Son demasiados años combatiendo el ordeno y mando de otras épocas, aún recientes, como para que ahora vengan a descubrirle el socialismo.
A lo mejor es ésa la razón de su apacible desmarque en los cuadros del partido socialista obrero español renovado.Pablo Castellano, abogado madrileño, a punto de cumplir los cuarenta, está de vuelta en muchos negocios de la política "underground" y de ida en esa sacerdotal búsqueda de la justicia del hombre por el hombre.
Esa mañana le habían puesto en la puerta del despacho a dos policías armados, para un por si acaso le daba por repetir lo de la calle Atocha. Y el compañero Pablo ha dicho que hay mejores formas de emplear el dinero de los contribuyentes, que él está allí para lo mismo que sus colegas de la calle Atocha, sabiendo a lo que se expone, pero estos dos muchachos, estos dos policías armados que acaban de traer de Córdoba, no tienen nada que ver en estos pleitos. Y entonces les ha mandado entrar, para que se resguarden del frío y de lo otro, porque el compañero Pablo no se perdonaría nunca que, por su culpa, estos dos muchachos, que no tienen nada que ver...
—¿A usted qué le parece el comportamiento de la oposición en el tema de los sangrientos atentados de sabe Dios quién y todo eso?
—El de la base es encomiable, porque haciendo de tripas corazón y retorciendo sus propios deseos de dar una contestación adecuada a estas matanzas ha respondido con absoluta serenidad. El de sus responsables, para mí no ha sido tan satisfactorio. Yo creo que se ha confundido la serenidad con la falta de firmeza, el civismo con la inoperancia. Y, sobre todo, se ha dado un paso más en el intento de confusión de la gente, porque aparecer tan de la mano con el Gobierno no hace más que favorecer los intereses del actual Gobierno, que quiere aparecer con una cierta imagen de demócratas del centro, cuando esto es completamente falso.
—¿No le sirve el argumento de que una presencia más activa de la oposición o una presión del movimiento obrero como usted, al parecer, hubiera deseado le hubiera hecho el juego a los que pretenden desestabilizar el país?
—Bueno, no debemos acudir a la imagen de algarada callejera o la confrontación. Para mí la presión del movimiento obrero se tiene que manifestar a través de una posición de firmeza en las fábricas, en la negociación y, fundamentalmente, con el arma que tiene el movimiento obrero, que es el paro.
—Ya. Pero estamos hablando de lo que realmente sólo ha sido una eventualidad —sangrienta, pero una eventualidad—, algo que no ha durado más allá de setenta y dos horas.
—Sí, setenta y dos horas si hacemos abstracción de que ha venido precedido de otro conjunto de hechos sangrientos a lo largo del último año.
—¿Qué hacer, entonces?
—Yo recordaría lo que el otro día, a la puerta del Palacio de Justicia, cuando esperábamos los féretros, dijo un obrero recogiendo la opinión de sus compañeros de fábrica. Que los trabajadores no piden un estallido revolucionario en las calles. Lo único que piden es que cada cual esté en su sitio. Que el Gobierno cumpla sus obligaciones conservando el orden público y que la oposición no se mezcle con un Gobierno al que alcanza una grave responsabilidad por ineficacia. Y que cesen toda clase de negociaciones, que lo único que hacen es confundir a la población. Lo único que se puede negociar es la desarticulación total y absoluta del aparato represivo, la implantación inmediata de las libertades y la sustitución de este Gobierno por otro que sea auténticamente representativo de todos los sectores de la población y de aquellos sectores del Ejército que de verdad estén al servicio de la democracia.
UN MILITANTE DE BASE
—¿Qué ha ocurrido últimamente con Pablo Castellano en las esferas dirigentes del PSOE y de la UGT?
—Que dimití de la comisión ejecutiva del PSOE y que decidí no presentarme a la reelección en la comisión ejecutiva de la Unión General de Trabajadores. Y que, posteriormente, aunque se haya dicho por ahí que no fui al Congreso del PSOE porque la base de Madrid no me eligió, la verdad es que ni me presenté ni acepté que nadie presentara mi candidatura como delegado, porque mi voluntad era no asistir a ese congreso.
—¿Por qué?
—Porque no es lógico que yo esté en órganos ejecutores de una estrategia —como la que se ha aprobado democráticamente en el seno del PSOE— distinta a la que yo concibo.
—¿Cómo concibe usted su estrategia para el PSOE?
