lunes 29 de diciembre de 2008

Marx (y XX): los últimos años

Karl Marx



Marx aún tenía en proyecto un trabajo inmenso, al que se dedicaba cuando su salud se lo permitía. En la época de pleno desarrollo de sus fuerzas, había trazado el modelo, los contornos y había fijado las leyes fundamentales de la producción y del intercambio capitalista. Pero no había tenido fuerzas suficientes para hacer de todo ello una obra terminada, como el primer tomo de El Capital, que tan brillantemente saca a la luz el mecanismo de la producción capitalista y la lucha entre capitalistas y obreros que se desarrolla sobre dicha base.

Pese a que iba perdiendo fuerzas por la enfermedad, su incontenible afán por la lectura seguía siendo el mismo. No se cansaba de hacer acotaciones, complementando con ellas sus carpetas con los manuscritos de los capítulos inacabados de El Capital. Pero no se limitaba a los problemas de la economía política. Estaba empeñado en utilizar la dialéctica racional en distintas ramas de la ciencia. Prestó sostenida atención a los estudios las ciencias naturales, astronomía, química, agroquímica, biología, geología, matemáticas y física, profundizando en todas estas materias; continúa asimismo sus investigaciones de historia universal.

Marx estudió con toda meticulosidad libros de fisiología de las plantas, los animales y el ser humano; al leer, los recapitulaba o hacía acotaciones. Durante muchos años Marx mostró pasión por las matemáticas. Los estudios sistemáticos le permitieron realizar investigaciones propias en esta materia. A comienzos de los años 80, Marx escribió dos manuscritos: La noción de la función derivada y Sobre la diferencial, que proponía, al parecer, emplear de base para una fundamentación del cálculo infinitesimal que no le dio tiempo de exponer.

Continuó aumentando el volumen y la variedad de estudios históricos que acometía, relacionándolos estrechamente con las investigaciones de economía política y también con el propósito de aplicar los resultados de estas a otras ciencias sociales. Al descubrir la ley económica del capitalismo, Marx deseaba presentar la formación capitalista como un organismo vivo, para lo cual estudiaba los fenómenos de superestructura, la historia política, la historia de la cultura, etc.

Liebknecht escribió en sus memorias que Carlos Marx tenía una inteligencia universal y polifacética que abarcaba todo el Universo, penetraba en todos los detalles, sin despreciar nada ni considerar nada insustancial o insignificante. Observar esta inteligencia, seguir cómo experimenta el impacto de las condiciones circundantes y cala cada vez más hondo en la esencia de la sociedad era de por sí un gran gozo.

Los participantes del movimiento obrero de distintos países tenían gran confianza y respeto a Marx. Los obreros comprobaron en la práctica el valor de los consejos que habían recibido de él respecto a las más diversas cuestiones de la teoría y práctica del movimiento socialista.

La casa de Marx era un centro a donde acudían por cientos los representantes del movimiento obrero. También se daba cordial acogida allí a destacados científicos y demócratas. Las puertas de esta casa estaban abiertas hospitalariamente, y para ser recibido por Marx no se requería ser un incondicional suyo. Marx era un gran conversador, desarrollaba y aducía razones en apoyo a su punto de vista. Y pese a que las opiniones no coincidían siempre en todo, es difícil que entre los visitantes de Marx hubiese quien no quedara fuertemente impresionado por su personalidad.

Era asombroso su don de gentes -escribió en sus memorias Eleanor, la hija menor de Marx- su habilidad para inculcar a los interlocutores lo que les interesaba a ellos. Oí hablar con frecuencia a personas de condición y profesión diversas que él tenía una capacidad singular para comprenderlos y para orientarse en los asuntos que les traían. Cuando creía que uno aspira a algo de verdad, su paciencia no tenía límites. Ninguna pregunta le parecía desmerecer respuesta; ningún argumento, fútil para ser abordado. Su tiempo y sus extensos conocimientos siempre estaban a disposición de cualquiera que quisiera aprender algo.

En veinte años de vida en el destierro de Londres se produjeron no pocos cambios en la familia de los Marx. Crecieron Jenny y Laura; en 1870 cumplió 15 años Eleanor. Las tres hijas de Marx brillaban por sus dotes y capacidades, por su inteligencia. Era propio de ellas la solidaridad con los oprimidos y el deseo de contribuir a su lucha emancipadora. La hija mayor de Marx estudió con entusiasmo la historia del movimiento obrero y las ciencias sociales. Laura se hizo una excelente traductora: tradujo varias obras de su padre, entre ellas el Manifiesto comunista, al francés; canciones de Béranger, poemas de Eugène Pottier y a otros muchos autores al inglés. En 1868 se casó con el socialista francés Paul Lafargue, y fue para él fiel ayudante y compañera en sus actividades revolucionarias. En octubre de 1872 abandonó la casa paterna también Jenny, la mayor, como compañera de Charles Longuet, importante figura de la Internacional. Jenny y Laura continuaron la vida de refugiados políticos porque ni Paul Lafargue ni Charles Longuet pudieron hasta 1880 retornar a Francia por el peligro de caer presos.

