sábado 29 de noviembre de 2008

Un chapuceo político y policial

golfos apandadores

Pablo Castellano


Interviú, 1-XI-1979



Si el tema, dentro de su gravedad, permitiera alguna frivolización, cuando alguien nos pregunta ¿qué es el GRAPO?, podríamos perfectamente contestarle, en plan de respuesta a una adivinanza, con una definición, con esa tópica frase: «El mar de las confusiones».

El GRAPO es hoy la más elocuente prueba de informalidad informativa y de chapuceo político y policiaco.

La existencia del GRAPO ha servido y sirve para que el Gobierno, vulnerando la propia legalidad, se permita el lujo de llenar las paredes de las calles con fotografías de presuntos delincuentes, con nombres y apellidos, ninguno de los cuales ha sido juzgado y condenado, y dando a alguna de nuestras ciudades la imagen de un pueblo del Oeste.

Ese contradictorio GRAPO, que asesina impunemente policías armados y guardias civiles, que no suelen ser de extracción aristocrática ni opulenta, se convierte en una amable comuna de porteros, asistentas y empleadas domésticas, para cuidar durante su rapto a una alta personalidad militar y una equivalente personalidad política, sobre cuyas contradictorias declaraciones se ha echado toda la tierra necesaria para que sus secuestros sigan siendo la sublimación de lo inverosímil.

El GRAPO sirve para redescubrir la Ley de Fugas y eliminar «oportunamente» a uno de sus máximos responsables, que podría posiblemente haber dado algunas claves necesarias para descifrar tan confusa situación.

¿Le extraña a alguien que con estos antecedentes, sin información seria alguna, con tan curiosas situaciones, cualquier ciudadano pueda pensar que detrás del GRAPO en folklórica mezcolanza haya ultraístas, izquierdistas, fascistas, el KKK, la mano negra, el Opus Dei y hasta las viejas órdenes militares nostálgicas de la toma de Jerusalén? Sobre el GRAPO quien tiene que explicarse en serio, y no solo con notas «exitosas», con datos, es la Dirección General de Seguridad, y mientras ésta siga interesada en la confusión, que no se queje si le salpican toda clase de rumores.

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Deep Purple - Fireball (1971)

lunes 24 de noviembre de 2008

Marx (XVI): la Internacional

Karl Marx



Marx no sólo veía el objetivo principal de su vida en demostrar teóricamente la inevitabilidad del hundimiento del capitalismo y del triunfo de la revolución proletaria, sino también en ayudar al sepulturero de la sociedad capitalista, al proletariado, a organizar sus fuerzas para el asalto. Mientras terminaba el primer tomo de El Capital, Marx trabajó para organizar, cohesionar y educar a las masas obreras. Engels decía que el trabajo de Marx en la Internacional era la cumbre de toda su actividad política y de partido.

El desarrollo del capitalismo y el aumento de la explotación del proletariado y de las masas trabajadoras, así como la crisis mundial de 1857 y la reanimación de los movimientos democrático-burgueses y de liberación nacional que la siguieron -en particular, la insurrección polaca de 1863-, contribuyeron al despertar político del proletariado, engendraron en él un afán de actuar coordinadamente. El 28 de septiembre de 1864 se fundó en Londres, en un mitin celebrado en St. Martin's Hall, la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT). Al éxito de la Internacional no sólo contribuyó la situación histórica de entonces, sino también el que fuera Marx su verdadero fundador y organizador, quien la dirigiera e inspirara en el transcurso de toda su historia.

Se deben a Marx los principales documentos de la Internacional, entre ellos el Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores y los Estatutos Provisionales de la Asociación. Al redactarlos en 1864, Marx procuró, sin apartarse de sus principios, darles una forma aceptable para los obreros de países diversos y de un grado de desarrollo desigual. La táctica de Marx en la Internacional tendía a que se explicase de modo tenaz y paciente a los obreros, basándose en la experiencia práctica de las masas, la inconsistencia del reformismo, así como del sectarismo y dogmatismo, y se conquistase paso a paso a las masas, logrando que abrazaran la teoría del socialismo científico.

Durante el primer período de la actividad de la Internacional, Marx centraba su atención en la lucha económica del proletariado, en la cual veía un poderoso medio para organizar y educar a las masas obreras. Cuando, en 1865, Weston, un seguidor de Owen, intentó demostrar en una reunión del Consejo General que las huelgas y los sindicatos no reportaban ningún provecho a los obreros, Marx rebatió enérgicamente esas ideas. Al mismo tiempo que defendía, en contra de los owenistas, proudhonistas y lassalleanos la necesidad de la lucha económica cotidiana de la clase obrera contra el capital, Marx atacaba resueltamente a los dirigentes oportunistas de las tradeuniones inglesas, que circunscribían las tareas de la clase obrera a la lucha por las reivindicaciones económicas cotidianas de los obreros, relegando al olvido los intereses vitales del proletariado, la necesidad de suprimir la propiedad privada sobre los medios de producción. En 1898, después de la muerte de Marx, su hija Eleanor publicó, con el título Salario, precio y ganancia, el informe que su padre hiciera entonces en el Consejo, y en el que, de una manera accesible y llana, exponía varias tesis fundamentales de su futura obra El Capital.

En la primera etapa del funcionamiento de la Internacional, los principales adversarios del marxismo fueron los partidarios de Proudhon, contra los que hubo ya que luchar en la Conferencia de Londres (1865) y en el Congreso de Ginebra de la Internacional (1866). Aunque, por estar ocupado con El Capital, no pudo asistir al Congreso de Ginebra, Marx dio a los delegados del Consejo General detalladas instrucciones en las que señalaba como tareas inmediatas las siguientes: luchar contra la importación de obreros extranjeros que los capitalistas practicaban durante las huelgas y los cierres patronales; por la jornada de ocho horas y por limitar la jornada de trabajo de los niños y los adolescentes, así como por su educación intelectual y física y por que se les diera instrucción politécnica. Estas instrucciones concedían gran importancia a los sindicatos, en los que Marx veía centros organizadores del movimiento obrero, subrayando los indisolubles vínculos existentes entre la lucha económica y la lucha política, entre la lucha cotidiana de la clase obrera y el objetivo final de su movimiento. Al explicar el papel que desempeñaban las cooperativas, Marx indicaba que éstas, a pesar de la gran importancia que tenían, no podían cambiar las bases del régimen social sin que el proletariado conquistase el poder.

Después de acalorada discusión, la mayoría de los delegados al Congreso de Ginebra aprobó el programa práctico de acción trazado por Marx.

El Congreso de Bruselas (1868) y el de Basilea (1869) fueron otras tantas etapas en la elaboración de un programa teórico común de la Internacional. En ellos se aprobaron las resoluciones relativas a la socialización de la tierra y la propiedad colectiva de los medios de producción. El programa de la Internacional adquirió un carácter netamente socialista. Esto fue un triunfo ideológico sobre los proudhonianos, defensores de la pequeña propiedad. Es de notar que el Congreso de Bruselas aprobó una resolución especial sobre El Capital. En ella se señalaban los inapreciables méritos de Marx, el primer economista que había hecho un análisis científico del capital y se exhortaba a los obreros de todas las nacionalidades a estudiar esta obra.

Mientras que en Francia y en Bélgica los principales adversarios de la teoría marx-engelsiana eran los proudhonianos, en Alemania ese papel correspondía a los partidarios de Lassalle. Cuando se fundó la Internacional, Lassalle ya no vivía, pero sus adeptos continuaban defendiendo tenazmente sus concepciones y su táctica. En varias cartas y artículos, Marx y Engels advirtieron a los obreros alemanes lo perjudicial y peligroso que eran los lazos de Lassalle con la reacción prusiana. Tomando en consideración que los dirigentes de la Asociación General de Obreros Alemanes y su órgano de prensa, El Socialdemócrata, seguían aplicando la táctica de Lassalle y respaldaban la política de unificación de Alemania desde arriba, a sangre y fuego -es decir, la política bismarckiana-, Marx y Engels declararon que no podían colaborar en dicho periódico y condenaron el socialismo gubernamental monárquico-prusiano que profesaban los partidarios de Lassalle.

A través de Wilhelm Liebknecht, Marx y Engels tomaron medidas para fundar en Alemania un partido obrero distinto del de Lassalle. En 1868, en el Congreso de Nuremberg de las asociaciones culturales obreras, celebrado bajo la dirección de Wilhelm Liebknecht y August Bebel, se acordó que dichas entidades se adhiriesen a la Internacional. Así fue cómo la Asociación Internacional de los Trabajadores se abrió también paso hacia las masas obreras de Alemania. Al año siguiente se fundó en Eisenach el Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania. Además de la organización obrera dirigida por Bebel y Liebknecht, entró en dicho partido un grupo de lassalleanos que se habían desgajado de la Asociación General de Obreros Alemanes.

Cuando el socialismo democrático había obtenido ya en la Internacional una victoria ideológica sobre el proudhonismo y grandes éxitos en la lucha contra el lassalleanismo, salió a escena un nuevo rival: el bakuninismo. Mijail Bakunin, apoyándose en su organización anarquista, la Alianza de la Democracia Socialista, se proponía adueñarse de la dirección de la Internacional. Aunque, al ingresar en la Internacional, Bakunin había declarado disuelta la Alianza, en realidad hizo de ella una organización secreta en el seno de la AIT.

Después del Congreso de Basilea, los bakuninistas, paralelamente a su trabajo de zapa en la Internacional, empezaron a luchar abiertamente contra el Consejo General y contra Marx, su presidente. Aspiraban a agrupar bajo su bandera conspirativa tanto a los partidarios de Lassalle -los socialistas realistas prusianos-, como a los líderes, sumamente moderados, de las tradeuniones inglesas, con los que Marx empezaba ya a tener serias divergencias.

Ya antes criticaba Marx la rutina y el espíritu conservador de estos representantes de la aristocracia obrera de Inglaterra, así como su arraigada costumbre de ir a la zaga de los liberales burgueses. Las discrepancias entre Marx y estos representantes de la política obrera liberal se acentuaron particularmente en la segunda mitad de la década de los 60, cuando el problema irlandés pasó a ser la cuestión central de la vida política inglesa. A iniciativa de Marx el Consejo General de la Internacional manifestó su apoyo a la lucha de liberación nacional del pueblo irlandés contra la dominación colonial inglesa. En este movimiento veía Marx una fuerza dirigida no sólo contra la aristocracia terrateniente de Inglaterra, sino también contra la burguesía inglesa. El sojuzgamiento de Irlanda permitía a la burguesía inglesa escindir a los obreros en dos campos enemigos, sembrar la discordia entre los obreros ingleses e irlandeses. Marx demostraba que en esa discordia radicaban la impotencia de la clase obrera inglesa y la clave de la fuerza de la burguesía de Inglaterra. Marx explicaba a los obreros ingleses que la liberación de Irlanda era la premisa primordial de su propia liberación: Un pueblo que esclaviza a otro -decía Marx- forja sus propias cadenas.

La experiencia de la lucha del pueblo irlandés permitió a Marx desarrollar las principales tesis de la cuestión nacional y colonial, que había expuesto anteriormente en sus artículos sobre los movimientos de liberación nacional en Europa, la India y China. Al elaborar los principios teóricos de la política socialista en la cuestión nacional y colonial, Marx enseñaba a la clase obrera a que examinase este problema desde el punto de vista de los intereses de la revolución y fustigaba a los proudhonianos, que cerraban los ojos a la cuestión nacional y afirmaban que la nación era un prejuicio anticuado. Al mismo tiempo, Marx luchaba resueltamente contra el nacionalismo burgués, educando a las masas obreras en el espíritu del internacionalismo proletario.

En su lucha contra los bakuninistas, Marx contó con el apoyo de la sección rusa de la Internacional. Dicha sección, formada en Ginebra a principios de 1870 por un grupo de emigrados políticos influenciados por las ideas de Nikolai Chernishevski y Nikolai Dobroliubov, pidió a Marx que fuera su representante en el Consejo General. A pesar de que desempeñaba ya las funciones de secretario corresponsal de Alemania, Marx respondió por carta que aceptaba satisfecho la tarea de representar a la sección rusa en el Consejo General.

