Afganistán.

-El guión se completa con un despliegue mediático y una escenificación sin precedentes: un coche–bomba (inexistente) estalla junto a la Casa Blanca; movilización general en las instalaciones y bases europeas de la OTAN, los aeropuertos se cierran. Se habla de "acto de guerra", de ataque a la civilización occidental, del mayor acto terrorista de la historia (de una historia para amnésicos, que se olvidasen de Hiroshima y Nagasaki)..... El Dr. NO y Goldfinger quedan relegados a la categoría de hermanitas de la caridad ante la supuesta capacidad destructiva del superterrorista, con aspecto de opiómano tísico, Osama Bin Laden y su Imperio del Mal (ya la CIA había fabricado anteriormente al terrorista Carlos; pero lo "quemaron" cuando el comunismo dejó de ser una amenaza) Por mor de esa escenificación el turbante islámico se convierte, súbitamente, en el siniestro espectro que amenaza al mundo civilizado. Más tarde se escenificará, también, una alocución lacrimógena del presidente de EEUU (que no ha derramado una sola lágrima por el millón de niños iraquíes fallecidos por su bloqueo criminal) y una misa colectiva para pedir a Dios que bendiga la venganza.

God bless the Empire

Las sospechas de montaje se consolidan cuando -como se aconseja en estos casos- se formula la pregunta "¿a quién aprovecha?"; porque las rentas para el Imperio son tan altas que, de creer la versión oficial, habría que concluir que "Dios bendice al Imperio" usando a Bin Laden como agente de la Providencia, en lugar de la ProvidenCIA.Veamos, en efecto, el cambio sustancial ocurrido a los pocos dias del atentado:

- EEUU –y, por extensión, la OTAN- se convierte en el llanero solitario que, jaleado por las multitudes, se apresta a restablecer el orden y la justicia en el mundo. Cualquier aventura imperialista, ejecutada en cualquier momento en cualquier punto del planeta será no sólo justificada, sino aplaudida.

- Israel pasa de ser un estado terrorista a punta de lanza en la defensa de la civilización occidental contra la barbarie musulmana. Los asesinatos "selectivos" y las operaciones de "guerra sucia" empleados por el estado judío contra la Intifada se van a aplicar en adelante a escala planetaria, nos advierte el Sr. Cheney (quien, por supuesto, "sufre" por verse obligado a ello) para prevenir nuevos atentados. Sharon, reclamado hasta ayer como criminal de guerra, se convierte súbitamente en el modelo a imitar.

- Las dificultades para un incremento del presupuesto de defensa en el Congreso se desvanecen como por ensalmo, y éste aprueba unánimemente una abultada cifra, inimaginable antes del atentado. Ese aumento además, de servir para guerras prefabricadas en la periferia, actuará como medida "keynesiana" para paliar la recesión económica galopante del Norte (la guerra es una medicina muy socorrida por el capitalismo en sus dolencias crónicas).

-Al identificarse esa civilización occidental, supuestamente amenazada, con EEUU-OTAN, queda identificada, a su vez, con el sistema capitalista. Todos los que lo cuestionen pasan a ser presuntos colaboradores del Imperio del Mal. Un estado de excepción permanente queda institucionalizado contra ese Enemigo Interior (v. g., el movimiento antiglobalización) que actúa como agente del Enemigo Exterior (¿dónde he leído yo esto antes?). Los derechos individuales y sociales tienen que ser sacrificados a la seguridad (y al presupuesto de defensa). Por nuestro propio bien, el Hermano Echelon nos vigila.

-El derecho internacional -y, por extensión, las NNUU- desaparece de facto y queda sustituido por la voluntad del gobierno de EEUU, que actúa simultáneamente como fiscal, juez y verdugo a escala planetaria; y a quien –como nos alecciona G. Roberston, secretario general de la OTAN- nadie va a cuestionar, porque representa al Imperio del Bien.

El problema es que, para mantener la estrategia de la tensión que justifique el estado de excepción permanente, serán necesarios nuevos atentados "masivos" –posiblemente en una capital europea- a cargo siempre de "fanáticos islamistas" conectados a la "internacional terrorista" (desde este punto, de vista quizá no convenga capturar aún a Bin Laden, pues puede servir, como "Carlos", de saco sin fondo adonde desviar, una y otra vez, las pistas de crímenes inconfesables).

¡Prietas las filas!

A pesar de que exige una clara agresión exterior de otro estado (y no de un grupo terrorrista) la OTAN invoca el artículo 5 de su recién estrenado reglamento, que la institucionaliza como gendarme mundial, para empujar a los países socios a acompañar a EEUU en su cruzada "justiciera", sin necesidad de aportar pruebas –tampoco las tienen- ni consultar a los parlamentos. Cruzada indeterminada en el tiempo y el espacio, contra un enemigo confuso y difuso, que sólo el dedo acusador del emperador puede concretar en cada momento (aunque, por supuesto, siempre dentro del ancho mundo islámico). De entrada éste señala a Afganistán.

