domingo 15 de marzo de 2009

Pablo Castellano: predicar en el desierto

Un radical arranca votos para el PSOE de casa en casa, de pueblo en pueblo

Pablo Castellano en los años 70



Diario 16, 14-X-1982


Pablo Castellano. Los guijarros de Cáceres reconocerían su voz. Un poco solo y con tono de predicador en el «desierto» extremeño, piensa elevar la palabra socialista hasta la última alquería cacereña en una campaña de «calcetín» a la búsqueda del voto para su partido. En las plazas, siempre en las plazas del pueblo, al aire, para evitar que su mensaje quede encarcelado entre paredes de café y salón. Cáceres es su bastión y no le importa apellidarla como «miserable» para sacarla de su destino. Algunos pocos acudieron a la cita. Quizá el miedo. Y él les dijo: «No queremos votos regalados. Votar lo que os salga...»


«A lo mejor ahora tiene que ser así —afirma—, pero el programa del PSOE, bueno o malo, no es el programa socialista.» Le gustaría decir con Largo Caballero, cuando presentaba las leyes en el Parlamento, «esto no es una ley socialista, sino la ley que los socialistas, hoy, ponen a disposición de todo un Parlamento, con una visión muy por encima de su propio partido». No está en contradicción —añade—, evidentemente, ni con las resoluciones de los congresos ni con el programa básico. Él suele hablar en los mítines de un programa de sentido común, que trata de unificar el común sentido de las gentes sobre los problemas más importantes para racionalizar el funcionamiento del Estado y salir de una difícil situación.

«Pero quien quiera ver peligro de marxistificación, o peligro de colectivización, o peligro de socialización de la vida española en lo político, en lo económico, en lo cultural, está absolutamente equivocado. Es un programa de carácter reformista que suscriben, estoy convencido, algunas otras fuerzas políticas. Lo que pasa es que quizá el Partido Socialista, como no tiene las ataduras que otros han demostrado tener, lo va a poder cumplir. No está tan vinculado a los privilegios adquiridos, a los grandes intereses de la Administración, de la gran Banca, de las multinacionales». Opina que el PSOE está en una situación que te permite decir que este programa tiene garantías de ser cumplido y que, cuando otros lo disfrazaron de una manera más o menos similar, estaban ocultando que no lo iban a poder cumplir por sus propias hipotecas. «Yo veo que no es un programa socialista y no me importa. Porque si me lo presentaran como el desiderátum del socialismo, lógicamente, no podría apoyarlo. Ahora, si me presentan un programa de gobierno, de un Gobierno socialista y para una situación como la que hay hoy, no tengo el menor pudor ni me ofrece ninguna reserva, porque veo su racionalidad en luchar porque se cumpla.»


Lectura radical


Sin embargo, «por la propia ambigüedad del programa», apuesta por una interpretación más agudizada en muchos temas, tanto sea en política nacional como en política internacional, educativa, sanitaria... «Algunos de los que en el partido estamos en otras tesis, minoritarias o no, pero en otras tesis, estamos en la pelea de conseguir, previo debate y con el necesario tensionamíento si fuere preciso, que se haga la lectura más radical de ese programa. Entendiendo por radical ni extremosa ni maximalista, sino la más, podríamos decir, afectante a las raíces de los problemas.» Incluso, piensa y dice que casi cabría la posibilidad de que en el partido, con los mismos presupuestos del programa, hubiera proyectos de ley bastante distintos según surgieran de un sector de la derecha o de un sector de la izquierda, respetando ambos la linea y directrices del programa en su propia ambigüedad".

Le preocupa y le duele la crítica de Santiago Carrillo hacia el PSOE, por considerarla fuera de lugar en este momento. «Si hay algún partido que puede presentar una alternativa frente a la derecha y que puede representar una ilusión y un cambio, el estarse preocupando más en atacar a ese partido que a la propia derecha, supone que alguna desviación hay en este tema.» Por otra parte, le preocupa y ¡e duele que con esas actitudes el líder del Partido Comunista pueda entorpecer una colaboración de base que se da entre UGT y CC OO, entre el PSOE y el PCE.