—Sobre tres renglones básicos: Primero, unidad de los socialistas, que no significa unicidad ni centralismo socialista, sino reconocimiento de la existencia de múltiples manifestaciones de servicio al socialismo, que hay que saber coordinar, federar y confederar. Por razones personalistas y de índole un poco sectaria, no creo que se esté sirviendo ahora ese objetivo. Segundo, conjunción de la izquierda, porque aún no se ha liquidado el fascismo en este país. El que la izquierda aparezca desunida y disociada, sólo favorece la concentración de la derecha, que ya se está produciendo. Y tercero, acuerdo con el resto de las fuerzas democráticas, sin que las fuerzas sociales y de clase no abandonen el protagonismo en manos de la burguesía, como ha ocurrido en el seno de la Plataforma de Organizaciones Democráticas con una marginación —poco grata para mí— de grupos comunistas y de grupos de izquierda, a los que se está colocando una etiqueta de extremistas que no tiene razón de ser.
—Entonces, ¿qué representa su postura actual dentro del PSOE?
—Puede decirse que quizá represento en el partido una línea minoritaria. Pero prefiero estar en minoría, prefiero estar en la base, pero con firmeza, que mezclarme en una política distinta a la que yo propulso. Y ya veremos si tienen razón los que representan la corriente de colaboración con la reforma o los que representamos la otra alternativa, que se concreta en un afianzamiento en la ruptura y, sobre todo, en la ruptura republicana.
—Sinceramente, ¿todo esto puede acabar en escisión?
—No, nunca. Esto es una ventaja de un partido democrático como el PSOE, donde está garantizado el derecho a la expresión de las ideas y la defensa de las mismas, para que puedan convertirse en mayoría y afloren en cualquiera de nuestras convenciones democráticas. Un socialista serio sabe que empezar con escisiones o fraccionamientos es una forma de hacer derechismo. Hay que saber ser vencido y hay que saber ser vencedor. Quizá el problema es empezar a educar a muchísimos compañeros en saber ser vencedor, de modo tal que las mayorías no aplasten nunca a las minorías.
LA ESENCIA RUPTURISTA DEL P. S. O. E.
En los recientemente creados centros Largo Caballero tiene mucho que ver este hombre que se parece a Gil-Robles júnior, pero sólo en la barba, y que tal vez esté más cerca de Pestaña que de Prieto y, por descontado, mucho más cerca de Federica Montseny que de Felipe González. Los centros Largo Caballero, que surgieron por una iniciativa de militantes socialistas de base —con un decisivo papel del compañero Pablo—, son como los guardianes de la ortodoxia socialista, obrera, marxista, revolucionaria; son los que vigilan contra las desviaciones socialdemócratas, permanecen fieles a la vocación republicana y guardan las esencias rupturistas del partido. Me lo ha contado, tal cual, Pablo Castellano.
—Pero, ojo, no suponen una tendencia ni una alternativa de poder en el seno del P. S. O. E. Son un instrumento más del partido y actúan como elemento dinamizador de la discusión política e ideólogica.
—Esta vocación republicana que, supongo, usted comparte, ¿no sería tolerante con una Monarquía bajo la cual también pudieran conseguirse, en absoluta normalidad democrática, los objetivos socialistas?
—Hombre... si en un momento determinado, la voluntad popular, libremente expresada, decide tener una forma monárquica democrática, tendremos que aceptarla.
—En cuanto a las grandes reivindicaciones de los dirigentes que han militado durante los últimos treinta años en la oposición política o en el movimiento obrero, ¿qué se ha conseguido realmente?
—Se ha conseguido una cosa fundamental. Y es que un régimen fascista, autoritario, no lograra corromper o deformar al pueblo, que ha sabido vivir al margen de la estructura de la España oficial. Por eso, esa estructura no se ha consolidado y hoy aquellas instituciones franquistas se encuentran con el gravísimo problema de querer darles un contenido popular, un contenido democrático.
LOS COMPAÑEROS HISTÓRICOS
Había que tocar el tema de la división del P. S. O. E. Pablo Castellano tiene palabras generosas de comprensión, hacia los llamados «históricos», pero con la misma firmeza que proclama su voluntad de acercamiento permanente, denuncia su oportunismo y una serie de actitudes del llamado PSOE histórico, de las que discrepa. Por ejemplo:
—No nos parece serio que hayan llegado a alianzas contra natura con sectores como el de Cantarero o el de García López, porque no se ha producido ahí una auténtica decantación socialista, sino una simple utilización del término «socialista».
—¿Eso afecta también a los Garcés, a los Morodo, Tierno Galván, etc?
—No. Creo sinceramente que muchas de las divisiones que hay son fruto de la propia clandestinidad en que hemos vivido y la falta de posibilidad de diálogo y, en algunos casos, el creer que una pura distinción de matiz nos debe llevar a una diversificación de organizaciones.
—Sí, pero usted parece olvidar un factor que, a mi juicio, es determinante. Me refiero al «liderismo», o como se llame; o sea, a la ambición personal. ¿Cómo se resuelve esto?
