lunes 2 de febrero de 2009

El socialismo verbalista

obreros

Pablo Castellano Cardalliaguet


El País, 2-II-1978



«Como éramos pocos, parió la abuela», dice un viejo refrán de estas tierras. A la terminología, ya de por sí excesiva en adjetivaciones que se ha ido dando en el mundo del socialismo hemos de unir ahora otro calificativo: el socialismo verbalista.

El vocablo ha nacido con motivo de las vicisitudes del último congreso del PSOE, Federación Madrileña, y por titulación, generosamente concedida a «los otros» por quienes se consideran asimismo realistas y pragmáticos. Congreso en el que, por cierto, yo no era candidato para cargo alguno, y que, al parecer de las informaciones de prensa, ha sido mi gran derrota, y con ella la de una pretendida ala «caballerista» o «verbalista». Qué bien y qué fácil es todo, con estos esquemas en los que se inventa el enemigo, la batalla y la destrucción. Si así lo creen algunos y esto les tranquiliza, mejor para todos.

Con este término, evidentemente de intención descalificadora, quiere ponerse en solfa o ridículo a los socialistas que mantienen posiciones muy firmes en algunos puntos programáticos y estratégicos y que por «los sensatos» se consideran maximalistas.

Yo había entendido siempre que verbalismo era decir una cosa, incluso enfática y exageradamente, para luego en la práctica hacer todo lo contrario. Por ejemplo; sería verbalismo, según mis pobres fuentes formativas e informativas, hablar todo el santo día de democracia interna y procurar que un conjunto de funcionarios decidieren por la base, o, en esta búsqueda de ejemplos, hablar de republicanismo y aceptar y sostener un régimen monárquico, o, a mayor abundamiento, enarbolar la bandera de la ruptura democrática y apoyar luego el desarrollo de la reforma política. Sería verbalismo, creo yo, hablar de la revolución proletaria y de la lucha contra la burguesía, estando prestos a administrar los intereses de esta última integrando a los obreros, y trabajadores en general, en su sistema, con unos partidos y sindicatos bien domesticados.

Acusar de verbalismo a militantes socialistas del PSOE, que pueden públicamente apoyar sus posiciones políticas en resoluciones del XXVII Congreso, adoptadas democráticamente, me parece a mí que es querer acusar de verbalismo a todo el partido, y en el peor de los casos se vuelve como argumentación contra quienes la lanzan, pues a ellos sí se les debe pedir explicación, sobre cómo, sin congreso alguno, pueden revisar tan rápidamente y en la práctica lo que son posiciones tradicionales y democráticamente avaladas del PSOE. Si el término, a lo peor, no quiere decir eso, sino que quiere decir que esos militantes no hacen más que hablar y no dan golpe, esto ya es más grave, y si alguna vez se aclara que con esa intención ha sido acuñado, tiempo habrá para poner encima de las linotipias sabrosas biografías de conversos de después del 20 de noviembre de 1975, de sus antecedentes, bien respetables, pero contrarios al socialismo, de sus escritos contra el PSOE, y otras cuantas pruebas de dónde estaba cada uno en la época en que ser dirigente del partido de Pablo Iglesias, o simple militante, no significaba actas de diputados ni situaciones cómodas. Yo confío en que la intención, al inventar el nuevo término, no era ésa, y menos aún la paradójica de autoseñalarse en los demás, a la que ya he aludido, cuando hoy, y para algunos, las teorías del socialismo y sus principios son pura palabrería.

En este reparto de etiquetas y epítetos me ha tocado a mí también en suerte la calificación de verbalista, quizá porque a lo largo de estos últimos diez años, igual que otros muchos, me entregué de lleno, y no de palabra, a luchar por el socialismo. Ver hoy cómo coinciden los que se autodenominan realistas y pragmáticos, y cómo les alientan en su deseo de cepillarnos, con los más conspicuos medios de prensa de la burguesía, es una verdadera satisfacción, que prueba nuestro ineficaz y absurdo verbalismo.

A lo mejor en esto del verbalismo hay otra explicación. Quizá se quieran referir a que no perdemos ocasión de hablar del socialismo, de intentar extenderlo, de querer que crezca el número de militantes, y cada vez más seriamente formados, y lo hacemos con el único arma que tenemos: la palabra, el verbo. Mientras los no verbalistas, calladamente, sin ruido, ascienden y ascienden sobre las espaldas de los que utópicamente creen en lo que dicen, o dicen lo que creen.

¿O quiere decirse que son socialistas de boquilla? Algunos socialistas de boquilla, de éstos a los que se quiere ridiculizar, estaban en los sótanos de la Dirección General de Seguridad, mientras realistas de ayer, y de hoy, tienen que hacer esfuerzos para ocultar dónde estaban.

A los socialistas verbalistas les gustaría aclarar este término y muchas más cosas en un serio debate político, no en un lanzamiento de epítetos, pero claro es, y bien sabido, que a los socialistas verbalistas les gusta hablar y discutir mucho, y no es eso lo que hoy conviene a los realistas y a sus realidades, o realezas.

----------------------------------

The Police - Roxanne (1979)