A Marx le gustaba el vino, lo que es natural en quien había nacido junto al Mosela, tierra vinícola por excelencia. También tenía pasión por el tabaco. Él mismo decía, a modo de broma, que El Capital ni siquiera le había dado para pagar el tabaco que se había fumado preparándolo. Además, como no tenía dinero, fumaba un tabaco de malísima calidad, y de este modo acortó considerablemente su vida y contrajo la bronquitis crónica que tanto le hizo sufrir durante sus últimos años.

Un trabajo intelectual excesivo y las constantes privaciones materiales minaron prematuramente el poderoso organismo de Marx. Se encontraba profundamente minado por la enfermedad, su organismo estaba completamente agotado. Su último año y medio de vida fue una muerta lenta. A instancias de sus parientes y amigos, Marx se trató en 1874, 1875 y 1876 en Carlsbad (Karlovy Vary). Pero el peligro de verse perseguido por los gobiernos prusiano y austríaco le impidió seguir tratándose en ese balneario checo.

La muerte de su esposa, Jenny von Westphalen, ocurrida el 2 de diciembre de 1881, fue un tremendo golpe para él, y Marx empeoró mucho de salud. El viaje que hizo a Argelia y al sur de Francia para curarse una pleuritis y la vieja bronquitis que le aquejaba no le reportó ninguna mejoría. Al poco tiempo, una nueva desgracia se abatió sobre él: murió Jenny, su hija mayor, esposa del socialista francés Charles Longuet y madre de cinco hijos, que eran los favoritos de Marx. No pudo soportar esos dos golpes extremadamente dolorosos. Algo tosco por naturaleza, Marx quería mucho a su familia y era muy tierno en su vida privada. Leyendo sus cartas a su hija mayor, cuya pérdida le impresionó tan profundamente que sus allegados esperaban que se muriera de un día a otro, se queda atónito quien las lee ante la sensibilidad y la ternura extraordinaria de una persona en apariencia ruda.

En enero de 1883, Marx volvió a caer gravemente enfermo, sus fuerzas empezaron a decaer rápidamente. El 14 de marzo, al pasar de su dormitorio al despacho, Marx se dejó caer en un sillón y se durmió apaciblemente para siempre.

En sus cartas dirigidas a todos los confines del mundo, Engels comunicó a los amigos y compañeros la enorme pérdida que había sufrido el movimiento obrero internacional: El cerebro más poderoso de nuestro partido ha dejado de pensar, el corazón más fuerte que yo he conocido, ha dejado de latir. También le escribió a Sorge:

Todos los fenómenos, incluso los más horribles, que tienen lugar según las leyes de la naturaleza, comportan un consuelo. Lo mismo ocurre en este caso. Quizás el arte de la medicina hubiera podido permitirle vivir dos o tres años más de un modo vegetativo, con la vida impotente de un ser que se muere lentamente; pero Marx no habría soportado semejante vida. Vivir teniendo ante sí una serie de trabajos no realizados, y soportar el suplicio de Tántalo de pensar en la imposibilidad de llevarlos a cabo, hubiera sido para él mil veces más penoso que una muerte tranquila. La muerte no es terrible para el que muere, sino para los que quedan vivos, solía decir siguiendo a Epicuro. Ver a este hombre genial, lleno de fuerza, convertido en una ruina, arrastrando su existencia a la mayor gloria de la medicina y para alegría de los filisteos, a quienes había fustigado inmisericordiosamente cuando se encontraba en la plenitud de sus fuerzas y que habrían encontrado ahora la ocasión propicia para dejarle en el ridículo, hubiese sido un espectáculo lamentable, y es mil veces mejor que haya sucedido lo ocurrido, que haya desaparecido y que pasado mañana lo depositemos en la tumba donde duerme su mujer.

En mi opinión, teniendo en cuenta lo que ha padecido, no había otra solución; lo sé mejor que todos los médicos.

Que así sea. La humanidad ha perdido un gran hombre. Ha perdido a uno de sus representantes más geniales.

El movimiento del proletariado seguirá su camino, pero no contará ya con el jefe a quien reconocieron en sus horas críticas franceses, rusos, americanos y alemanes, y quien siempre les daba consejos claros y seguros, consejos que sólo un genio podía dar, consejos propios de una persona completamente al corriente de la cuestión.

El sábado 17 de marzo de 1883, Marx fue enterrado en el cementerio de Highgate en Londres. Engels pronunció sobre su tumba un discurso, hablando de la hazaña titánica de Marx como sabio y como revolucionario, de su lucha abnegada y heroica por la causa obrera, por un futuro mejor para toda la humanidad. Engels concluyó el discurso con estas palabras: Su nombre vivirá a través de los siglos, y con él su obra.