No fue casual que la sección rusa se dirigiese a Marx que, ya en aquella época, era muy popular entre los jóvenes revolucionarios rusos. La primera propuesta de traducir El Capital a una lengua extranjera partió de Rusia. Al comunicar esta circunstancia a Kugelmann, Marx señaló que otras obras suyas, como Miseria de la Filosofía y Contribución a la crítica de la economía política, no habían alcanzado en parte alguna la difusión que tenían en Rusia. A su vez, Marx manifestaba un enorme interés por Rusia, estudiando su economía, su cultura, su literatura y la lucha del pueblo ruso contra el zar y los terratenientes. En 1869, Marx empezó a estudiar el ruso y leyó en este idioma obras de Pushkin, Gogol, Saltikov-Schedrin, Flerovski, Herzen, Dobroliubov, Chernishevski y otros autores rusos.

Desde la fundación de la Internacional, Marx trataba ya de orientar la atención de los obreros hacia los problemas de la política exterior, hacia los problemas de la guerra y la paz, hacia la lucha contra el militarismo. Llamaba a la clase obrera a pronunciarse en la arena internacional como fuerza independiente, consciente de su responsabilidad y capaz de imponer la paz donde los que se llaman sus amos incitan a la guerra. Pero a diferencia de los pacifistas burgueses, el Consejo General dirigido por Marx establecía una diferencia entre las guerras de rapiña y las de liberación. Así, en los mensajes escritos por Marx a los presidentes de los Estados Unidos Abraham Lincoln (1864) y Andrew Johnson (1865) se señala el carácter progresista de la guerra del Norte contra los estados esclavistas del Sur por la liberación de los negros norteamericanos.

Cuando comenzó la guerra franco-prusiana, en el llamamiento del Consejo General, escrito por Marx, definió el carácter de la guerra y trazó la táctica que el proletariado debía seguir en ella. Definía la guerra de Napoleón III contra Alemania como una guerra dinástica, como una guerra de rapiña, y predecía que la contienda costaría la corona al emperador francés. Al determinar el carácter de la guerra por parte de Alemania, Marx subrayaba la diferencia entre los verdaderos intereses del país y los objetivos reaccionarios, de rapiña, que perseguía Prusia. Marx señalaba que tanto los obreros avanzados de Francia como los de Alemania habían sabido adoptar una actitud acertada hacia la guerra, una actitud internacionalista: Este hecho grandioso, sin precedentes en la historia -decía Marx- abre la perspectiva de un porvenir más luminoso. Demuestra que, frente a la vieja sociedad, con sus miserias económicas y sus demencias políticas, está surgiendo una sociedad nueva, cuyo principio de política internacional será la paz, porque el gobernante nacional será el mismo en todos los países: el trabajo.

En el segundo manifiesto, escrito después de la capitulación del ejército francés en Sedán y de la proclamación de la república en Francia, Marx señaló la profunda razón que asistía al Consejo General cuando predijo en el primer manifiesto el próximo hundimiento del Segundo Imperio.

Subrayando que la guerra había adquirido por parte de Alemania el carácter de una guerra de rapiña, Marx dio a los obreros alemanes la consigna de Paz honrosa para Francia y reconocimiento de la República Francesa. Definiendo las tareas de los obreros franceses, Marx decía que debían aprovechar al máximo las libertades republicanas para reforzar sólidamente la organización de su propia clase. Marx preveía la agudización de la lucha de clases en Francia y por ello advertía al proletariado francés que no debía sublevarse prematuramente sin haberse preparado bien.

sábado 22 de noviembre de 2008

¡Sálvese quien pueda!

banderas saharauis

Luis Alsó Pérez

Rebelión, 21-X-2003





"Debe quedar claro que esta victoria (Cancún) fué posible por la coyuntura de una debilidad geopolítica estadounidense y la fuerza del movimiento de Porto Alegre. Efectivamente la OMC está muerta".

Immanuel Wallerstein


El artículo ¿Quién salvó a Amina Lawal? de Octavio Hernández ("Rebelión" 10 de Octubre 2.003) es un ejemplo asaz ilustrativo del dislate en que puede caer una persona inteligente y de izquierdas obnubilada por el fanatismo nacionalero. Es el caso de O. Hernández, canario como yo, al que me une una cordial relación pese a nuestros choques dialécticos (este es el segundo).

Como no quiero entrar ahora en debates de fondo sobre globalización y nacionalismo, temas sobre los que ya he publicado extensos trabajos en "Rebelión", voy a limitarme a hacer algunos someros comentarios sobre su artículo, remitiendo en cualquier caso a aquellos para cuestiones de fondo

-O. Hernández parece confundir el movimiento antiglobalización (hoy se dice alterglobalizador) con una coordinadora de ONGs. La iniciativa de enviar e-mails a favor de Amina Lawal no partió de dicho movimiento.

-Igualmente equipara usuarios de Internet con antiglobalizadores. Muchos de los que enviaron e-mails a favor de Amina, no tenían relación alguna con el movimiento antiglobalización.

-El movimiento antiglobalización no inventa Internet. Una cosa es que aproveche Internet y otra es que reduzca a él su ámbito de actividad, aunque resulta inconcebible cuestionar a estas alturas su utilidad como arma de lucha.

-La afirmación de Hernández de que el movimiento antiglobalización desprecia la soberanía de los pueblos no se sostiene. Ese movimiento, como es sabido, nace en Chiapas de la mano del zapatismo, precisamente para reivindicar la autodeterminación de la población indígena local. El calificativo "antiglobalización" hace alusión, justamente, a la defensa de la soberanía de los estados frente a un neoliberalismo globalizador que trata de usurparla.

-La interdependencia en la Aldea Globlal no es una opción, sino una simple constatación. No verla sólo puede explicarse por la miopía de los que no ven más allá de su aldea local. En nombre de esa interdependencia, el movimiento antiglobalización no postula suprimir la soberanía de los estados, sino compartirla (voluntariamente) en beneficio de todos. La globalización neoliberal, por el contrario, lo que busca es secuestrarla en beneficio de unos pocos. Aceptamos, pues, una globalización que entendemos irreversible en su fondo, pero no en su forma.

-Al igual que otros críticos de la antiglobalización, Hernández esgrime una falsa contradicción entre la acción internacional y la local, pues ambas se complementan y potencian recíprocamente.

-Resulta insólito cuestionar a estas alturas la ejecutoria del movimiento antiglobalización cuando ha conseguido las movilizaciones internacionales mas grandes de la historia moderna, desde los millones de personas que se echaron a la calle el pasado 15 de Febrero contra la guerra de Irak, hasta las cumbres de Seattle y Cancún, en las que frustró los planes del Imperio de ponerles la soga al cuello a los países subdesarrollados (mientras tanto, los nacionalistas se dedicaban a mirarse el ombligo). Si hoy la OMC -junto con el FMI y el BM uno de los principales instrumentos de subyugación del Imperio- está muerta es, como afirma I. Wallerstein, gracias a dicho movimiento.

-Los alterglobalizadores no desvalorizan al Estado; se limitan a constatar su insuficiencia como marco de lucha frente a un Imperio globalizado. Es lo que hizo el subcomandante Marcos cuando, sobrepasando el ámbito mexicano, universalizó -a través de Internet y de encuentros internacionales- la lucha del pueblo chiapaneco y atrajo sobre él la mirada y la colaboración del resto del mundo. Gracias a ello hoy el zapatismo esta vivo y es un referente para la izquierda y para la resistencia antimperialista mundiales.

-Repite los argumentos de Petras acerca de la supremacía del Estado sobre las multinacionales, cometiendo el mismo error de entender el Estado como un ente neutro con autonomía propia y cayendo en una falsa dicotomía Estado-poderes fácticos, pues el Estado es siempre el Estado de los poderes fácticos; es decir, un Estado de clase (los enfrentamientos entre multinacionales solo son forcejeos para instrumentarlo).

-Consecuentemente, sostiene que los estados son los únicos marcos válidos de lucha y añade que cuando ésta triunfa se fortalece la solidaridad internacional, ¿pero para qué sirve ésta entonces?.

-Afirmar que la invasión-ocupación de Irak por EEUU "ha sido también un acto de soberanía de EEUU" es algo tan disparatado que sólo podría entenderse si Hernández se alineara con la doctrina de la "guerra preventiva" de Bush (espero que no sea el caso).

-Poner a Latinoamérica como ejemplo de lucha desde el exclusivo marco del Estado no puede ser mas desafortunado. Los llamamientos a la resistencia contra el ALCA (y al fortalecimiento de MERCOSUR), al impago de la deuda externa o al bolivarismo son ejemplos claros de lucha internacionalista. Si hay alguien que reitere la necesidad de unidad de acción latinoamericana para enfrentar al imperialisno del Norte ese es Fidel Castro; y lo mismo cabe decir del subcomandante Marcos o de Hugo Chávez.

-Cuando de verdad Hernández "pierde los papeles" es cuando afirma que la atribución de los atentados del 11 de septiembre a los servicios secretos occidentales obedece a teorías conspirativas tendentes a robarle el -al parecer glorioso- protagonismo de esos hechos a los islamistas. Si hay alguien que haya insistido en culpar de ellos a los islamistas es el gobierno de Bush (en coincidencia con Hernández). Parece incluso ignorar que las dudas se acumulan: una comisión investigadora del propio Congreso acaba concluir que, de no existir una "inexplicable descoordinación" entre el FBI y la CIA, los atentados podrían haberse evitado. Así pues, despues de defender -en otra parte de su artículo- a los islamistas de la demonización occidental, Hernández acaba por apoyarla.

-Culpa al movimiento antiglobalización de alinearse objetivamente con el imperialismo al despreciar la soberanía nacional y la autodeterminación de los pueblos. Como ya hemos dicho, eso no es cierto; es el fanatismo ultranacionalista el que confluye con el imperialismo al insistir en la fragmentación de los estados en base a características étnicas o culturales, como dice Susan George en Informe Lugano. La táctica de trocearlos de ese modo obedece al propósito de debilitarlos para colonizarlos mejor, y es tan característica del imperialismo que, despues de hacerlo con la Federación Yugoslava, lo está haciendo ahora con Irak, propiciando su división política y territorial entre kurdos, sunitas y chiitas. Seguro que Hernández suscribe dicha táctica en nombre de ese derecho de autodeterminación "a la carta" que se inventan los independentistas.

-Los alterglobalizadores nos sentimos -a la par que ciudadanos de un Estado- ciudadanos del mundo porque entendemos que hoy, ante el acoso del neoliberalismo globalizador, ningún Estado puede salvarse por sí solo. Por ello consideramos fundamental la solidaridad internacionalista. En cambio, tanto en el caso de la resistencia antimperialista como en el de Amina Lawal, el grito de solidaridad de Octavio Hernández -como el de tantos otros ultranacionalistas - se reduce al de "¡sálvese quien pueda!"

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Black Sabbath - Iron Man (1970)

domingo 16 de noviembre de 2008

Marx (XV): El Capital

Karl Marx


Previendo un nuevo auge del movimiento obrero, Marx quería terminar lo antes posible su obra de economía política. Al reanudar en 1861, después de un intervalo de año y medio, sus investigaciones económicas, decidió modificar el plan de su obra y publicarla en volumen aparte, y no como continuación del libro Contribución a la crítica de la economía política, que viera la luz en 1859. En 1862, Marx escribió a Ludwig Kugelmann que su obra tendría por título El Capital, y por subtítulo, Contribución a la crítica de la economía política.

Las condiciones en que Marx escribió El Capital fueron duras en extremo. Debido a la guerra civil norteamericana, Marx dejó de colaborar en el New York Tribune, por lo que perdió su fuente principal de ingresos. La familia de Marx pasaba de nuevo por una situación difícil y, a no ser por la constante y abnegada ayuda económica de Engels, Marx no sólo no hubiera podido terminar El Capital, sino que irremisiblemente habría sucumbido bajo el peso de la miseria.

Al fundarse la Internacional recayó sobre Marx un enorme trabajo político. Tenía que trabajar de noche para escribir El Capital. Su organismo no pudo soportar tal tensión y Marx comenzó a enfermar cada vez más a menudo.

A fines de 1865, Marx terminó el borrador de El Capital. Pero, al empezar la preparación del primer tomo para la imprenta, volvió a redactar el manuscrito, reduciéndolo. En abril de 1867, Marx llevó personalmente el manuscrito a Hamburgo para entregarlo al editor. El 5 de mayo del mismo año, el día de su natalicio, recibió la primera prueba. Las pruebas siguientes llegaban del editor con gran retraso y tardaba mucho en devolverlas porque hacía importantes cambios, enviaba el material a Engels para que lo viese y, a veces, introducía nuevas enmiendas por consejo de su amigo. El 16 de agosto de 1867, Marx firmó el último pliego de El Capital, el pliego cuarenta y nueve. Al concluir el primer tomo, Marx escribió a Engels: Así, pues, el tomo está ya listo. Ello ha sido posible única y exclusivamente gracias a ti. De no haber sido por tu abnegada ayuda, no hubiera podido escribir tan enorme trabajo en tres tomos. Te abrazo y te saludo lleno de gratitud, querido y fiel amigo.

