El Mundo, 14-X-1997
Quienes entienden que lo políticamente correcto es la democracia realmente existente, con la igualdad formal ante la ley, la lógica del mercado y el miedo a la libertad como piedras angulares del sistema, representan el pensamiento único. Puede incluir matices y perfiles de distinto grado, prioridades y urgencias de diverso orden y preferencias o posposiciones de diferente acento. Pero el sistema sigue siendo el mismo. La reducción del principio igualitario a la igualdad ante la ley, es decir, al deber del juez de aplicar las leyes a todos de una forma imparcial y no discriminatoria, haciendo abstracción de la desigualdad real de las partes en conflicto y del contenido desigual de las leyes que se aplican, es una caricaturización de la igualdad jurídica o, si se prefiere, de la igualdad real y efectiva.
A la misma conclusión se llega a través de la llamada «lógica del mercado», que ni tan siquiera oculta mediante retóricas igualitarias su naturaleza antidemocrática. Es la cultura del lucro individual, basada en la optimización de los rendimientos del capital con desprecio de lo común y de lo público, en la prevalencia de la confrontación y la competición sobre la cooperación y la justicia basada en la igualdad. Los protagonistas de la «lógica del mercado» no son los seres humanos y sus necesidades esenciales. Son la mercancía y el dinero, los paradigmas del tercer capitalismo que nos invade. Y, encima, sin más limitaciones -legales o éticas- que las que resulten imprescindibles para maquillar el rostro del sistema. Con las menores reglas posibles. Hasta impedir el delito puede ser considerado un intervencionismo execrable que ahoga la libertad del mercado.
El miedo a la libertad es otro gran rasgo distintivo de la democracia realmente existente. La limitación, con diversos pretextos, de las libertades civiles; la práctica anulación de la libertad política, sustraída y desnaturalizada por las oligarquías partidarias; la consideración de una democracia verdaderamente participativa como un riesgo para la salud democrática del sistema (que sería ingobernable si responde a las demandas de mayor participación); y la integración en estructuras militares que sólo se mantienen y potencian para preservar el nuevo orden internacional (basado en la fuerza de los más poderosos y en el desprecio del Derecho) del peligro de posibles desobediencias coyunturales o de la desesperación causada por la miseria, son las características más destacadas del miedo a la libertad en las democracias realmente existentes.
La lógica del mercado es, para la izquierda, una lógica racional, puesta al servicio del bien colectivo. Una economía social de mercado en la que exista la mano visible de unas reglas que impidan la destrucción o jibarización del sector público de la economía (cada vez más necesario como elemento de compensación, reequilibrio y promoción del bien social) y que eliminen el paro como sistema, la explotación de la mano de obra, la desregulación de las relaciones laborales, la progresiva libertad y gratuidad del despido y, en definitiva, cualquier atentado contra el derecho al trabajo, contra una justa retribución del mismo, contra la dignidad de trabajadores y trabajadoras (con iguales derechos en todos los órdenes), contra la estabilidad y seguridad de empleo y contra un salario social efectivo. Esta lógica del mercado nada tiene que ver con los principios y métodos neoliberales impuestos en Maastricht, con la globalización de la economía, con la exigencia de la imposición planetaria de los dogmas neocapitalistas o con la mundialización de la miseria en los terceros y cuartos mundos (interiores y exteriores a los países occidentales más desarrollados).
Resignarse con lo que existe, abandonar la esperanza en el socialismo y en el progreso en una paz universal únicamente armada con la justicia y la fraternidad, en una sociedad formada por trabajadores de todo tipo, que sean, al mismo tiempo, libres, iguales, honrados e inteligentes, en una utopía de mínimos, integrada por objetivos racionales, razonablemente alcanzables -al menos en un plano relativo- es convertirse en portavoces de la derrota humana o, como dice Miliband, «aconsejar la desesperación». Es colaborar con la democracia que realmente existe y, pese a toda retórica de izquierdas, alinearse con el neoliberalismo y el capitalismo tardío. No parece compatible proclamarse de izquierdas y compartir con la derecha la canonización de lo existente y una gestión esencialmente idéntica del poder político cuando las urnas lo permiten. No es posible ser de izquierdas y limitarse a retoques puntuales del Gobierno y Administración, respetando en su integridad las estructuras y los principios esenciales de la organización capitalista de la economía y la concepción neoliberal del Estado.
Ello no es posible, específicamente, en España, donde la cultura democrática no ha conseguido arraigarse en un núcleo necesario de costumbres y actitudes sociales e institucionales; donde la filosofía del súbdito sigue imponiéndose a la del ciudadano; donde no existe verdadera división de poderes ni control democrático del poder; donde la independencia judicial sigue siendo una quimera; donde leyes excepcionales o tribunales de emergencia no son capaces de reprimir el terrorismo de Estado y la corrupción; donde el paro dobla la media de la Unión Europea; donde la desigualdad social y política campan por sus respetos; donde las mínimas cotas alcanzadas de estado de bienestar están cuarteándose; donde la genuflexión ante los dogmas neoliberales abarca a buena parte de la izquierda nominal; donde la alienación cultural e ideológica es una realidad cada vez más penetrante; y donde la democracia realmente existente está más ayuna de contenidos de representación y participación que en los países de nuestro contexto.
En tales condiciones, exigir la unión de la izquierda es una necesidad. Siempre que las fuerzas políticas y los movimientos sociales que se reclaman de izquierdas renuncien, de antemano, a cualquier tentación hegemónica y se desprendan, como condición indispensable de la basura acumulada por los que, en nombre de un pragmatismo sin principios, ejercieron el poder como un fin en sí y para sí corrompiendo el sentido de la democracia y la naturaleza de las ideas que decían representar y defender. La unidad de la izquierda no puede realizarse desde cualquier actitud de complicidad o comprensión con la corrupción económica e ideológica y el crimen de Estado ni debe ser instrumento de cálculos o tácticas electoralistas que exijan la absorción de unas fuerzas por otras o la calificación como causa común de simples fabulaciones ideológicas, más o menos efectistas y emotivas, puestas al servicio de aquellas urgencias coyunturales. Es cierto que el utopismo y el ucronismo son con frecuencia pretextos o maquillajes de la inmovilidad ideológica o de la impotencia creadora propia de actitudes dogmáticas que se disfrazan de fidelidad al pasado ignorando la lealtad hacia el presente y hacia el futuro. Pero también es cierto que compartir el núcleo duro del pensamiento único debe ser incompatible con cualquier posición de izquierda. La unidad de ésta no puede consistir en una renuncia mejor o peor enmascarada a lo que define esencialmente a la izquierda. En definitiva ni debe aceptarse la afirmación de que su reino no es de este mundo ni la de que su mundo sea de este reino. De este sistema neoliberal y neocapitalista cuya superación implicará el fin de la prehistoria y el comienzo de la historia como racionalidad y fraternidad universal. Parecen cosas inalcanzables. Pero, como dice Shakespeare, «las empresas extraordinarias parecen imposibles a los que, midiendo la dificultad material de las cosas, imaginan que lo que no ha sucedido no puede suceder».
Colectivo Ítaca: Nicolás Redondo, Joaquín Navarro, Juan Francisco Martín Seco y José Antonio Gimbernat
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Opus - Life is live (1985)