¿Por qué Afganistán? ¿por Bin Laden? Afganistán, un país aparentemente pobre y desértico, resulta ¡oh casualidad! que es un país clave por tres razones:

-Por su valor estratégico militar para el dominio del pasillo euroasiático, fundamental, según la doctrina Mackinder, para dominar el mundo.

-Por su valor estratégico económico para la explotación y comercialización de las inmensas bolsas de petróleo y gas de la región del Caspio.

-Por ser el productor del 75% de la heroína mundial. La ruta de la heroína –moderna versión de la ruta de la seda- era controlada por la CIA y contribuía a alimentar los 300.000 millones de narcodólares anuales que fluyen hacia Wall Sreet. Los talibán tuvieron la osadía de destruir 3.000 toneladas de opio y arrasar las plantaciones.

Bin Laden actuó también como reclutador de mercenarios para la guerrilla chechena y, al igual que en el caso afgano, con asesoramiento de los servicios secretos anglo-americanos y financiación saudí. Pero tanto en Chechenia como en Afganistán (donde, junto a los talibán, intervenían fuerzas regulares de Paquistán, aliado incondicional de EEUU) los mercenarios se habían empantanado; es decir, no habían logrado avanzar hacia las zonas petroleras y dejar al descubierto el bajo vientre de Rusia y China (China, cuya economía sigue creciendo al 7%, mientras Occidente se sume en la recesión, se perfila como el gran rival a batir).
Entonces el Imperio -más exactamente, su núcleo duro anglo-yanqui-sionista- decide cambiar de estrategia y, demonizando a Bin Laden-talibán (y traicionando a su aliado paquistaní) decide apoyar a la Alianza del Norte, antiguo aliado, a su vez, contra la URSS que, posteriormente, fue derrocada por los talibán. Con este giro espectacular -que denota su absoluta falta de escrúpulos, ya que es la tercera vez que cambia de aliados en el conflicto afgano- pretende arrancar a la Alianza de la influencia rusa, a la vez que establecer una presencia mas directa en la zona (que podría incluir bases militares) resucitando una monarquía polvorienta con un rey momificado. La denominación inicial de operación "Justicia infinita", cambiada después por "Libertad perdurable" ilustra que su falta de sentido del ridículo sólo es superada por su cinismo.

La guerra del fin del mundo

A tres semanas del atentado -cuando escribo estas líneas- el ataque no se ha materializado y la confusión es total. Portavoces oficiales hablan primero de intervención de numerosas tropas de infantería con previsibles bajas, para desmentirlo después diciendo que serán solo operaciones de comando (los siniestros Delta Force que, portadores de valores éticos occidentales, nunca hacen prisioneros); hablan de atacar a Irak, Líbano, Siria y otros estados "terroristas" y a continuación lo desmienten, invitándoles incluso a unirse a la coalición internacional contra el terrorismo; demonizan mediáticamente a los árabes y al islamismo y luego se fotografían con ellos para demostrar que no es una guerra de civilizaciones.
Posteriormente hemos sabido que ello obedece a que en la Casa Blanca –y en el Pentágono- hay una lucha sorda –y sórdida- entre, por un lado, el lobby sionista (al que algunos achacan la autoría del atentado), expansionista y agresivo contra los árabes, cuyo mas destacado representante sería el vicesecretario de defensa, Paul Wolfowitz; y, por otro, un sector involucionista, reacio a involucrarse directamente en escenarios lejanos (postulaba incluso retirarse de los Balcanes) y a enemistarse con los árabes, y cuyo mas destacado representante sería Colin Powell. En medio estaría Bush, sometido a un "fuego cruzado" (que algún día podría convertirse en real). Nuevas sorpresas promete depararnos, pues, este culebrón interminable en un próximo futuro.

En resumen, a Afganistán pueden seguirle los enemigos más cercanos de Israel: Líbano, Irak, Siria e Irán (padrino de Hezbollah) si el lobby sionista consigue imponerse. Pero, con mayor probabilidad, con Afganistán serán arrastrados al torbellino bélico sus vecinos los países islámicos –que no árabes- del bajo vientre de Rusia y China: Tayiquistán, Uzbekistán, Turmekistán, etc.
Como advertía en mi artículo Kosovo y Chechenia (publicado en Rebelión) "pronto veremos incendiarse toda esa zona". La hoguera sería, en cualquier caso, más alta que las torres gemelas. Si no nos movilizamos para apagarla, podría ser " la guerra del fin del mundo".

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Irwin Goodman - Las Palmas

lunes 2 de febrero de 2009

El socialismo verbalista

obreros

Pablo Castellano Cardalliaguet


El País, 2-II-1978



«Como éramos pocos, parió la abuela», dice un viejo refrán de estas tierras. A la terminología, ya de por sí excesiva en adjetivaciones que se ha ido dando en el mundo del socialismo hemos de unir ahora otro calificativo: el socialismo verbalista.