Después de la publicación del tomo I de El Capital en septiembre de 1867, su intensa actividad en la Internacional e importantes acontecimientos -la guerra franco-prusiana y la Comuna de París- obligaron a Marx a interrumpir una vez más su célebre obra económica. Hasta principios de la década de los 70 no pudo Marx seguir escribiendo El Capital, pues tuvo que invertir mucho tiempo en preparar la segunda edición en alemán del tomo I y preparar la versión francesa del mismo, para la cual rehizo en gran parte su obra y redactó la traducción. Los demás tomos le llevaron a Marx mucho más tiempo de lo que al principio pensara. En el prefacio al tomo II de El Capital, Engels señala la principal causa, diciendo: La simple enumeración del material manuscrito dejado por Marx para el II libro demuestra con qué sin igual meticulosidad, con qué riguroso espíritu de autocrítica trataba de lograr la máxima perfección de sus grandes descubrimientos económicos, antes de publicarlos; este espíritu de autocrítica sólo raras veces le permitía adaptar la exposición, por el contenido y por la forma, a sus horizontes intelectuales, que se ampliaban más y más debido a que estudiaba incesantemente.

El trabajo preparatorio que hizo Marx para escribir la sección sobre la renta del suelo (tomo III de El Capital) constituye un ejemplo de lo profunda que era su labor de investigación. Para esta sección realizó Marx en los años 70 un detallado estudio de las relaciones agrarias en Rusia en el período posterior a la reforma de 1861. Refiriéndose a este trabajo de Marx y a sus proyectos, Engels dice en el prefacio al tercer tomo del libro: Dadas las múltiples formas de la posesión de la tierra y de la explotación de los agricultores en Rusia, en la sección sobre la renta del suelo debía este país desempeñar el mismo papel que Inglaterra en el tomo I, al analizarse el trabajo asalariado en la industria. Por desgracia, Marx no pudo realizar ese plan.

La muerte de Carlos Marx puso término a su trabajo en El Capital. Los manuscritos que dejó necesitaban una redacción suplementaria. Esta tarea recayó sobre Federico Engels, quien realizó un inmenso trabajo, preparando para la imprenta el segundo tomo en 1885 y el tercero en 1894. Se puede afirmar que los tres volúmenes fueron obra común de Marx y Engels. Debía servir de broche a la grandiosa obra económica de Marx un cuarto tomo, con la historia crítica de la cuestión central de la economía política: la teoría de la plusvalía. Después de morir Carlos Marx, Engels pensaba redactar el manuscrito para editarlo aparte, como tomo IV de El Capital. Sin embargo, Engels no pudo cumplir su propósito, y dicho trabajo no vio la luz hasta después de su muerte, apareciendo en 1905-1910, editado por Karl Kautsky, con el título Teoría de la plusvalía.

El Capital es una creación inmortal que coronó la actividad científica del gran sabio y revolucionario. La hazaña realizada por Marx fue grandiosa. En una carta a Maurice Lachâtre, Marx decía: En la ciencia no existe una vía magna y ancha... y únicamente puede alcanzar sus deslumbrantes alturas quien, sin temer el cansancio, trepa por sus pedregosos vericuetos.

La teoría económica marxiana constituyó una verdadera revolución en la economía política. Marx descubrió la ley económica del movimiento de la sociedad capitalista, estudió esta sociedad en su surgimiento, desarrollo y decadencia demostrando de una manera científica su carácter pasajero, su carácter históricamente limitado. Marx examina a lo largo de toda su obra las irreconciliables contradicciones internas inherentes al capitalismo y demuestra que, a pesar de todos los intentos de sus reformadores, burgueses y pequeñoburgueses, de suavizarlas y borrarlas, éstas se irán agudizando inevitablemente a medida que la sociedad capitalista se desarrolla.

Mostró que el capitalismo crea en su crecimiento las premisas materiales de la futura sociedad socialista y que el proletariado es la fuerza social que ha de dar cumplimiento a la sentencia que la historia ha dictado en su contra.

Al poner al desnudo el mecanismo de la explotación capitalista, Marx descubrió la verdadera fuente de la plusvalía, que consiste en la apropiación del trabajo no pagado del obrero por la clase de los capitalistas. La plusvalía es la diferencia entre el valor creado por el trabajo del obrero y el valor de su fuerza de trabajo, es decir, el valor de los medios de vida necesarios para el obrero y su familia. La teoría de Marx acerca de la plusvalía descubrió el secreto de la explotación capitalista, cuidadosamente enmascarado por los apologistas del capitalismo, la base económica del antagonismo entre el proletariado y la burguesía. La teoría de la plusvalía es la piedra angular de la teoría económica de Marx. Junto a la teoría materialista sobre las leyes del desarrollo de la sociedad humana, la teoría de la plusvalía fue otro gran descubrimiento del genial teórico del socialismo democrático.

Según la ley general de acumulación capitalista, descubierta por Marx, a medida que el capitalismo se desarrolla se van agudizando las hondas contradicciones internas que le son propias. Una parte cada vez mayor de la población se va convirtiendo en proletarios desposeídos, mientras que más y más riqueza se concentra en las manos de un puñado de monopolistas. En las entrañas de la sociedad capitalista no sólo se crean las condiciones materiales necesarias para la futura sociedad socialista, sino que se forma también la fuerza social que llevará a cabo la revolución social y liberará para siempre a la humanidad de todo yugo y explotación.

Haciendo una especie de resumen de todas sus investigaciones, Marx caracteriza de la siguiente manera la tendencia histórica de la acumulación capitalista: El monopolio del capital se convierte en traba del modo de producción que ha florecido con él y bajo él. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a un punto en que son ya incompatibles con su envoltura capitalista. Ésta salta hecha añicos. La última hora de la propiedad capitalista ha sonado. Los expropiadores son expropiados.

Si en el primer tomo de El Capital, Marx trata del proceso de la producción de capital, el segundo examina el proceso de su circulación. Subrayando la unidad del proceso de producción y el de circulación, y el papel determinante de la producción, Marx examina aquí el capital en movimiento y analiza la circulación del mismo en sus formas principales: monetaria, productiva y mercantil. En el segundo tomo ocupa un lugar destacado el análisis de la reproducción simple y la reproducción ampliada. Al investigar las contradicciones inherentes a la sociedad capitalista, la fundamental de las cuales es la contradicción entre el carácter social de la producción y la forma capitalista privada de la apropiación, Marx demuestra que la anarquía de la producción, las crisis y el paro son la inevitable secuela del capitalismo.

En el tomo III de El Capital se analiza el proceso de la producción capitalista tomado en su conjunto. Marx demuestra que el beneficio industrial del fabricante, la ganancia mercantil del comerciante, el interés del prestamista y del banquero y la renta del propietario agrícola tienen todos el mismo origen: la plusvalía. Investiga cómo los capitalistas de estos diversos grupos se reparten la plusvalía en su forma metamorfoseada, la ganancia, cómo a base de la ley del valor se forma la cuota media de ganancia que se embolsan los capitalistas. Debido a la formación de la cuota media de ganancia, las mercancías se venden a precios de producción que, si bien no coinciden con el valor de algunas clases de mercancías, sí coinciden con el valor de toda la masa mercantil en su conjunto.

miércoles 12 de noviembre de 2008

El jurado, ya

Henry Fonda en 'Doce hombres sin piedad' (1957)

Pablo Castellano


El País, 12-II-1988


Afortunadamente, la polémica entre juradistas y antijuradistas ha quedado resuelta con un aplastante pronunciamiento a favor de la institucionalización del jurado en nuestro sistema procesal como expresión de la participación del ciudadano en la administración de la justicia. Experiencias realizadas en muy diversas audiencias han puesto de manifiesto, con carácter bien positivo desde el punto de vista de la valoración colectiva, la disponibilidad de los ciudadanos a asumir sus responsabilidades sociales como una prestación personal más al quehacer colectivo en la aplicación de sus propias normas y han revelado, tanto en los presuntos reos como en sus defensores y ministerio público, la no existencia de entorpecimiento añadido alguno en la búsqueda de la verdad, que en todo proceso es la finalidad suprema. Pocos o ningún juez tienen hoy reticencias ante la institución o ven en ella menoscabo de su función de director de un debate tutelador de garantías, amparador de los derechos, que con su imparcialidad y ponderación vigila tanto el recto proceder de los jurados como los derechos de quien a éste ha sido sometido y el limpio juego de los que en el proceso colaboran. También se ha despejado la otra polémica, la relativa a su naturaleza, que nos dividió entre puristas y escabinistas, decantándose la mayoría de los expertos contra esta última fórmula.

No queda hoy, pues, más que tomar la decisión, pronunciar el hágase, enviar a las Cámaras el correspondiente proyecto y, con la mirada puesta en la justicia, intentar acertar, a fin de lograr el encariñamiento social con la institución, su eficacia y un desarrollo sensato que evite por improvisaciones una frustración de tan importante instrumento o, por recelos o cautelas, una minimización del mismo, de modo tal que los juicios por jurado pudieren parecer de inferior categoría o trascendencia.

El problema, importante, a resolver no es tanto su composición, elección, selección, indagación de las aptitudes de sus componentes y posibles prejuicios, y en consecuencia su tacha, que junto con otros detalles mecánicos son la concreción de una técnica. El problema no es ya discutir ni qué es ni cómo actuar ni el para qué, identificable con la misión de los jueces en cuanto a su función de juzgar, pues evidentemente no le alcanzaría la igualmente importante y responsable de ejecutar lo juzgado, depositada exclusivamente en la responsabilidad de nuestros magistrados.

Ha de decidirse para qué supuestos, delictivo-penales o simplemente ilícitos, es bueno y conveniente que intervenga el jurado en lugar de realizar el juicio por profesionales de la magistratura, reiterando la básica idea de que en ello no se encierra la menor sospecha o indicio de actitud recelosa con relación a jueces y magistrados.

Y valdría la pena considerar, con su dificultad y complejidad, si es casi inexcusable que toda aquella conducta que en su juicio comporte una valoración social generalizada, por los efectos que produce en el cuerpo social, en su media cultural, y que, además de la respuesta de la técnica penal o jurídica, comporta la exigencia de un cierto contenido de reproche social, y aquellas otras actitudes que afecten a bienes de común dominio, usos, aprovechamiento, deban ser las que inicien el posible y ampliable catálogo de figuras a someter a su consideración. Hay bienes materiales y morales de esencialidad comunitaria que en pura lógica pueden verse más protegidos y valorados por quienes son un seleccionado exponente de la sociedad a cuyo orden económico, social y político están incorporados como colectivo.

Los delitos contra el derecho de gentes, y especialmente los de motivación étnica, racial o religiosa, los delitos contra la seguridad interior del Estado y los cometidos con ocasión del ejercicio de los derechos de la persona, los delitos contra la libertad de conciencia, de rebelión y sedición, atentados contra las autoridades y desacatos, injurias y amenazas a las mismas y demás funcionarios públicos, así como el de desórdenes públicos, ponen de manifiesto una agresión a valores que lo son tales en la medida en que representan a toda la comunidad, en cuanto son fundamentales principios de su cultura política y social. Y como la repercusión de estas agresiones no sólo produce su dañino efecto sobre quien materialmente lo sufre, sino que lo extiende sobre toda la sociedad a través de la persona que es agraviada por lo que representa o del valor que se desprecia, es lógico que esa sociedad respalde a través del jurado su represión, y a través de éste valore la gravedad del daño que a la misma se infiere.

Los delitos contra la administración de justicia, contra la salud pública, contra el régimen de seguridad de usuarios y consumidores, las maquinaciones para la alteración del precio de cosas y servicios, los delitos contra el medio ambiente y la seguridad laboral y todos los cometidos por funcionarios públicos en el ejercicio de su cargo, por la misma razón de lo que representa todo ello para la vida de la comunidad, para la realidad del ejercicio y protección de indispensables derechos económico-sociales y del cumplimiento de quienes están obligados desde la Administración a su tutela, deben también ser conocidos por esa específica representación del cuerpo social que el jurado constituye.