Hay muchos que por seguir miméticamente las actitudes del jefe, pues se dedican a tratar de emularlo con más profundidad y pueden crear dificultades innecesarias. Me parece que hay muy poco sentido común cuando viendo a un partido, del que se dice hermano, que tiene oportunidades de hacer algo, se le ponen chinitas en el camino y se crea sobre él una imagen de desconfianza en cuanto a sus posibles triunfos y éxitos, con lo cual se está sirviendo, objetivamente, a los intereses de la derecha.»


El temor


Pablo Castellano mantiene, y con él, la corriente del partido Izquierda Socialista, que su aliado natural tiene que ser siempre la izquierda. Y que se puede conseguir una acción unitaria en defensa de la democracia y del progreso de la sociedad española. «Hay una corriente del partido que piensa que una coalición con el PCE, como la que se ha hecho en los Ayuntamientos y en las Diputaciones, sería impresentable y que devolvería una imagen de Frente Popular.» Él no va a discutir este tema. Cree que no sería así, pero admite que pudiera serlo. De todas maneras no van por ahí los vientos. «La posibilidad de una conjunción socialista-comunista, que no tendría ni por qué reflejarse en el Gobierno, ni en acuerdos parlamentarios, pero sí en una unidad de programa y en una colaboración importante, soporta el temor de que esa política de coaliciones, si el PSOE no logra la mayoría absoluta, se orientará hacia uno de los diferentes grupos de centro y que eso hipoteque en exceso el propio programa del partido.» Considera que los socialistas tienen que sacar una cierta lección de lo ocurrido en Alemania, de cómo el partido liberal más que facilitar el Gobierno socialdemócrata, ha estado durante años de la coalición, frenando el cumplimiento de los mínimos objetivos socialdemócratas, para al final, dejarle en la estacada y hacerle caer. «Sería penoso que se llegara a alguna coalición con algún partido de la derecha, que más que dedicarse a cumplir en aquello que estuviera de acuerdo con nosotros en el programa, se dedicara a obstaculizar todo lo que no le gustara del mismo, para luego, en su día, cambiarse la chaqueta y retirarse hacia la mayoría natural, en el primer voto de censura. En este punto yo creo que el partido tendrá que tener un enorme cuidado.»