El vocablo ha nacido con motivo de las vicisitudes del último congreso del PSOE, Federación Madrileña, y por titulación, generosamente concedida a «los otros» por quienes se consideran asimismo realistas y pragmáticos. Congreso en el que, por cierto, yo no era candidato para cargo alguno, y que, al parecer de las informaciones de prensa, ha sido mi gran derrota, y con ella la de una pretendida ala «caballerista» o «verbalista». Qué bien y qué fácil es todo, con estos esquemas en los que se inventa el enemigo, la batalla y la destrucción. Si así lo creen algunos y esto les tranquiliza, mejor para todos.

Con este término, evidentemente de intención descalificadora, quiere ponerse en solfa o ridículo a los socialistas que mantienen posiciones muy firmes en algunos puntos programáticos y estratégicos y que por «los sensatos» se consideran maximalistas.

Yo había entendido siempre que verbalismo era decir una cosa, incluso enfática y exageradamente, para luego en la práctica hacer todo lo contrario. Por ejemplo; sería verbalismo, según mis pobres fuentes formativas e informativas, hablar todo el santo día de democracia interna y procurar que un conjunto de funcionarios decidieren por la base, o, en esta búsqueda de ejemplos, hablar de republicanismo y aceptar y sostener un régimen monárquico, o, a mayor abundamiento, enarbolar la bandera de la ruptura democrática y apoyar luego el desarrollo de la reforma política. Sería verbalismo, creo yo, hablar de la revolución proletaria y de la lucha contra la burguesía, estando prestos a administrar los intereses de esta última integrando a los obreros, y trabajadores en general, en su sistema, con unos partidos y sindicatos bien domesticados.

Acusar de verbalismo a militantes socialistas del PSOE, que pueden públicamente apoyar sus posiciones políticas en resoluciones del XXVII Congreso, adoptadas democráticamente, me parece a mí que es querer acusar de verbalismo a todo el partido, y en el peor de los casos se vuelve como argumentación contra quienes la lanzan, pues a ellos sí se les debe pedir explicación, sobre cómo, sin congreso alguno, pueden revisar tan rápidamente y en la práctica lo que son posiciones tradicionales y democráticamente avaladas del PSOE. Si el término, a lo peor, no quiere decir eso, sino que quiere decir que esos militantes no hacen más que hablar y no dan golpe, esto ya es más grave, y si alguna vez se aclara que con esa intención ha sido acuñado, tiempo habrá para poner encima de las linotipias sabrosas biografías de conversos de después del 20 de noviembre de 1975, de sus antecedentes, bien respetables, pero contrarios al socialismo, de sus escritos contra el PSOE, y otras cuantas pruebas de dónde estaba cada uno en la época en que ser dirigente del partido de Pablo Iglesias, o simple militante, no significaba actas de diputados ni situaciones cómodas. Yo confío en que la intención, al inventar el nuevo término, no era ésa, y menos aún la paradójica de autoseñalarse en los demás, a la que ya he aludido, cuando hoy, y para algunos, las teorías del socialismo y sus principios son pura palabrería.

En este reparto de etiquetas y epítetos me ha tocado a mí también en suerte la calificación de verbalista, quizá porque a lo largo de estos últimos diez años, igual que otros muchos, me entregué de lleno, y no de palabra, a luchar por el socialismo. Ver hoy cómo coinciden los que se autodenominan realistas y pragmáticos, y cómo les alientan en su deseo de cepillarnos, con los más conspicuos medios de prensa de la burguesía, es una verdadera satisfacción, que prueba nuestro ineficaz y absurdo verbalismo.

A lo mejor en esto del verbalismo hay otra explicación. Quizá se quieran referir a que no perdemos ocasión de hablar del socialismo, de intentar extenderlo, de querer que crezca el número de militantes, y cada vez más seriamente formados, y lo hacemos con el único arma que tenemos: la palabra, el verbo. Mientras los no verbalistas, calladamente, sin ruido, ascienden y ascienden sobre las espaldas de los que utópicamente creen en lo que dicen, o dicen lo que creen.

¿O quiere decirse que son socialistas de boquilla? Algunos socialistas de boquilla, de éstos a los que se quiere ridiculizar, estaban en los sótanos de la Dirección General de Seguridad, mientras realistas de ayer, y de hoy, tienen que hacer esfuerzos para ocultar dónde estaban.

A los socialistas verbalistas les gustaría aclarar este término y muchas más cosas en un serio debate político, no en un lanzamiento de epítetos, pero claro es, y bien sabido, que a los socialistas verbalistas les gusta hablar y discutir mucho, y no es eso lo que hoy conviene a los realistas y a sus realidades, o realezas.

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The Police - Roxanne (1979)