Podríamos afirmar que, dejando de lado aquellos supuestos ilícitos que se concretan y agotan en una acción contra la individualidad, en la individualidad y en la propiedad privada, como regla general, toda aquella otra conducta ilícita que, manifestada de cualquier forma, afecta a valores morales, materiales, institucionales de orden colectivo, está en lógica abocada a ser conocida preferentemente en su juicio por jurado.

Y no sólo a los delitos hemos de referirnos, pues en el campo de las ilicitudes civiles también se puede dar, y se da de hecho, esa esencialidad comunitaria que obliga a que deba extenderse la intervención de esa institución a su valoración y resolución.

Hay ilícitos que pareciendo afectar exclusivamente a una persona, a su honor, a su intimidad, a su libertad de expresión y su seguridad, la calificación y valoración de su alcance nace, más que de lo individual, de cuál sea la forma en que se refleje o en que repercuta en el colectivo ambiente por la minusvaloración que pueda originar en él, y es lógico asimismo que esa valoración emane, pues, de un colectivo, más representativo, que la tradicional figura de nuestros jueces, que dirá por su boca en qué medida se ha producido o no el efecto lesivo.

Es evidente que delitos en los que la calificación impone sofisticados conocimientos técnicos, de gran complejidad, y en los que pueden a su vez, por ¡lícitas que sean esas conductas, por malhadada tradición, percibirse una tendencia social disculpable, cuales son los de evasión de capitales, evasión fiscal, contrabando, etcétera, no es aconsejable que sean conocidos aún por el jurado, al igual que ocurre con los delitos de terrorismo, por razones bien distintas, aún no es prudente ni conveniente el que puedan ser juzgados por medio de la institución del jurado.

Pero no se trata de que este artículo sea ya ese deseado proyecto de ley, sino simplemente de emitir una voz más que unir a la insistencia en la necesidad de que aquel a quien corresponde eso que se llama hoy la "voluntad política" lo haga ya, le dé con ilusión y confianza el mayor alcance y contenido posible y, sin temor alguno a la libertad y a la participación ciudadana, habilite por fin el cauce que la Constitución nos otorga desde hace casi 10 años.

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Deep Purple - Black night

domingo 9 de noviembre de 2008

Marx (XIV): el auge de los movimientos democráticos

Karl Marx


Como Marx había previsto, la crisis económica, que se inició en 1857, tuvo importantes consecuencias políticas. Los problemas que no se habían resuelto en la revolución de 1848 resurgieron con fuerza renovada. Su atención la absorbieron el recrudecimiento de la lucha de Italia por la unidad del país y su liberación del yugo austríaco y el movimiento por la unificación de Alemania. Esta vez, lo mismo que en 1848, la principal preocupación de Marx era que los movimientos democrático-burgueses se hicieran más amplios y más potentes gracias a la participación de masas más vastas, de la pequeña burguesía en general, del campesinado en particular y, por último, de las clases desposeídas. Todos los artículos de Marx correspondientes a este período, lo mismo si tratan de Italia o de Alemania que de Polonia o de Rusia, reflejan esa preocupación.

Durante la guerra austro-italo-francesa de 1859, Marx desenmascaró a Napoleón III, que intentaba encubrir los egoístas fines dinásticos que perseguía en la guerra con la consigna de liberación de Italia, y demostró que el pueblo italiano no podría lograr la independencia y la unidad del país más que mediante un levantamiento nacional que destronase a todos los monarcas italianos, acabase con la opresión feudal, lo liberara del yugo austríaco y le permitiera crear un Estado democrático unificado. Marx consideraba que toda propaganda en favor del bonapartismo no sólo causaba un daño directo a la causa de la revolución italiana, sino también a la revolución alemana, y que ayudaba a las fuerzas reaccionarias en Europa. Por ello, en el panfleto Señor Vogt, escrito en 1860, atacó a los agentes bonapartistas infiltrados en el seno de los exiliados pequeñoburgueses.

Es una de sus obras menos conocidas, en la que Marx trabajó durante casi un año. Profesor de Geología en Ginebra, Carl Vogt (1817-1895) era un científico muy conocido en toda Europa, uno de los principales representantes del materialismo vulgar, un filósofo ateo y con ademanes radicales. En aquella época, obras de Vogt como La ciencia y la fe del carbonero tuvieron una enorme repercusión.

La crítica científica de Vogt y la corriente filosófica a la que pertenecía (Büchner, Moleschott) por parte de Engels es conocida. Los calificó como predicadores viajeros.

Pero, además de científico, Vogt era el más influyente de los demócratas burgueses en la Alemania de mediados del siglo XIX. Había participado en la revolución de 1848, fue diputado de la Asamblea de Frankfurt y, como tantos otros, luego tuvo que emigrar a Suiza. Gozaba de inmensa influencia no solamente entre los demócratas alemanes, sino también entre todos los círculos de viejos revolucionarios exiliados que vagabundeaban por Europa, especialmente el ruso Alexander Herzen.

El contexto de la polémica entre Vogt y Marx fue la guerra entre Francia y Austria en su disputa sobre Italia. Para Napoleón III era importante ganarse para su causa a un célebre científico que, al mismo tiempo, era un dirigente respetado entre los demócratas alemanes. Vogt estaba muy ligado a un hermano de Napoleón III, que se hacía pasar por liberal y protector de la ciencia. De él recibió Vogt dinero para distribuirlo entre los representantes de los círculos de exiliados.

Cuando Vogt se manifestó a favor de Napoleón III y de Italia, causó una profunda impresión entre los revolucionarios. Entre ellos había algunos muy ligados a Marx y Engels en Londres, uno de los cuales era Karl Blind. Éste le contó a Marx que Vogt había recibido dinero de Napoleón III, acusación que fue publicada por Wilhelm Liebknecht en la Gaceta de Augsburgo.

Sintiéndose desenmascarado Vogt, llevó el asunto ante los tribunales y aunque perdió el proceso, el periódico no pudo aportar ninguna prueba de la acusación de corrupción porque Blind desmintió sus afirmaciones previas. Que Vogt era un agente bonapartista no se pudo confirmar documentalmente hasta muchos años más tarde, cuando se abrieron los archivos secretos de Napoleón III.

Vogt pareció haber limpiado su honor y Liebknecht aparecía como un mentiroso. Los exiliados alemanes en Londres, convecidos de que Liebknecht no era más que un portavoz de Marx, se volvieron contra él, incluídos algunos de los incondicionales suyos como Freiligrath, quien tuvo que descubrirse manifestando en aquel difícil momento que sus relaciones con Marx eran personales. Veterano de 1848, Freiligrath era entonces director de la sucursal de una banco suizo cuyo director en Ginebra era amigo de Vogt. No quería arriesgar su bolsillo. Los viejos como Freiligrath no renegaban de su pasado pero vivían de recuerdos. Lassalle tenía mucha razón al decir que Marx estaba solo, y no solamente en Alemania. Solo pero erguido.

Convencidos de que Vogt estaba comprado, Marx y todos los revolucionarios se encontraron en una situación difícil, sobre todo cuando aquel pasó al ataque publicando un folleto en que acusaba a Marx de ser la cabeza de una banda de ladrones y falsarios que no retrocedían ante nada. Las más monstruosas calumnias se esgrimieron contra la izquierda socialista. Conocido por su amor al confort, Vogt acusó a Marx de llevar una vida lujosa a expensas de los obreros.

Gracias a la fama de Vogt y a la del atacado, que acababa de publicar la primera edición de su Contribución a la crítica de la economía política, el libelo de Vogt armó un gran revuelo y, como era de esperar, tuvo una acogida excelente en la prensa burguesa. Todos los publicistas burgueses, y particularmente los renegados del socialismo que habían conocido personalmente a Marx, aprovecharon la ocasión y lanzaron su veneno contra su adversario.

Marx consideraba que la prensa tenía derecho a ofender a cualquier político. Su lema eran las palabras de Dante: ¡Sigue tu camino y que la gente diga lo que quiera! Era un privilegio de cuantos se dedican a una actividad política recibir elogios o ataques. Marx no respondía a las injurias personales, de las cuales, sin embargo, se le colmaba continuamente. Se podían dejar sin respuesta los ataques dirigidos contra Marx, pero no las calumnias dirigidas contra los revolucionarios. Cuando estaban en juego los intereses de la causa obrera, Marx respondía, y entonces era implacable.

Cuando apareció el libelo de Vogt, los revolucionarios se preguntaron si era conveniente responder. Lassalle y algunos amigos de Marx opinaban que era mejor guardar silencio; no se trata de que creyeran una sola palabra de lo que había escrito Vogt, sino que tenían en cuenta el considerable prestigio que el proceso le había proporcionado. En su opinión, Liebknecht había herido en lo más vivo al gran demócrata, el cual al defender su honor había caído también en excesos. Un nuevo proceso no haría más que confirmar su triunfo, dado que no había ninguna prueba contra él. Por lo tanto, lo más racional era dejar que la opinión pública se apaciguara.

En una carta dirigida a Marx el 2 de febrero de 1860, Engels censuraba a Lassalle que no se posicionara claramente en el conflicto, que tratara de mantener las distancias entre ambos.

Muchos años después Mehring daba la razón a Lassalle. Según él, Marx no hubiera debido intervenir en la disputa entre Liebknecht y Vogt, tendría que haberse quitado una preocupación sin ninguna utilidad para la lucha. Pero en el momento en que Mehring escribió, Vogt carecía ya de toda influencia política. Además, descuida que la obra dirigida contra Vogt iba enfilada al mismo tiempo contra otras dos dianas: Lassalle y los exiliados. El incidente con Vogt disimulaba profundas divergencias tácticas que habían surgido entre el partido obrero y los partidos burgueses, y que, como demostraba el ejemplo de Lassalle, en el propio partido obrero se habían manifestado peligrosas fluctuaciones.

Marx y Engels acordaron responder por escrito. Con la siempre inestimable ayuda de Engels, Marx asumió esta tarea redactando un folleto bastante breve, unas 40 hojas que tuvieron que imprimirse fuera de Alemania donde sólo llegaron una cantidad insignificante de ejemplares.

Desde el punto de vista literario, quizá es lo mejor de Marx como polemista. En toda la literatura política, ninguna otra iguala a esta obra. Marx no se limita a destruir a Vogt políticamente. Su panfleto no es una simple invectiva. Marx se sirve contra Vogt de un arma en cuyo uso es un maestro: el sarcasmo, la ironía. En vida de Marx, quienes vivieron directamente en sus propias carnes el período posterior a 1849 afirmaron que no existe otra obra que ofrezca tanto material para la caracterización de los partidos de aquella época, como el libro de Marx contra Vogt. El lector de hoy día necesitaría un mapa geopolítico de Europa de hace 150 años para orientarse en muchos de los detalles, pero se apercibirá de la importancia política de este panfleto. El propio Lassalle, cuando apareció, tuvo que reconocer que Marx había escrito una obra magnífica, que sus apreciaciones habían sido equivocadas y que, como político, Vogt había quedado al descubierto para siempre.

Como siempre Engels puso su mente enciclopédica y sus grandes conocimientos geográficos y estratégicos al servicio de Marx para la redacción de aquel folleto y pudiera orientarse en los problemas de los eslavos y desenmascarar el paneslavismo de Vogt.

En Señor Vogt, Marx no se asignó únicamente la tarea de demoler políticamente a un científico respetado por toda la burguesía. Ciertamente, cumplió esta tarea con brillantez, pero su tentativa de calumniar a los revolucionarios ofreció a Marx la ocasión de barrer a los partidos burgueses en el poder o en la oposición y, en particular, caracterizar la venalidad de la prensa burguesa, convertida en una empresa capitalista que obtiene sus beneficios de la venta de palabras, al igual que otros las obtienen de la venta de chucherías.

Contra Vogt, Marx sólo tenía posibilidad de utilizar los escritos del propio Vogt. Los principales testigos se habían desentendido del asunto o se habían retractado de sus afirmaciones. Por ello, Marx toma todas las obras políticas de Vogt y demuestra que no era más que un bonapartista que repetía literalmente los argumentos desarrollados en las obras políticas de los agentes de Napoleón III, y deduce que Vogt es o bien un vulgar papagayo que repite estúpidamente los argumentos de los bonapartistas, o bien un agente comprado del mismo modo que los restantes publicistas bonapartistas.