— Bueno, yo creo que si la ambición política está al servicio de una idea es encomiante. Eso no le estorba al socialismo, aunque el socialismo sea antipersonalista. El problema es buscar el punto de equilibrio entre los intereses de la clase trabajadora y las ambiciones personales, siempre que en un determinado momento se tenga la enorme sensatez socialista de sacrificar esa loable ambición personal a los intereses colectivos. Y si ese es el punto de fricción, ahí sí que ya no hay justificación posible. El PSOE siempre ha sido un partido de «responsables», no de líderes.
— ¿En qué se diferencia, en estos momentos, el Partido Socialista Obrero Español, del Partido Comunista?
—En tres cosas fundamentales. Primera, la estructura del partido. En nuestro partido, las decisiones no son inducidas desde arriba, sino impulsadas desde abajo, lo que nos diferencia del centralismo democrático del Partido Comunista. El P. C. dirige al movimiento obrero, le marca el camino de la lucha, mientras que en nuestro partido es el movimiento obrero el que marca la línea a sus dirigentes. Segunda, la concepción de la sociedad futura. Mientras que el P. C. aspira a un capitalismo de Estado, donde el obrero sigue siendo explotado por una máquina burocrática de partido, el P. S. O. E. quiere ir a una democracia autogestionada en la que la descentralización sea lo más profunda posible. Tercera, la táctica actual. El P. C. espera que se haga la revolución burguesa para plantearse más tarde la construcción del socialismo, mientras que nosotros, creyendo que la revolución burguesa se ha producido ya —mal o bien—, pensamos que a la construcción del socialismo hay que ir ya mismo.
—Pero, si yo no entiendo mal lo que está pasando me parece que, de momento se va a una democracia burguesa en la que los socialistas van a tener que estar presentes.
—Yo soy absolutamente contrario a la colaboración del Partido Socialista en la reforma y en las consecuencias de la reforma. Para mí, uno o dos ministros socialistas en un Gobierno burgués lo único que hacen es que el partido al que pertenezcan se disocie de la clase trabajadora. Y si se produce la necesidad de que unos responsables socialistas estén en los órganos del Estado, tienen que ser con una clara posibilidad de conquistar la construcción de la sociedad socialista y jamás para corresponsabilizarse en los intereses de la burguesía.
—O sea, que usted no es partidario de la presencia socialista en un poder ejecutivo. ¿Ni siquiera habiendo conquistado las exigencias mínimas de la democracia?
—No, en tanto en cuanto esa presencia no vaya respaldada por una auténtica potencia de poder.
— Pero eso va a ser muy difícil en procesos electorales donde juegan unos porcentajes y donde tendrán un peso sociológico, reflejado en las urnas, otros partidos que son burgueses.
—Evidentemente. Por eso prefiero que cuando llegue esa situación el Partido Socialista sea una alternativa de oposición seria, a que tenga la menor corresponsabilidad con la burguesía en el Poder.
—¿Aunque los socialistas tuvieran un porcentaje mayoritario de votos?
—Aunque tenga un treinta y cinco por ciento de votos. Aun así, porque no estamos aquí para endulzarle el proceso a la burguesía, estamos para agudizar las contradicciones que hay en su seno.
— ¿Usted cree que esto es compartido por los actuales dirigentes socialistas?
—Bueno, a mí lo que me importa es que sea compartido por la base y que aflore algún día en un congreso.
— ¿Y el riesgo de que haya acusaciones contra los socialistas porque quieren boicotear la democracia?
—No, no... Porque el Partido Socialista no quiera acceder a una imagen de poder, sino tener un poder real, no se boicotea el ejercicio democrático ni la mecánica electoral. Si se respeta la legalidad democrática, ningún partido está obligado a colaborar en ningún Gobierno. Excepto que obtenga el cincuenta y uno por ciento de los votos. En este caso, formaría Gobierno y no tendría por qué colaborar con nadie.
Hablamos de muchas más cosas. Pero harían falta muchas páginas. Así que vamos a poner punto final, no sea que mi director nos recuerde que este periódico es de todos.
«Cuando la Comuna de París tomó en sus propias manos la dirección de la revolución; cuando, por primera vez en la historia, los simples obreros se atrevieron a violar el monopolio de gobierno de sus «superiores naturales», y, en circunstancias de una dificultad sin precedente, realizaron su labor de un modo modesto, concienzudo y eficaz, con sueldos el más alto de los cuales apenas representaba una quinta parte de la suma que según una alta autoridad científica es el sueldo mínimo del secretario de un consejo escolar de Londres, el viejo mundo se retorció en convulsiones de rabia ante el espectáculo de la Bandera Roja, símbolo de la República del Trabajo, ondeando sobre el Hôtel de Ville».