El embudo


Y no, no le aflige una posible bipolarizacíón del país. Él, que nunca ha creído en la existencia del centro, considera que está bipolarizado de siempre. «A mí lo que me preocupa es que la bipolarizacíón supusiera antagonismo y confrontación cruenta, pero mientras signifique lo que toda la vida, una sociedad de clases, los parásitos y los trabajadores, los caciques y los que rinden, ¡bueno!, ese es nuestro ideario. Aquí hay derechas y hay izquierdas. Lo que hay que procurar es que, por mucha derecha e izquierda que haya, se puedan solucionar los problemas en vía democrática y por el peso de las urnas, sin llegar a practicar la política de la eliminación del contrario, a la que son dados algunos franquistas, disfrazados hoy de demócratas.» Si aquélla le deja igual, el golpismo le vuelve preocupado. «El golpismo en España apareció el 23-F, con una realidad tan incuestionable como la del terrorismo y no hay derecho a utilizar una ley del embudo. Y hacia el terrorismo llevan adelante una política informativa, represiva, excepcional —porque la ley Antiterrorista, que no se engañe nadie, es una ley de excepción a las garantías jurídicas normales— y, en cuanto al golpismo, llevan una política de auténticos avestruces, metiendo la cabeza debajo del ala. Eso me parece suicida y acaba pagándose carísimo.» No conoce ninguna oferta del PSOE frente al golpismo. Espera que la lógica sea la aplicación exacta de la ley, sin que le tiemble a uno la mano en la aplicación del Código Penal y del Código de Justicia Militar. Piensa que puede estar equivocado, pero hay que hacer otras muchas cosas. «El Ejército no puede seguir teniendo los cuarteles más que para defender la seguridad de nuestras fronteras, para vigilar la vida de los ciudadanos en las grandes capitales.» Opina que hace falta un buen Ministerio del Ejército, unos buenos Estados Mayores, buenos coroneles al mando de las guarniciones y un cambio en la estructura militar, «para que sea una estructura de defensa de la seguridad exterior y que no sea una estructura de paralelo poder militar.» Entiende como difícil la herencia del PSOE y calcula que —de conseguir el poder— al día siguiente «todos los fascistas de este país que no han hecho nada, no ya en cuarenta años, sino en doscientos, le van a pedir que lo haga todo. Como estamos advertidos no nos va a pillar de sorpresa». Él mismo estará al frente de una reivindicación sentida: referéndum sobre la OTAN. ¿Y si pierde? «Si el PSOE gana significa que tiene la confianza del pueblo. En uso y obligación de esa confianza y cuanto antes se debe de acabar con ese tema. Para bien o para mal. Que vote el pueblo. Pero no puede ser un debate sine die, esperando hacerlo mal y tarde. Se gana y en el momento mismo en que se gana, todo su programa es exigible.» Y Pablo Castellano aún dice más: dejando en libertad a todos. Porque el Gobierno puede ser imparcial al convocarlo, pero algunos militantes socialistas pueden ser beligerantes. «Y se nos tiene que dejar en la suficiente libertad para que podamos salir a las calles, igual que hoy estamos pidiendo el voto para el PSOE, pidamos pueblo a pueblo el voto en contra de la OTAN.» Dos cosas resumen su interés en la campaña electoral. Que no dé como resultado una mejor implantación del partido —que no se haya vencido, en suma, el miedo y la ignorancia— y el después, que se confunde con el ahora, porque si gana el PSOE serán muchos los problemas. Pero, ¿y si pierde?


«Huésped»


«Si se pierde, para algunos socialistas no tiene la menor importancia; no es grave, porque es la pérdida de una ocasión de poner en práctica tu propio ideario, las cosas que has ido acariciando día a día como necesarias y convenientes para hacer. Pero si se pierde puede producirse que, como hay bastante arribismo en todos los sitios y el PSOE no está exento de su correspondiente dosis, los arribistas pasan de la noche a la mañana del triunfalismo al catastrofismo. Y el que ellos se desmoralicen no tiene importancia, lo que pasa es que eso puede arrastrar a una gran cantidad de gente de buena fe. Y eso sí es preocupante. Paladín de Izquierda Socialista, corriente crítica del partido, Pablo Castellano afirma que pese a las ausencias y los silencios no ha desaparecido, sino que, en cierto modo, ha relegado su lucha, pospuesta a terminar el periodo electoral. «La Izquierda Socialista, como izquierda del partido, no puede correr el riesgo de, por continuar su legítimo y obligatorio debate, perjudicar a la imagen de coherencia o de unidad del partido a lo largo de este proceso.» Confiesa que, una vez que pasen las elecciones, el voto de investidura, la formación de Gobierno, aquello que está en los próximos meses y que debe de ser objeto de realización, la IS recuperará el papel que le corresponde en el partido. «El ser un buen laboratorio de exploración ideológica, de excitación del debate y de discusión del saber y el hacer. Y que no debe entrar, porque sería un error espantoso que ya hemos cometido, en la lucha por el poder. La lucha por el poder, hoy, a la Izquierda Socialista no le debe importar. Lo que le tiene que importar es la lucha por un quehacer de los militantes y por el rearme de un partido, que, para bien o para mal, está muy carente de coherencia ideológica y de argumentación teórica.» Ironiza con su condición de «huésped», quizá incómodo en la propia casa, porque la está defendiendo. «Sería de locos que, si en un momento determinado esta familia a la que uno pertenece se desvía, cometa uno el error de irse de la casa, cerrando la puerta, porque entonces se la ha dejado entregado de hoz y coz. Son otros los que tendrían que preguntarse qué pintan en un partido que ellos ya sabían cuando ingresaron que no tenía nada que ver con su pensamiento, y aún así no han tenido el menor pudor ni la menor vergüenza en reformarlo.» Y sí cree que exista la tentación en un sector del partido de consentir la presencia de los «rojos» o los «radicales», porque, al fin y al cabo, también son votos al futuro Gobierno. «Si algunos piensan que estamos en el partido como tolerados y que no nos importa dar votos porque nos permite ser diputados, se están equivocando. Estamos en el partido porque es nuestra casa y porque, además, aspiramos a convencer al resto de nuestras posiciones políticas, luchando democráticamente. Y, desde luego, los votos que obtenga el PSOE los sentiremos como propios, sean cual fueren las motivaciones que en el electorado haya producido el discurso de uno u otro compañero, porque, al fin y al cabo, somos una parte integrante del Partido Socialista Obrero Español.»