Vogt tenía a su lado a la parte más influyente de la democracia burguesa alemana. Por esta razón, Marx desenmascara la mezquindad política de ésta y, de paso, asesta algunos golpes a los reformistas incapaces de acabar con el respeto reverencial por las clases ilustradas. En 1860, cuando se iniciaba un nuevo movimiento entre la pequeña burguesía y la clase obrera, y cuando cada partido se esforzaba por ganarse a los trabajadores, importaba enormemente demostrar que los representantes de la democracia obrera no sólo no eran inferiores intelectualmente a los representantes más populares y eminentes de la democracia burguesa, sino que eran claramente superiores.

El golpe asestado a Vogt fue mortal para el prestigio de uno de los principales dirigentes de la democracia burguesa. Lassalle agradeció a Marx que le hubiera facilitado la lucha contra los progresistas por la influencia sobre los obreros alemanes.

He aquí en qué consiste la importancia histórica de este folleto de Marx.

También se pusieron de manifiesto entonces las discrepancias entre Marx y Lassalle, antiguo demócrata de Düsseldorf, a quien Marx había conocido en 1848. En la importante cuestión de la manera de unificar Alemania, Lassalle adoptó una posición completamente errónea. En su panfleto La guerra italiana y la tarea de Prusia, Lassalle se manifestaba dispuesto a apoyar el propósito de Prusia de llevar a cabo la unificación de Alemania desde arriba, mientras que Marx luchaba por la unificación del país desde abajo, mediante una revolución democrática.

Estas discrepancias se hicieron todavía más hondas cuando Lassalle encabezó la Asociación General de Obreros Alemanes y trazó el programa de ésta. Lassalle orientaba a los obreros solamente hacia la lucha pacífica, legal, viendo en el sufragio universal la panacea para todas las calamidades que sufrían los trabajadores. Lassalle inculcaba en los obreros la ilusión de que el Estado prusiano podría ayudarles a organizar asociaciones de producción que les liberarían de verse explotados. Lassalle era enemigo de la lucha de clases, las huelgas y los sindicatos. A diferencia de Marx y de Engels, que veían en los campesinos trabajadores el aliado de la clase obrera, Lassalle estimaba que constituían una masa reaccionaria. Lassalle entabló negociaciones directas con Bismarck, prometiéndole que los obreros apoyarían su política interior y exterior si accedía a proclamar el sufragio universal. Aunque Marx no conocía aún sus negociaciones secretas con Bismarck, no podían escapar a su aguda mirada los coqueteos de Lassalle con la reacción prusiana. En sus cartas, Marx y Engels decían que Lassalle era un demócrata palaciego monárquico-prusiano con marcados tintes bonapartistas.

Al comenzar Lassalle su labor de agitación entre los obreros, Marx y Engels se mantenían al principio a la expectativa y se abstuvieron de momento de criticarle en público, pues Lassalle realizaba cierta labor positiva ayudando a los obreros a liberarse de la influencia del partido progresista burgués. Cuando, después de muerto Lassalle, Marx y Engels se enteraron de que había mantenido negociaciones con Bismarck, calificaron esto de traición al movimiento obrero y emprendieron una lucha abierta contra el socialismo realista prusiano de los lassalleanos.

En aquellos años, Marx seguía desenmascarando a la Prusia reaccionaria, labor iniciada ya por él en la Gaceta Renana y que había cobrado particular intensidad durante las revoluciones de 1848-1849. La dificultad de esta lucha consistía en que Marx no disponía de periódico alguno con ayuda del cual pudiese influir en el lector alemán. Por eso hizo grandes esfuerzos para apoyar al periódico alemán El Pueblo (Das Volk), que comenzó a ser editado en Londres en 1859, y convertirlo en un órgano de la propaganda socialista. En el breve período que existió este periódico, Marx publicó en él una serie de artículos, entre los que figuraban algunos tratando de la política reaccionaria de Prusia. Al mismo fin de denunciar al régimen prusiano estaban dedicadas asimismo una serie de obras inacabadas de Marx, en las que explicaba no sólo el presente, sino también el pasado de ese Estado reaccionario y militarista, y en particular su política y la de la Rusia zarista respecto a Polonia. Marx consideraba que la lucha de los polacos contra Prusia y la Rusia zarista, que condujo a la insurrección de 1863, sólo se vería coronada por el éxito cuando estuviese orgánicamente vinculada con la revolución agraria y la lucha por la democracia.

A fines de los años 50, Marx observaba ya con grandes esperanzas el despertar del movimiento campesino en Rusia. La derrota en la guerra de Crimea había aguzado todas las profundas contradicciones existentes en el interior del país, y el gobierno zarista se vio obligado a empezar los preparativos para una reforma en el campo. Al examinar los proyectos de reforma que se discutían en los comités de la nobleza, Marx predijo los males que la liberación desde arriba traería a los campesinos. Él veía en el campesinado ruso, que se levantaba a la lucha contra el régimen de la servidumbre, un aliado de la futura revolución europea.

La lucha contra la esclavitud en los Estados Unidos a principios de la década de los 60, al igual que el movimiento contra el régimen de la servidumbre en Rusia, era otro acontecimiento al que Marx atribuía una gran importancia internacional. En sus escritos demostró que la guerra civil norteamericana era, por su carácter, una lucha entre dos sistemas sociales: el esclavista y el capitalista, más progresivo que el anterior. Marx decía que el Norte no podría vencer más que en el caso de que su gobierno empezara a desplegar la guerra al modo revolucionario, promulgara una ley aboliendo la esclavitud, resolviera el problema agrario en favor de los granjeros, reorganizara el ejército, limpiándolo de elementos traidores, e hiciera la guerra bajo consignas democráticas y revolucionarias bien claras. Marx exhortaba a los obreros de Europa a que frustraran por todos los medios las tentativas de los gobiernos europeos de inmiscuirse en la guerra civil para favorecer a los esclavistas del Sur. Marx aplaudía a los obreros de Inglaterra, que con sus acciones impidieron al Gobierno inglés efectuar una intervención en apoyo del Sur. Su viva repercusión entre los obreros europeos hacía concebir a Marx la esperanza de que la guerra de Secesión volvería a impulsar a la clase obrera, deprimida por años de reacción, a desplegar enérgicas acciones históricas.

viernes 7 de noviembre de 2008

Morir por las papas: el motín palmense de 1851

Felo Monzón: 'Risco' (1956)
Agustín Millares Cantero


Canarias Semanal



La ciudad de Las Palmas fue un terreno fértil para las protestas populares durante el siglo XIX. Los amagos de revuelta que hubo en marzo de 1847, en medio de una espantosa hambruna, pasaron a ser verdaderas rebeldías en 1851 al acontecer la catástrofe del cólera morbo asiático. Un grupo de "marineros ociosos" se congregó a primeras horas de la tarde del 21 de julio ante el local del ayuntamiento, al conocerse que la corporación trataba sobre las exportaciones de papas hacia América y que daría el visto bueno a la facturación de ciertas remesas. La exhibición fue impulsada al parecer por el armador y negociante Rafael Romero, vecino de la arteria de Triana y con intereses directos en el ramo.

El regidor Fernando Báez y Cambreleng, desde su casa de la calle del Colegio, sintió llegar "un tropel de gente" y desde una de sus ventanas contempló aquella "porción de marineros" que exigía a voces la prohibición de los embarques. Inmediatamente se dirigieron los alborotadores hacia la vivienda contigua del alcalde corregidor José María Delgado, convaleciente aún del contagio colérico, uniéndose a los mismos otros acólitos que arribaron por diversas travesías. La aglomeración, según la revista que dicho mandatario envió al juez de primera instancia del partido, alcanzó "cosa de trescientas personas"; el consistorio entendió que el cálculo era muy abultado y, con "noticias más exactas", redujo la cifra a menos de la mitad, incluyendo "los curiosos que nunca faltan en estos casos".

Más de un centenar de manifestantes representaba de todas maneras un contingente digno de consideración, en una ciudad que en 1856 contaba con 2.201 vecinos y que un lustro atrás, con los estragos del cólera, debía tener bastantes menos. Por ello sembró la alarma entre la mayoría de los institutos públicos, muy sensibles al mantenimiento del orden en aquel intervalo catastrófico. La actitud contestataria de los apiñados y la condescendencia que hacia ellos mostró el primer munícipe, añadieron otros factores para la inquietud de los responsables de la política reaccionaria en tiempos de Bravo y Murillo. A Delgado le costó enormemente que se disolviera la protesta, consiguiéndolo sólo tras apalabrar que serían satisfechas las reivindicaciones de origen. Uno de sus parientes, Marcial Delgado, narró después lo sucedido en estos términos: "Que en su misma casa, situada en la calle del Colegio, sintió el día veinte y uno del mes pasado la reunión de gente que, a cosa de las dos o tres de la tarde, hubo frente [a] la casa del Señor Corregidor Don José María Delgado, para pedirle prohibiera la exportación de papas; el testigo vio y oyó del balcón de su casa que el mismo corregidor, presentándose en el de la suya, intimó en alta voz a que se retirara la gente reunida, invocando el nombre de Su Majestad la Reina; que le contestaron que no se retiraban, añadiendo otras voces que el testigo no comprendió por la distancia; que enseguida salió el declarante y se acercó por curiosidad a dicha reunión y que oyó que el corregidor repetía que se retirasen todos, que confiasen en él, puesto que las papas no se embarcarían; y que efectivamente se retiraron con esta promesa…"

La mera petición del alcalde desde los balcones de su domicilio, apelando al Trono inclusive, no bastó para calmar los ánimos de los díscolos mareantes. Tuvo que bajar al empedrado y allí encararse con quien los capitaneaba, el cual había acompañado al fletador Romero durante la entrevista concedida el día anterior. El propio Delgado reconoció que las turbas permanecieron "impávidas" ante su primera intimidación y que al reiterarla "continuaron sin movimiento". La demostración sin duda "era pacífica" y no podía llamarse motín, como aseguraron seguidamente los regidores, pero adoptó un tinte sedicioso al implicar la reiterada desobediencia al máximo representante del poder civil en la capital insular. La discusión entre el corregidor y el referido cabecilla fue, a buen seguro, mucho más enervante de lo que expuso el primero, empeñado sobremanera en hacer ver que preservó cuanto pudo el principio de autoridad y ocultando que transgredió una resolución corporativa. Delgado se cuidó mucho de esconder ante la justicia el compromiso que de palabra asumió con los reclamantes, una debilidad que indignó a sus colegas en el consistorio.

El instigador principal del alboroto fue el susodicho traficante Rafael Romero, quien había contratado con el patrón del buque El Trueno (el mismo que trajo el cólera) la expedición a Cuba de 700 fanegas de papas, el pan de los pobres. Al saber que la Diputación provincial tenía prohibidas las remesas de tal artículo, cursó una instancia al corregidor el día 19 de julio, como hombre "interesado en que no sufra perjuicios la población", para que la interdicción afectara también a otros exportadores "hasta que no varíen las circunstancias del vecindario". Estos últimos eran sobre todo dos comerciantes de la calle de La Peregrina llamados Francisco Rey y Bernardo Rolo, los cuales presentaron al unísono otra petición para que fuesen autorizadas sus transacciones, alegando entre otras cosas la abundancia y baratura de las mercancías de primera necesidad y las pérdidas del comercio si no imperaba la libertad mercantil con la América española. El mismo 21 de julio, el vicepresidente de la Junta de Comercio y concejal Jerónimo Navarro avaló todas estas argumentaciones librecambistas en un escrito al gobernador civil, donde afirmaba que la profusión del tubérculo había bajado las cotizaciones a 20 rvon. Por fanega y que sin el tráfico americano los excedentes "se pudrirían infaliblemente por falta de consumo".

La competencia empresarial alentó desde luego los episodios del 21 de julio en Las Palmas, mas sin el desasosiego popular habría sido imposible el surtido de las manipulaciones y la explosión que tuvo lugar doce días más tarde. En términos de "farsa" e influencia personal, conforme a la lectura de la práctica totalidad de los capitulares, no pueden entenderse con rigor estos desórdenes. Los bulos quizás echasen leña al fuego. Al decir del consignatario Francisco Rey se difundió, "sin duda con siniestras intenciones", la especie de que estaba determinado a cargar entre 5-6.000 fanegas de papas en la fragata Isis y el bergantín-goleta Paquete de Trinidad, embarcaciones fondeados desde hacía tiempo en la rada de La Luz. El exportador rubricó que sus proyectos reales eran expedir 1.000 fanegas en la primera embarcación y 400 en la segunda, porciones que fueron contratadas antes de sobrevenir la epidemia de cólera y llevaban en sus almacenes más de un mes. La comisión que el alcalde nombró el 30 de julio a fin de examinar los volúmenes y el estado de los cargamentos, calculó sin embargo que Rey disponía de 1.800 fanegas, Rolo de 600 y Gaspar Medina Báez de 200.

Los incidentes ante la casa del corregidor harían que el juez de primera instancia del partido, Jacinto Bravo de Laguna, ordenara la inmediata designación de patrullas y rondas a objeto de prevenir "toda consecuencia desagradable". Igualmente resolvió el día 23 la detención y el ingreso en la cárcel pública de cuatro marineros señalados con antelación por la alcaldía: Luis Caraballo, José Yanes, José Riperola y Segundo El Manco, los probables compinches de Romero. El inefable Delgado comunicó al gobernador civil Antonio Halleg por aquellas fechas que la tranquilidad de su jurisdicción seguía "en el estado más satisfactorio". A pesar de ello, el delegado gubernativo exigió el 1 de agosto que se impidiera por cualquier medio "toda alteración". Las alegaciones que el ayuntamiento transmitió a éste el 29 de julio terminaban por requerir que el alcalde fuera obligado a ejecutar unos acuerdos legales y razonables, "y que no dé motivo con su condescendencia, que en estos casos puede calificarse de debilidad, a que puedan suscitarse motines verdaderos". No sabían los ediles hasta qué punto acertaban al vaticinar estos negros presagios. Las ocurrencias del 2 de agosto comenzaron alrededor de las diez de la mañana en el muelle. Entre 150 y 200 marineros confluyeron allí enterarse que 500 fanegas de papas de Rey iban a ser embarcadas en la fragata Isis. Su piloto informó en el acto al teniente y comandante de Carabineros, Jacinto Ruiz de Quevedo, el cual observó que los apiñados mostraban "intenciones hostiles" y escuchó entre los corrillos la determinación de paralizar la estiba. El oficial colocó dos centinelas en el embarcadero y mantuvo otros cinco soldados en la casilla para reforzar la guardia. Los revoltosos pasaron hasta la ermita de San Telmo y el cercado de Antonio López Botas, tratando de tocar a rebato las campanas del oratorio y de cometer "algunos otros excesos, como era el de no dejar transitar a las personas indiferentes al tumulto que por allí pasaban". Al llegar Ruiz hasta ellos e inquirir sus propósitos, un nauta que hacía las veces de cabecilla, apodado El Fino, le espetó: "Nosotros lo que queremos es que no se embarquen las papas, pues el Señor Corregidor nos prometió el otro día que no se embarcarían y no se embarcarán, porque nosotros moriremos por las papas". La enérgica respuesta fue seguida por "una porción de voces" de casi todos los asistentes que cercaban a Ruiz, con gritos a coro de "¡No se embarcarán las papas, no se embarcarán las papas, o de lo contrario ha de correr hoy sangre!" El uniformado replicó a la bulla que, de no mediar un mandamiento expreso del corregidor, su deber era garantizar las diligencias "a todo trance, invitándoles además a que se dejasen de añadir alborotos a las desgracias que se habían hecho ya sentir en el pueblo, y que se retirasen a sus casas". Las amonestaciones calmaron un tanto a los soliviantados, quienes "ya no pensaron más en tocar la campana". El teniente de Carabineros, no obstante, marchó enseguida a la residencia del gobernador militar José de Vidaurre y González y le dio parte verbal de todas las incidencias, suplicándole que "por si acaso" enviara refuerzos a su "corta" tropa. El subdelegado de Marina, en el ínterin, convocó a los patrones de todas las lanchas para "cortar por su mediación aquellos excesos". A las 13,15 horas, desde el postigo de la casilla del muelle, Ruiz de Quevedo constató que "el tumulto había desaparecido completamente" e interrumpió la redacción de su instancia. Era la calma que precede a la tempestad.

El aviso de cuanto se estaba tramando bajo cuerda lo dio poco antes del anochecer el jefe moderado y diputado provincial Antonio López Botas desde una de sus moradas y refugio campestre, por medio de la breve esquela que hizo llegar al teniente de alcalde y alcalde corregidor accidental Ignacio Díaz. En ella le destapaba: "ha corrido por aquí que esta noche o mañana habrá allí bullanga, y me apresuro a indicárselo a usted para que esté prevenido y me les dé una buena lección". Inmediatamente el destinatario pidió al gobernador militar que pusiera a su disposición tres piquetes de ocho soldados cada uno, para montar dos rondas en Triana y una en Vegueta. Las precauciones llegaron tarde. Al poco del toque de oraciones, hacia las 20,30 horas, se escucharon "en casi toda la población" campanadas, caracoles y bocinas que terminaron por convocar a más de 500 personas en torno a la ermita de San Telmo. El estrépito hizo que acudieran al cuartel y guardia de prevención de San Francisco el alcalde accidental y cinco regidores, a quienes escoltaron una docena de ciudadanos. Quien primero llegó parece haber sido el más intrépido.

El concejal Jerónimo Navarro, a pesar de que su condición de vicepresidente de la Junta de Comercio lo convertía en diana de las iras populares, salió al frente de una patrulla de seis milicianos provinciales que mandaba el cabo primero José Cipriano Díaz Monagas. Su valentía flaqueó un tanto al aproximarse al extremo de la calle Mayor de Triana y apreciar que "el tumulto era de bastante consideración por el número de los amotinados", así que envió a uno de los mílites a por refuerzos. El referido cabo primero contó que en dicho lugar "se oían los caracoles, donde llaman el Callejón de la Vica, que allí encontraron un pequeño grupo como de diez a doce hombres a quienes trató de aprender, mas que habiendo el Concejal don Jerónimo Navarro principiado a darles con la vara que llevaba, corrieron y se escaparon todos. Que de allí se dirigió la patrulla hacia la Ermita de San Telmo, en donde encontraron ya grupos de más consideración, de los cuales principiaron [a] arrojar algunas piedras que hirieron al Concejal don Jerónimo Navarro y a uno de los soldados de la patrulla. Que dicho concejal se retiró entonces, diciéndole al declarante que permaneciese en aquel punto para impedir que el tumulto avanzase. Que desde allí mandó dicho Concejal un soldado para que viniese otra patrulla…"

La herida que sufrió el edil Navarro en la cabeza no fue de gravedad, como tampoco la del miliciano que lo acompañaba. Los rebeldes apedrearon también la fachada de la casa habitación de la madre de aquél, situada en las inmediaciones de la ermita. En el cuartel de San Francisco, mientras tanto, el alcalde corregidor interino y sus escoltas no habían conseguido que se les entregara toda la hueste disponible. Los efectivos eran escasos, pero suficientes para liquidar el motín: 30 provinciales y unos 20 soldados del Batallón de Málaga que estaban en franquía. Las reiteradas súplicas de Ignacio Díaz, que en vano intentó de nuevo ponerse al habla con el gobernador militar, resultaron inútiles. Los oficiales no facilitaban más fuerzas sin órdenes precisas. A un pelotón del Batallón de Málaga (un cabo y cuatro soldados), formado en la plaza con el armamento de rigor, se le retiró al venir el sargento Andrés González con la respuesta de la superioridad, "reducida a que la tropa que debía salir del Cuartel, ya había salido". Varios testigos llegaron a denunciar que la mayor parte de los granaderos de la Compañía del Batallón de Las Palmas no pasaron al acuartelamiento al escuchar las invocaciones al motín; otros apreciaron que muchos formaban con los díscolos de San Telmo. Entre éstos reinaba la creencia de que la milicia no les iba a disparar. El gobernador militar, al lado de una docena de subalternos, parlamentó con los soliviantados durante más de media hora sin hacerlos desistir. José de Vidaurre, otro de los enfermos de cólera, no quiso de entrada utilizar la fuerza y confió en el peso de su autoridad para disolver el levantamiento. Su actitud fue diametralmente contraria a la del juez de primera instancia Jacinto Bravo de Laguna, que compareció en San Telmo junto al promotor fiscal Mariano Vázquez y Bustamante y el escribano José Benítez Cabrera. Haciendo honor a su apellido, Bravo exigió la terminante dispersión de los revoltosos invocando el nombre de la reina y por única reacción obtuvo insultos y amenazas. Su choque con la jerarquía castrense se escenificó ante la concurrencia, en medio de los "vivas" al militar y los "mueras" al juez. Los ánimos estaban tan crispados que hubo hasta quien pensó en agredir físicamente a este último, al paso que otros reclamaban el cese de Navarro, el más aborrecido de los concejales. La paciencia de Vidaurre llegó al colmo y mandó al sargento Manuel Díaz Monagas a por los 30 provinciales del cuartel de San Francisco, disponiendo que el comandante de Carabineros trajera todos sus hombres. Al aparecer estas falanges concluyó el motín por completo a las 22,30 horas, por lo tanto más de 90 minutos después del embate a la patrulla del concejal Navarro. Las "dulzuras" del gobernador militar con los perturbadores despertaron la indignación del grueso del consistorio y de los vecinos que lo apoyaron. El criterio general era que el "mal precedente" y la "condescendencia" del alcalde corregidor Delgado el 21 de julio, dieron chance al pandemónium del 2 de agosto. Las preocupaciones no acabaron con prontitud, pues se barruntó que muchos marineros y demás abonaban la creencia en el voto de Vidaurre para denegar las exportaciones de papas. El juez Bravo de Laguna sugirió "una inteligencia" entre el militar y "las masas sublevadas" que tenía por norte reforzar su poder. La desautorización del gobernador civil planteaba la inadmisible transacción con los amotinados en las dos jornadas y la falta de nervio en el cumplimiento del deber que exteriorizaron Delgado y Vidaurre. En la noche del mismo 2 de agosto fueron detenidos cuatro sujetos por la ronda que recorría "la parte de Triana" y el alcalde corregidor accidental los puso a disposición del juzgado. Al día siguiente pidió Díaz al gobernador militar que le prestase los auxilios oportunos para no "verse desairada la autoridad y hasta cierto punto alentados los alborotadores".

El 7 de agosto autorizó el ayuntamiento "por ahora" la expedición de 1.200-1.400 fanegas de papas de Rey (incluyendo las de Medina), más otras 600-700 de Rolo. Los embarques se realizaron sin contratiempo alguno entre el 9 y el 13 con la custodia de efectivos militares. Entre otras disposiciones, el bando municipal del día 3 obligaba a despejar las calles en el supuesto de repetirse las intemperancias, prohibía toda reunión en las vías públicas, especialmente por las noches, y encomendaba a los párrocos el cierre de los templos a fin de "evitar que los revoltosos se apoderen de las campanas". Por otro lado, en el homónimo impreso del 8 siguiente la alcaldía-corregimiento accidental pretendió deshacer la "refinada hipocresía" de los falsos patriotas, que "han abusado y abusan de la credulidad de las personas más sencillas y pacíficas", intimidando a los "intrigantes" y "malévolos alborotadores" con todo el peso de la ley.

Esta inducción conspirativa no sólo dio entrada a la maquinaria represora. Los matriculados del mar que protagonizaron los disturbios estaban inmersos en un paro casi general que los dejó al borde de "la mayor miseria, que les hubiera hecho perecer de hambre a no ser por el socorro que diariamente la municipalidad les suministra". Por ello exhortó Díaz al gobierno civil la concesión de fondos por parte de la comandancia de Marina hasta que se reanudaran las faenas, aparte de inversiones en obras públicas para la fábrica del Hospital de San Lázaro, la continuación del camino de Tafira o la apertura del provincial desde Las Palmas a Gáldar. Las gentes del pueblo no pelean en gran número por los meros apaños de unos pocos. Y hubo bastantes canarios que distaron de creer en las delicias sagradas de las políticas librecambistas en la segunda mitad del Ochocientos.