«Votad lo que os dé la gana, pero luego no os quejéis»


Le reconocen los guijarros de la última alquería de Cáceres. Pasea la palabra socialista desde años y por todos sus rincones. La provincia crecía en socialismo a su paso.


La prensa integrista extremeña no se lo perdona. Mentado como «ayatollah» y «cunero», el emigrante Pablo Castellano —nació en Madrid— siempre tuvo, contra el sentir de muchos de sus paisanos, la necesidad de pisar y respirar la tierra de sus mayores. Se le irrita el gesto para maldecir lo suyo, Cáceres. «Esta provincia es una provincia miserable. Y es miserable siendo rica, que es la paradoja. Es una provincia en la que hay miseria, teniendo una enorme capacidad de levantar la cabeza y de proporcionar una vida digna.» Sin embargo, para él, la miserabilidad de Cáceres no está tanto en el aspecto económico sino mucho más en el aspecto moral, en el intelectual. «El gran mal de Extremadura es la incultura, el gran mal es la alienación, el gran mal es el fatalismo. El extremeño tiende mucho —quizá por una cierta reminiscencia arábiga— a decir todo está escrito; es la fuerza del destino, todo es inmutable, no hay más salida que la huida.» Pudo ser la emigración —asegura— a América o pudo ser la emigración a Euskadi o Cataluña, pero muchas veces el esfuerzo que desarrollan otras comunidades aquí no se ha intentado. «Piensan que pesa una especie de maldición bíblica sobre estas tierras. Eso sí, la convierte en una provincia miserable, en una provincia en la que lamentablemente ha tendido a la pérdida de la esperanza, y yo no creo que haya mayor miseria que el perder la esperanza y el perder la ilusión.» Pablo Castellano anda de mítines. Se había «despachado» el día anterior contra el nacionalismo en Beasaín. Muchos extremeños aplaudieron sus palabras. Una noche de tren y trescientos kilómetros por carretera le devolvieron a sus paisajes. Los vecinos de Gayo de Galisteo —villorrio de doscientas y pico almas, en el umbral de Las Hurdes— buscaban «descansar» su espalda en la pared de la plaza. Iban a dar un mitin en ella. Parecía vacía incluso de ilusión. Pablo, enfurecido, cogió la voz e hizo aplausos del silencio. «Decís que no os interesa la política y estáis todo el día hablando de ella en la tasca. Porque política es hablar del precio de la aceituna, de la beca de estudios de un hijo o del barro que rodea todas vuestras calles. Somos todos una panda de canallas y de vagos, y del egoísmo se aprovecha el cabrón del cacique, que vive en Madrid y tiene aquí su coto de caza.» Un viejo, tocado de castoreño, con varias horas de trabajo sobre sus espaldas, se interesaba por el parlamento cuando Pablo Castellano arreció: «Y decís que ahora venimos los políticos, que ahora nos acordamos de vosotros para pediros el voto. Pues no, no queremos votos regalados. Votad lo que os salga de los huevos. Votad a Alianza Popular si sois de derechas, pero luego no os quejéis del escaso precio de vuestras aceitunas, de la falta de asfalto de vuestras calles ni de la incultura de vuestros hijos.»


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