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Ozzy Osbourne - Mr. Crowley

miércoles 5 de noviembre de 2008

Marx (XIII): los años de la reacción

Marx y Engels


Después del aplastamiento de las revoluciones de 1848 y 1849 se estableció en Europa la más oscura reacción. Las organizaciones revolucionarias fueron destruidas, y muchos de los mejores representantes de la clase obrera se vieron encarcelados o empujados a emigrar. Fue aquél un período muy duro para Marx, pues tuvo que hacer frente a las innumerables calumnias de sus enemigos y a grandes privaciones económicas. Los periódicos y las revistas, las editoriales y las cátedras universitarias, todo quedó cerrado para el genial pensador y revolucionario. Sin embargo, su profundísima fe en la justeza de la causa que defendía, su invencible optimismo, basado en la comprensión científica de las leyes objetivas del desarrollo social, y su firmeza y jovialidad no abandonaron a Marx en ningún momento.

En aquellos difíciles años, Marx contó con la gran ayuda y apoyo de Engels, su abnegado amigo e inseparable compañero. En 1850 Engels se trasladó a Manchester y se colocó en una oficina, sufragando parte considerable de los gastos de Marx y su familia. Los dos amigos se quejaban a menudo de su suerte, que no les permitía vivir y luchar juntos, como en los buenos tiempos de la Nueva Gaceta Renana: Me da rabia -escribía Marx a Engels- que ahora no podamos vivir juntos, trabajar juntos, reírnos juntos.

El principal medio de comunicación entre Marx y Engels y la forma de su colaboración creadora pasó a ser en aquel período la correspondencia que mantenían casi a diario y que constituía un verdadero laboratorio del pensamiento científico y político.

A pesar del marasmo político reinante, Marx no cejaba en su labor de educar a los cuadros revolucionarios de los obreros y seguía manteniendo contacto con sus partidarios residentes en Inglaterra, Alemania, Francia, Estados Unidos y otros países.

Ahora, sin embargo, podía centrar principalmente su atención en la elaboración de su teoría. Un infatigable trabajo intelectual le permitió sintetizar las experiencias históricas de su época, seguir de cerca los progresos de todas las ramas del saber y asimilar de manera crítica cada nuevo logro del pensamiento científico. Marx valoró con perspicacia la importancia de toda una serie de grandes descubrimientos en las ciencias naturales, y, particularmente, la obra de Darwin sobre El origen de las especies por vía de selección natural. Este libro -escribía Marx a Engels- da la base histórico-naturalista para nuestras concepciones. Marx seguía interesándose mucho por la historia de épocas y pueblos diversos, y analizó y resolvió toda una serie de importantes problemas teóricos de las ciencias históricas.

Pero el objeto principal de las investigaciones científicas de Marx en los años 50 y 60 fue la economía política. Del mismo modo que en el período anterior a 1848 lo habían sido los problemas de la concepción del mundo -los principios filosóficos- y en 1848-1852 el desarrollo de las ideas políticas y la estrategia y la táctica de los obreros, ahora pasaba a ocupar el primer plano la parte hasta entonces menos elaborada: la ciencia económica.

A pesar de las duras condiciones de vida de Marx en la emigración, Inglaterra, el país capitalista más desarrollado en aquel entonces, era el sitio más conveniente para el estudio de la economía del capitalismo. En la biblioteca del Museo Británico, donde trabajaba casi diariamente desde las 9 de la mañana hasta las 7 de la tarde, encontró Marx una cantidad de material enorme para sus investigaciones. Su extremada honradez científica y su implacable espíritu autocrítico obligaron a Marx a reunir todo un Mont Blanc de hecho y volver a examinar una u otra cuestión cuando la vida le proporcionaba hechos y materiales nuevos. Para efectuar sus investigaciones económicas, estudió la historia de la técnica, química agrícola, geología, matemáticas y otras ciencias.

Marx pensaba terminar ya para 1851 la obra en tres tomos en que exponía su doctrina económica, pero las circunstancias le impidieron ver cumplido su deseo. La causa de ello no sólo fue la meticulosidad que se imponía en su trabajo, sino también la penosa miseria crónica en que vivía su familia.

Mientras Engels estuvo ganando un modesto sueldo de oficinista, su ayuda a la familia de Marx no pudo ser muy grande. En ocasiones, Marx tenía que empeñar su última levita y condenarse a arresto domiciliario. A veces el pan y las papas eran, durante semanas enteras, el único alimento de su familia.

La constante lucha contra la miseria costó mucho a Marx y a su esposa: en los primeros años de su vida en Londres perdieron tres hijos. Un golpe particularmente terrible fue para Marx la muerte de su hijo, de ocho años, Edgar Musch (el gorrioncillo), como le llamaban sus familiares. Después de enterrar a su hijo, Marx escribió a Engels: He sufrido muchas desdichas, pero sólo ahora sé lo que es el verdadero dolor... En medio de los sufrimientos horribles que he tenido estos días siempre me ha confortado tu recuerdo, el de tu amistad, y la esperanza de que tú y yo aún hemos de hacer algo razonable en este mundo.

Pero en la vida privada de Marx, no todo eran penas y sufrimientos. Un profundo amor le unía a Jenny, la cual no solamente compartía la suerte, el trabajo y la lucha de su marido, sino que, además, tomaba en ellos parte activa con un espíritu altamente consciente y un apasionado entusiasmo. El amor y la amistad unían a todos los miembros de la familia. Era el mejor amigo de sus hijas. Sus parientes y amigos le llamaban el Moro por su pelo, negro como el alquitrán. A medida que crecían Jenny, Laura y Eleanor (nacidas en 1844, 1845 y 1851) Marx les iba dando a conocer toda la riqueza de la cultura humana. Gran conocedor de la literatura universal, Marx amaba sobremanera las obras de Homero y Esquilo, Shakespeare y Fielding, Dante y Cervantes, Diderot y Balzac. Él mismo leía a sus hijas Las mil y una noches, el Canto de los Nibelungos, las obras de Homero y, particularmente, las de Shakespeare, que eran objeto de culto en la familia de Marx. Recordando a su padre, su hija Eleanor escribía: A quienes hayan dedicado su vida al estudio de la naturaleza humana no les extrañará que un luchador tan inflexible pudiera ser al mismo tiempo el más bondadoso y tierno de los hombres. Ellos comprenderán que si sabía odiar con pasión era precisamente porque era capaz de amar con toda su alma; que si su pluma mordaz podía llevar a alguien al infierno, como sólo había sido capaz de hacerlo Dante, ello se debía, justamente, a su fidelidad y a su ternura; que si su humorismo sarcástico podía corroer como un ácido, este mismo humorismo tranquilizaba a los menesterosos y a los oprimidos.

Los asiduos de Marx recordaban con cariño a Helene Demuth (Lenchen), a cuyo cargo corrían los quehaceres domésticos y que compartía todas las penas y alegrías de la casa como un miembro de la familia. Una gran dicha para Marx y su familia fue la de tener muchos y fieles amigos, el mejor de los cuales fue siempre Engels.

Cuando, en agosto de 1851, el periódico progresista de mayor tirada de Estados Unidos, el New York Daily Tribune, le propuso ser su corresponsal en Europa, Marx aceptó. Pero como estaba ocupado hasta la coronilla con la economía política, pidió a Engels que escribiera una serie de artículos sobre Alemania. Así apareció en el New York Daily Tribune el magnífico trabajo de Engels Revolución y contrarrevolución en Alemania. Para que Marx pudiese dedicarse a redactar su obra económica, Engels le ayudaba sistemáticamente escribiendo artículos, particularmente sobre temas militares, a lo largo de los diez años que Marx colaboró en el periódico. Marx confiaba plenamente en su ministerio de la guerra en Manchester. Pero, no obstante, el periódico le restaba mucho tiempo, pues los artículos que él escribía eran verdaderamente científicos, investigando a fondo cada uno de los problemas de que trataba. Seguía siendo fiel al principio que había proclamado ya en los albores de su actividad literaria: El escritor, como es natural, debe ganar dinero para tener la posibilidad de existir y escribir, pero lo que no debe hacer en absoluto, es existir y vivir para ganar dinero.

Su colaboración en el New York Daily Tribune, así como en la Nueva Gaceta del Oder en 1854-1855, daba a Marx la posibilidad de influir, en cierta medida, en la opinión pública. El único afán que inspiraba los numerosos artículos de Marx sobre la India, China, la revolución española de 1854 y la guerra civil norteamericana, que aparecían en el New York Daily Tribune, era respaldar toda lucha progresista, revolucionaria, contra la reacción y la opresión nacional, prestar apoyo a todo movimiento democrático y popular, que acrecentaba las fuerzas de la revolución y creaba condiciones más favorables para los futuros combates de los obreros.

En una serie de artículos, Marx analizó el desarrollo económico de Inglaterra y su régimen político. Marx denunciaba con firmeza la hipocresía y el engaño que saturaban toda la vida política de Inglaterra, el sistema de sobornos y coacciones con que la burguesía se aseguraba una mayoría parlamentaria dócil y sumisa.

Marx prestaba gran atención al movimiento obrero inglés. Con Engels, se esforzaba por ayudar a George Harney y Ernest Jones, dirigentes del ala izquierda de los cartistas, a que el movimiento resurgiese sobre una base nueva socialista. Escribía artículos para los periódicos de Jones Notas para el pueblo y la Gaceta Popular y le ayudaba también a redactar los periódicos. Pero la situación no era propicia al resurgimiento del cartismo. Además de las causas generales, relacionadas con el período de la reacción que siguió a la derrota de las revoluciones de 1848-1849, había otras específicas que también contribuían a que el movimiento obrero revolucionario inglés decayese. Como señalaban Marx y Engels, los capitalistas ingleses recibían enormes superganancias, fruto de su monopolio industrial y colonial, y dedicaban parte de ellas al soborno de la aristocracia obrera. Esa política hizo que las capas formadas por el proletariado inglés de mayor calificación profesional tomasen la vereda de una lucha mezquina por pequeñas concesiones dentro del marco del capitalismo.

Marx denunció indignado la política colonial que Inglaterra aplicaba en la India y que causaba la depauperización y la muerte de ingentes masas humanas. En 1857, cuando estalló en la India la Rebelión de los Cipayos contra el colonialismo británico, Marx alzó su voz en defensa del pueblo oprimido. Analizando la política colonial inglesa, Marx llegó a la conclusión de que el pueblo de la India no podría liberarse de las calamidades y humillaciones que sufría, mientras el proletariado no subiese al poder en Inglaterra o mientras el pueblo de la India no se hiciera lo bastante fuerte para poder sacudirse el yugo colonial.

De la misma simpatía a las masas populares en lucha por la independencia de su país están saturados los artículos de Marx acerca de China, escritos con motivo de las guerras anglochinas y de la insurrección Taiping.

En 1854-1856, con motivo de los acontecimientos revolucionarios en España, Marx escribió una serie de artículos -La España revolucionaria- en los que hizo una concisa reseña de la historia del país y analizó las causas y el carácter de la lucha que se desarrollaba en él.

La crisis económica mundial que empezó en 1857 y la inminencia de grandes acontecimientos políticos en Europa obligaron a Marx a acelerar sus investigaciones sobre economía política. El fruto de su intenso trabajo de muchos años fueron los gruesos manuscritos económicos de 1857-1858, los Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie (Fundamentos de la crítica de la economía política). En estos manuscritos se refleja una etapa muy importante de la formación de la teoría económica de Marx, en la crítica de la economía política burguesa. Contienen varias tesis teóricas que, posteriormente, fueron formuladas de una manera clásica en El Capital. Lo principal en estos manuscritos es que, en ellos, Marx expone en rasgos generales los fundamentos de su teoría de la plusvalía. Refiriéndose a este gran descubrimiento, Engels dijo: Marx elaboró él solo la teoría de la plusvalía en los años 50, negándose con tenacidad a publicar datos sobre ella hasta que se aclarasen completamente todas sus conclusiones. Los manuscritos contienen también ideas teóricas de Marx sobre la futura sociedad comunista, sobre el desarrollo, jamás visto, que las fuerzas materiales y espirituales alcanzarán en ella. En el esbozo inconcluso del Exordio a estos manuscritos, Marx dilucida cuestiones decisivas referentes a la economía política, su método, y otros muchos problemas.

Al preparar sus manuscritos económicos para darlos a la imprenta, Marx revisó todo lo que tenía escrito. En junio de 1859 vio la luz el primer cuaderno de la obra de Marx Contribución a la crítica de la economía política, con la primera exposición sistematizada de su teoría del valor, incluyendo la teoría del dinero.

El Prefacio de esta obra tiene enorme valor científico; contiene la siguiente formulación, genial por su precisión y laconismo, de la esencia de la comprensión materialista de la historia, descubierta por Marx: En la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones, necesarias e independientes de su voluntad, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona los procesos de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su existencia, sino, al contrario, su existencia social la que determina su conciencia. Al llegar a determinada fase de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de éstas, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, esas relaciones se convierten para ellas en trabas. Y entonces comienza una época de revolución social.

Después de haber sido publicado el primer opúsculo de la Contribución a la crítica de la economía política, Marx consideraba necesario efectuar un trabajo complementario para poner en claro para sí mismo ciertas conclusiones y dar a su obra un carácter acabado, pero se lo impidieron los grandes acontecimientos internacionales del año 1859.

lunes 3 de noviembre de 2008

El radicalsocialismo

viñeta de Forges

Pablo Castellano


La Razón, 4-XI-2004



El paquete, utilizando expresiones al uso, de medidas con que el Gobierno del Sr. Zapatero ha iniciado su ejecutoria, ha rescatado de la terminología política el término de radicalsocialismo para definir la doctrina en que se inspiran sus reformas: feminismo, equiparación de derechos en conductas sexuales, facilitación del divorcio e interrupción voluntaria del embarazo, laicistización de la enseñanza, descompromiso en la financiación de la Iglesia católica, etc. Otros, con más acierto, han visto estas políticas más cerca del programa del Sr. Panella y su famosa diputada Cicciolina, como expresión de un partido radical sin adherencia alguna de las ideas matrices del socialismo. Y hasta los hay que quieren ver tras esta ofensiva, injustamente tratada de antirreligiosa, la larga mano de la francmasonería, que es un recurso muy socorrido para despertar en la ciudadanía viejos demonios. En todo caso, es evidente que las reformas en cuestión son de poco o nulo coste económico, enardecedoras de grupos sociales marginados, pero es más que excesivo englobarlas en el capítulo de «profundización de las libertades individuales». Mas bienvenidas sean. Lo de socialismo, como sustantivo o adjetivo está aún pendiente, y lo estará por mucho tiempo, por lo que, al menos en cuanto a lo del progreso democrático, sería bueno recordar al gobierno sus invocaciones, cuando no promesas, a la gran tarea de la regeneración que obviamente pasa por la ley electoral, las listas cerradas, la financiación y democratización de los partidos, la independencia judicial, la despartidización de las administraciones públicas, y lógicamente de los medios de comunicación, la transparencia en el uso de los caudales públicos, incluida la política de remuneraciones, la publicidad de la declaración de bienes de los cargos políticos. Aun cuando esta aproximación a un censo más abultado debiera ser suscrita por todos los partidos más como regeneración ética que política, pues es evidente que no puede desarrollarse la segunda sin la primera. Por ahora el Gobierno del Sr. Zapatero la asignatura de la ética la tiene suspendida pues sigue en la obsesiva confusión de partido-gobierno-estado. Y no hay socialismo sin sociedad, ni desde el partido único ni del oligopolio turnante. Convendría que el Gobierno junto a su plausible preocupación por la situación de las minorías discriminadamente tratadas, reparara también en valores democráticos sin los cuales no es posible hablar de igualdad y de justicia: cohesión social, equilibrio territorial, vertebración de la sociedad civil, para acercarse lo más posible a una democracia participativa, no quedándose enfangado en este modelo de democracia delegada y burocrática. Se utiliza la expresión de pan y circo, y sin el menor deseo ni aceptación de equiparación de las medidas hasta ahora contempladas con ningún espectáculo circense, podríamos decir que hasta la fecha la política del Sr. Zapatero tiene bastante más de espectáculo que de pan. Faltan no ya dosis, simplemente gotas, de un moderado y digerible socialismo democrático. Como tanto le gusta la fórmula podría crear otro grupo de expertos para formularlo, que a ser posible nada hayan tenido que ver con la doctrina y práctica del felipismo.

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Pablo Guerrero - A cántaros (1977)

sábado 1 de noviembre de 2008

Marx (XII): las enseñanzas de la revolución

Marx a la Liga


La derrota de la revolución no hizo vacilar ni un instante la convicción profunda de Marx, racionalmente fundamentada, de que la causa a la que había consagrado su vida merecía la pena. No adolecía del desconcierto, abatimiento y falta de fe tan peculiares en aquel entonces en los dirigentes de la democracia pequeñoburguesa. Aguantó igualmente con gran firmeza los duros sufrimientos y privaciones que hubo de soportar cuando él y su familia se vieron en el extranjero sin un céntimo en el bolsillo.

En cuanto llegó a Londres, Marx se puso a preparar la edición de la revista Nueva Gaceta del Rin. Revista política y económica. En los seis números de la revista editados en Hamburgo en 1850 se publicaron algunos trabajos de Marx y Engels que trataban de los resultados de la revolución de 1848 en Francia y en Alemania.

A fines de 1849, el Comité Central de la Liga de los Comunistas reanudó su actividad. En marzo de 1850, Marx y Engels escribieron y enviaron a las comunas de la Liga el Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas. En este documento, de importancia extraordinaria, se analizaban las enseñanzas de la revolución de 1848-1849 en Alemania y las perspectivas de una futura revolución, y se esbozaba la táctica del partido obrero en ella. La conclusión principal a que se llega en el Mensaje es la de que, en la futura revolución, a diferencia de la de 1848, el partido obrero deberá actuar de la manera más organizada, más unánime y lo más independiente posible. En contraposición a los pequeñoburgueses, que, al llegar al poder, procurarán dar por terminada la revolución lo antes posible, la tarea del partido obrero consistirá en hacer la revolución permanente... Para nosotros no se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de crear otra nueva.

La idea de la revolución permanente, cuyos fundamentos estaban ya en la Nueva Gaceta del Rin, fue formulada en el Mensaje con mucha más amplitud.

En otoño de 1850, Marx y Engels llegaron a la conclusión de que la nueva situación histórica de auge económico y de fortalecimiento de la reacción en Europa excluía el estallido de la revolución en un futuro inmediato. Sopesando serenamente las particularidades de aquella nueva situación histórica, los fundadores del socialismo democrático exigieron que se revisara la táctica del partido y se modificaran las formas de lucha. La nueva situación imponía la necesidad de llevar a cabo una tenaz y escrupulosa labor de agrupación de fuerzas, de preparación sistemática de estas fuerzas para una futura revolución. No obstante, algunos miembros de la Liga de los Comunistas, con Willich y Schapper a la cabeza, propusieron, sin tener en cuenta las condiciones históricas objetivas, planes aventureros de preparación de un levantamiento armado en Alemania. En la reunión del Comité Central de la Liga, celebrada el 15 de septiembre de 1850, Marx hizo una profunda crítica de la línea conspiradora, sectaria y voluntarista de Willich y Schapper y demostró lo peligroso que era el aventurero juego a la revolución. Marx, aunque le apoyaba la mayoría de los miembros del Comité Central, hizo todo lo posible por mantener la unidad de la Liga de los Comunistas. Pero el grupo de Willich-Schapper provocó la escisión. El Comité Central se trasladó de Londres a Colonia para contrarrestar la labor de desorganización de los elementos ultraizquierdistas y sectarios.

Al mismo tiempo que trabajaba en la Liga, Marx dedicaba muchas energías a la síntesis teórica de la experiencia de las revoluciones de 1848 a 1849. Fruto de esta labor fueron sus obras: Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, escrito en 1850, y El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, escrito en 1852.

En las obras mencionadas, Marx dio un ejemplo de aplicación del materialismo histórico al estudio de los acontecimientos históricos concretos. En ambos trabajos, la profundidad del análisis va unida a la maestría de un brillante literato, y la objetividad científica del sabio, a la pasión revolucionaria del luchador político. Sintetizando la experiencia de la lucha del proletariado y de las masas trabajadoras en la época borrascosa de la revolución, cuando la actividad, la iniciativa de las masas populares y su papel creador en el proceso histórico se manifiestan con la mayor fuerza, Marx enriqueció su teoría con nuevas conclusiones de suma importancia. Éstas se refieren, principalmente, a dos problemas: a las relaciones entre el proletariado y los campesinos y a la actitud del proletariado hacia el Estado.

La experiencia de la revolución francesa y de la insurrección obrera de junio de 1848, en particular, convencieron a Marx de que la clase obrera no podría destruir el régimen burgués si las masas campesinas no se levantaban contra la dominación del capital, si no se adherían al proletariado. Al poner de manifiesto la naturaleza doble y contradictoria del campesino, como trabajador y como propietario, Marx demostró que, comprendidos acertadamente, sus propios intereses debían impulsar a los campesinos a la alianza con el proletariado urbano: Los campesinos... encuentran su aliado y jefe natural en el proletariado urbano, que tiene por misión derrocar el orden burgués. En su carta a Engels del 16 de abril de 1856, Marx formuló como sigue esta conclusión política, sumamente importante: Todo el problema, en Alemania, dependerá de la posibilidad de respaldar la revolución proletaria con una especie de segunda edición de la guerra campesina.

La rica experiencia política de las revoluciones de 1848 y 1849 permitió a Marx desarrollar y concretar su teoría del Estado. Marx empleó por primera vez la fórmula clásica de dictadura del proletariado en su obra Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. Como demostró Marx, el socialismo científico, contrariamente a las distintas variedades del socialismo burgués, pequeñoburgués y utópico, es la declaración de la revolución permanente, de la dictadura de clase del proletariado como punto necesario de transición para la supresión de las diferencias de clase en general, para la supresión de todas las relaciones de producción en que éstas descansan, para la supresión de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, para la subversión de todas las ideas que brotan de estas relaciones sociales. Al definir la actitud del proletariado hacia el Estado, Marx decía en su obra El dieciocho brumario de Luis Bonaparte que todas las revoluciones anteriores habían reforzado y perfeccionado la vieja máquina estatal, convirtiendo este aparato administrativo y militar en un arma, cada vez más potente, de represión contra las masas oprimidas. La tarea de la revolución proletaria consiste en destruir, demoler la vieja máquina estatal. Todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina, en vez de destrozarla.

La importancia que Marx concedía a su teoría sobre el Estado, sobre la dictadura del proletariado, se aprecia en su carta a Weydemeyer del 5 de marzo de 1852, en la que dice: Por lo que a mí se refiere, no me cabe el mérito de haber descubierto la existencia de las clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto ya el desarrollo histórico de esta lucha de clases y algunos economistas burgueses la anatomía de éstas. Lo que yo he aportado de nuevo ha sido la demostración de:

— que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas del desarrollo de la producción:
— que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado;
— que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de las clases sociales.

Así, pues, la lucha del proletariado y de las masas trabajadoras en los años de la revolución proporcionó una rica experiencia que permitió seguir impulsando la teoría y los fundamentos de la estrategia y táctica del partido obrero. Marx y Engels formularon su teoría de que la insurrección es un arte, partiendo, concretamente, de las enseñanzas de la insurrección de junio en París y de la insurrección de mayo de 1848 en el suroeste de Alemania.

Al mismo tiempo que sintetizaban la experiencia de las revoluciones de 1848 y 1849, los fundadores del socialismo democrático seguían desplegando una intensa actividad para agrupar a los obreros más avanzados, para consolidar la Liga de los Comunistas. Esta organización dirigida por Marx inquietaba cada vez más al Gobierno de Prusia. Para poner término a las actividades de la Liga, la policía prusiana, en mayo de 1851, llevó a cabo detenciones entre los obreros en algunas ciudades de Alemania y, basándose en denuncias falsas y documentos torpemente fabricados, amañó un proceso contra los comunistas en Colonia. Marx dejó de lado todo su trabajo para dedicarse a desenmascarar la falsificación de esos documentos y ayudar en todo a sus compañeros acusados. Pero estos hombres habían sido ya condenados de antemano, pues ellos representaban al indefenso proletariado revolucionario ante un tribunal que defendía los intereses de las clases dominantes. En el folleto Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia, Marx puso al desnudo las sucias maquinaciones del gobierno de Prusia, de su policía y sus tribunales. Debido a la detención de varios miembros del Comité Central de la Liga de los Comunistas, residentes en Colonia, quedaron rotos los lazos que unían a Marx y a Engels con el continente y, de hecho, la Liga misma dejó de existir en Alemania. A propuesta de Marx, la Liga de los Comunistas se declaró disuelta en noviembre de 1852.

Sin embargo, los mejores militantes de la Liga, formados por Marx y Engels, continuaron propagando la teoría, educando a las masas obreras y preparándolas para futuros combates revolucionarios. Sobre sus cenizas se levantaría, en 1869, el Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania.